💥LOS GEMELOS DEL RICO NO HABLABAN… ¡HASTA QUE LA NUEVA EMPLEADA HIZO LO IMPOSIBLE!6 min de lectura

La cámara avanza lentamente por la verja de hierro negro. El sonido del motor se disuelve en un chasquido seco. Clac. Al otro lado, el silencio parece vivo, espeso, pesado, como si tragara el aire. El jardín es demasiado perfecto, sin una hoja fuera de su lugar. Y el sol de Madrid se refleja en los cristales como cuchillos.

Todos decían que en la mansión de los Del Valle el tiempo se había detenido junto con las voces. Ninguna risa de niños, ningún “papá”, ninguna “mamá”. Solo el eco de los propios pasos y, a veces, el sonido lejano de un reloj antiguo que parecía marcar no las horas, sino la ausencia de ellas. Aquella mañana bochornosa, Lucía llegó con una maleta pequeña, el pelo recogido por una cinta azul y la mirada de quien lleva fe en el bolsillo.

Se detuvo frente a la puerta alta, olió la cera y, por un instante, creyó escuchar a alguien respirar al otro lado, pero era solo el viento arrastrándose por las columnas de mármore. Cuando la verja se cerró tras ella, el sonido metálico resonó como una advertencia. Aquí dentro, todo obedece al silencio. Una mujer delgada con un moño impecable abrió la puerta. “¿Eres la nueva cuidadora?”, preguntó sin sonreír. Lucía asintió. “Sí. Vine por el anuncio.”

La mujer, la señora Ramírez, la examinó de arriba abajo como quien evalúa un mueble. Luego señaló el pasillo. “Al señor Enrique no le gustan los retrasos ni el ruido.” Lucía entró. El aire ahí dentro era frío, casi de iglesia. El suelo reflejaba los pasos, y el sonido de sus tacones parecía un error.

En los pasillos, cuadros con marcos dorados mostraban retratos antiguos, hombres serios, mujeres que no sonreían. Uno llamaba la atención: el de una joven de ojos tristes sosteniendo dos bebés. En la placa, “Isabel Del Valle, 1987-2018”. Lucía sintió un escalofrío. Esa mujer tenía la misma mirada de los niños que aún no conocía.

Enrique apareció en lo alto de la escalera, traje oscuro, manos en los bolsillos, mirada de piedra. Su voz sonó baja, controlada. “¿Se ocupará de mis hijos? ¿Solo eso?” “Sí, señor.” Lucía respondió, tratando de ocultar el nerviosismo. “No emiten ningún sonido. Los médicos fueron claros.” Hizo una pausa breve, los ojos clavados en ella. “No intente lo que otros intentaron.”

“Cuidados, comida, rutina.” Lucía quiso decir algo, que a veces lo imposible solo necesita tiempo, pero contuvo el impulso. Su mirada pedía silencio. La señora Ramírez completó como quien repite un catecismo: “Nada de música, nada de cuentos. Se asustan fácilmente.”

Lucía solo asintió. Mientras subía la escalera hacia el piso de los niños, notó que el sonido de sus propios pasos desaparecía a medida que avanzaba, como si la casa se los tragara. En la habitación de los niños, las cortinas pesadas dejaban pasar un fino hilo de luz. Los juguetes eran caros, coloridos, pero parecían demasiado nuevos, nunca usados. Dos niños idénticos estaban sentados en la alfombra, armando bloques de madera.

Uno de ellos, Tomás, la miró de reojo y apartó la vista rápidamente. El otro, David, mantuvo la cabeza baja, concentrado en la nada. Lucía se quedó quieta, sin saber si debía saludar, el corazón latiendo fuerte en su pecho. Ella, que había crecido escuchando que nunca aprendería a hablar, ahora necesitaba alcanzar a dos niños atrapados en el mismo tipo de silencio.

—Soy Lucía —dijo despacio, casi en un susurro—. He venido a quedarme con vosotros.

Ninguno de los dos reaccionó. Solo intercambiaron una mirada rápida, cómplice. Era como si hablaran en un idioma invisible, hecho de gestos y parpadeos. Lucía se agachó hasta su altura. La textura de la alfombra era fría bajo sus rodillas.

Observó los bloques, las pequeñas torres que construían y, sin pedir permiso, tomó uno verde.

—¿Puedo jugar con vosotros? —preguntó, alzando el bloque sobre su cabeza como si fuera un sombrero—. Creo que me he convertido en una torre viva.

David parpadeó dos veces. Tomás contuvo una risa. No fue una carcajada, pero la comisura de su boca tembló. Lucía lo notó, y dentro de ese microgesto cabía un universo.

—Está bien —murmuró—. Si vosotros no queréis hablar, yo hablaré por los tres.

En un rincón de la habitación, un intercomunicador parpadeaba con una luz roja. Lucía sintió que la observaban, enderezó la postura, intentó parecer profesional, pero en el fondo lo sabía: si trataba a esos niños como robots, nunca la dejarían entrar.

Esanoche, después de la cena silenciosa, Lucía se quedó en la habitación de invitados, mirando al techo. El sonido lejano de un trueno hizo temblar el cristal. Pensó en su madre, que pasaba tardes enteras intentando que pronunciara sus primeras sílabas. Recordó su voz dulce diciendo: “No es que no puedas, hija, es que aún no han encontrado tu manera de hablar.”

Lucía cerró los ojos. El mismo nudo le apretó la garganta.

—Si yo pude, ellos también podrán —susurró en la oscuridad.

Al día siguiente, se levantó antes que todos. El cielo aún estaba gris. El olor a café venía de la cocina. Se puso el uniforme sencillo, ajustó la cinta azul en el pelo y bajó con pasos firmes. En el comedor de los niños, Tomás y David estaban inmóviles frente a sus platos.

Parecían esperar una orden que nunca llegaba. Lucía se acercó.

—Buenos días, chicos.

Ninguna respuesta. Se sentó a la mesa, fingiendo naturalidad. Tomó una galleta, la colocó en el plato de cada uno.

—¿Sabéis qué es esto? —preguntó—. “Nada.”

—Es un coche —dijo, moviendo la galleta como si tuviera ruedas—. ¡Brum!

Un pequeño ruido escapó de la garganta de David. Un casi risa, un suspiro. Tomás giró la cabeza, pero no apartó el plato. Lucía les guiñó un ojo cómplice.

—Uy, el coche se ha equivocado de camino.

Fingió comerse la galleta.

—¡Ay, se ha metido en mi boca!

David abrió los ojos, sorprendido. Tomás se tapó la boca con la mano, conteniendo la risa. Por primera vez, el aire de la habitación pareció moverse.

Lucía no lo celebró, solo respiró hondo.

—Si no queréis comer, está bien, pero prometo una cosa: mientras yo esté aquí, no tenéis que tener miedo al sonido.

Afuera, unos pasos resonaron. Enrique observaba desde el pasillo, brazos cruzados, expresión inescrutable. Cuando Lucía se giró, ya había desaparecido.

Más tarde, la señora Ramírez apareció en la puerta.

—Señorita Lucía.

Su voz era una advertencia.

—Aquí, cada palabra dicha tiene consecuencias.

Lucía mantuvo la calma.

—Entendido.

La mujer inclinó ligeramente la cabeza.

—Las demás cuidadoras también decían eso. Ninguna duró más de una semana.

Y se fue, dejando en el aire el olor a perfume antiguo y la frase suspendida, pesada.

Lucía se quedó sola, mirando los bloques de madera esY en ese instante, mientras el eco de las voces de los niños se perdía en los pasillos, supo que la mansión por fin había encontrado su voz.

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