La niña que dejó de tener vergüenza por su vestido y encontró alegría en el baile.

El sol de primavera entraba por los altos ventanales del gimnasio del colegio, dibujando manchas doradas en el suelo recién fregado. El aire vibraba de nervios y emoción mientras los niños ensayaban para el festival de fin de curso. En un rincón, apartada del bullicio, estaba Lucía Morales, de cinco años, encogida en una silla metálica. Sus pequeñas manos apretaban el dobladillo de su vestido amarillo descolorido, que había sido de su madre cuando era pequeña. La tela estaba gastada, la falda le quedaba corta y los encajes de las mangas empezaban a deshacerse. Para Lucía, era lo más evidente del mundo.

A su alrededor, las otras niñas giraban con vestidos nuevos, de colores vivos que susurraban al moverse. Lucía había intentado sonreír antes, pero los comentarios comenzaron incluso antes del ensayo. “¿Eso es de un mercadillo?”, soltó Daniela sin pudor. “Parece sacado del armario de una abuela”, rio otra. Un niño cerca de la mesa de los bocadillos añadió: “No te acerques mucho, que huele a naftalina”. Las risas le hicieron esconderse aún más en su rincón, como si quisiera desaparecer.

Lucía observaba a los demás ensayar con el corazón encogido. Deseaba que su vestido se transformara mágicamente en algo bonito. Entonces lo vio: Álvaro Delgado, alto y elegante, observando desde el fondo del gimnasio. Su traje a medida destacaba entre las chaquetas normales de los padres. Era el invitado especial del evento, el directivo de una gran empresa que financiaba actividades escolares. Pero en vez de mirar el escenario, sus ojos estaban puestos en ella.

Álvaro cruzó el gimnasio sin prisas, agachándose para quedar a su altura. “Llevas una cara como si te hubieran quitado la merienda”, dijo con suavidad. “¿Qué pasa, pequeña?” Lucía bajó la mirada. “Mi vestido es feo… Se ríen de mí”. Álvaro inclinó la cabeza. “¿Feo? Yo veo a una niña valiente que ha venido hoy a cantar para todos”. Lucía lo miró con duda. “Pero es viejo. No es como los de ellas”. Él sonrió. “Mi abuela solía decirme: ‘Las prendas no te hacen especial. Tú las haces especiales’. Y ahora mismo, estás haciendo que ese vestido sea el más bonito de todos”.

Lucía parpadeó. “¿Aunque sea viejo?” “Sobre todo por eso”, respondió él. “Significa que tiene historia. Y tú ahora eres parte de ella”. A lo lejos, Daniela y sus amigas cuchicheaban. “¿Por qué el señor importante habla con ella?”, murmuró una con sorna. Álvaro apenas les lanzó una mirada antes de volver a Lucía. “¿Qué tal si les enseñamos lo que es la confianza? Un baile, tú y yo, para demostrarlo”.

Lucía dudó. “Todos van a mirar”. “Mejor”, contestó Álvaro con una sonrisa. “Que vean lo que pasa cuando crees en ti misma”. La niña tomó su mano, pequeña y cálida, y se dejó guiar al centro del gimnasio. El murmullo cesó. El profesor de música, captando el momento, comenzó a tocar un vals suave. Los pasos de Lucía eran cortos e inseguros, pero Álvaro los mantuvo lentos y firmes. “Respira”, le dijo en voz baja. “Sígueme. Lo estás haciendo genial”.

A mitad de la melodía, los hombros de Lucía se relajaron. Hasta logró una sonrisa tímida. Por primera vez en todo el día, olvidó su vestido descolorido. Al terminar, Álvaro se arrodilló y le susurró: “Fue perfecto. Nunca dejes que nadie te haga sentir menos por lo que llevas puesto”. Algunos padres aplaudieron, pero las risas de sus compañeros volvieron al instante.

Unos días después, mientras los niños ensayaban de nuevo, Álvaro salió discretamente y llamó a una amiga con una tienda de ropa infantil en el centro. “Necesito un vestido”, dijo. “Que haga sentir a una niña como una princesa. Para el viernes”.

El día del festival, Lucía llegó al colegio con su mismo vestido amarillo, pero esta vez no pasó desapercibida. Álvaro entró con una gran bolsa y, al verla, le guiñó un ojo. Fuera del gimnasio, abrió la bolsa. Lucía contuvo el aliento: era el vestido más bonito que había visto. Tul rosa, adornos de lentejuelas, como sacado de un cuento.

“Es para mí?”, susurró. “Solo si quieres”, respondió Álvaro. “Es un regalo. Sin condiciones”.

Lucía se lo puso y al volver al gimnasio, todos callaron. Hasta Daniela dejó de reír. Cuando llegó su turno, Lucía cantó con voz clara, sintiendo por primera vez que pertenecía allí.

Después, Daniela se acercó con desdén: “Seguro que te lo dieron por lástima”. Pero Álvaro intervino: “Se lo di porque quise, igual que haría con cualquiera que tratara a los demás con amabilidad”.

Esa noche, Lucía colgó el vestido en su armario. No sabía cuándo lo usaría otra vez, pero sí sabía algo: cada vez que lo viera, recordaría que ella decidía dónde pertenecía, sin importar lo que llevara puesto. Y esto, solo era el principio.

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