En el funeral, el ataúd no se movió y la madre exigió abrirlo

El día del entierro de una joven, cuatro hombres no pudieron levantar el ataúd, y entonces la madre de la chica exigió que lo abrieran.

El cielo gris, el aire húmedo y una brisa ligera moviendo los cipreses del cementerio de Madrid. Todo parecía normal, como en cualquier otro funeral… hasta que ocho hombres intentaron alzar el féretro.

Era de madera noble, oscura y pulida, con asas doradas. Dentro yacía la joven. Su muerte había conmocionado a todos: guapa, lista, de buen corazón.

Solo tenía veintidós años. Oficialmente, un accidente. Pero los rumores corrían. Unos decían que la vieron llorar la noche anterior, otros que había amenazado a alguien. Nadie sabía la verdad. La familia insistió en un entierro rápido.

Cuando llegó el momento de bajarlo, los hombres lo agarraron y…

—¡Uno, dos, tres! —ordenó uno.

El ataúd apenas se movió.

—¡Otra vez! —repitió—. ¡Uno, dos, tres!

Sudaban, gemían, pero no podían levantarlo. Parecía lleno de piedras.

—¿Qué demonios…? —masculló uno, secándose la frente—. ¡Pesa como si hubiera tres dentro!

Se miraron en silencio. Entre los invitados, los susurros crecían:

—Esto no es normal…

—¿Alguna vez habéis visto algo así?

—Nunca.

Un empleado del tanatorio murmuró:

—He llevado docenas de féretros. Hasta los de hombres. Pero uno así de pesado… jamás. Es imposible.

Entonces, la madre de la chica, vestida de luto, con el rostro helado, avanzó. Miró a los hombres, luego al ataúd.

—Abranlo —ordenó sin vacilar.

—¿Está segura? —intentó objetar un empleado.

—He dicho que lo abran.

Los trabajadores intercambiaron miradas y obedecieron. Retiraron los tornillos y levantaron la tapa.

Lo que vieron los dejó paralizados.

La joven yacía serena, vestida de blanco, con flores entre las manos. Su rostro, en paz. Todo en orden. Pero los laterales internos eran demasiado altos. Bajo el forro, un bulto. Uno de los hombres levantó con cuidado el revestimiento.

Todos retrocedieron.

En un compartimento oculto, envuelto en plástico negro… había un cadáver de hombre. De mediana edad, con un tatuaje en el cuello y marcas extrañas. El rostro comenzaba a descomponerse, pero los rasgos aún eran reconocibles. Un olor químico cortaba el aire.

—Dios mío… ¡hay otro cuerpo! —exclamó un empleado.

—Esto… esto ya no es un “doble fondo”. Es un crimen —susurró alguien.

La madre bajó la cabeza.

—No sé quién es. Él… no debería estar aquí.

Los trabajadores palidecieron.

—Es imposible. Recibimos el cuerpo sellado. Todo estaba cerrado…

—¿Quién pidió el ataúd? —preguntó bruscamente uno.

—Una empresa privada. Un intermediario. El pago fue en efectivo.

Silencio.

Alguien llamó a la policía.

Más tarde, en comisaría, descubrieron: el hombre del ataúd era un excontable de una constructora, desaparecido días atrás.

La empresa estaba bajo investigación por fraude, blanqueo y contratos falsos. Según fuentes, el hombre preparaba pruebas para el juicio. Luego… desapareció.

La investigación reveló: una funeraria falsa, con documentos trucados, recibió el encargo de “transportar” un féretro sellado.

La chica sí fue enterrada. Pero bajo ella, aprovechando su funeral, escondieron el cuerpo de un hombre que podía ser testigo clave.

Solo quedó un rastro: en el plástico que envolvía al segundo cadáver, una huella de guante incompleta. Fue suficiente para empezar.

La madre juró no saber nada. Y era fácil creerla: apenas se reponía de la muerte de su hija.

Pero alguien aprovechó ese dolor, esa confusión… y decidió que el mejor lugar para ocultar un cadáver era donde nadie buscaría: bajo otro cuerpo, en una tumba.

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