Aquella mañana, el ala de maternidad bullía de actividad. En un gran hospital en el corazón de Madrid, el silencio era un lujo inalcanzable. El doctor Javier acababa de terminar una cesárea cuando recibió una llamada urgente: una mujer en pleno trabajo de parto, casi completamente dilatada, necesitaba al médico de guardia de inmediato.
Se cambió rápidamente de bata y entró en la sala de partos. Pero cuando sus ojos se posaron en la paciente, se quedó inmóvil.
Era Lucía—su antigua amante, la mujer que había estado a su lado durante siete años antes de desaparecer sin dejar ni una explicación. Ahora yacía allí, empapada en sudor, con el vientre contraído, aferrando su móvil con fuerza. Cuando el reconocimiento brilló en sus ojos, el miedo y la incredulidad se mezclaron en su mirada.
“—¿Tú eres… el médico jefe?” —susurró.
Javier no dijo nada. Asintió brevemente y empujó la camilla hacia adelante.
El parto pronto se tornó peligroso. La presión de Lucía cayó en picado, el latido del bebé se debilitó y fue necesaria una intervención inmediata. Aun así, Javier mantuvo la calma, guiando a su tenso pero coordinado equipo durante la crisis.
Tras casi cuarenta agotadores minutos, el bebé nació.
Cuando Javier lo alzó en sus brazos, se quedó paralizado de nuevo.
El niño tenía los mismos ojos oscuros y hundidos, y los mismos hoyuelos que él mismo tenía de pequeño.
Su pulso aceleró. Los sonidos de la habitación parecieron desvanecerse. Entonces lo notó—una pequeña marca de nacimiento en forma de lágrima en el hombro del niño. La rara señal familiar, heredada de su abuelo, luego de su padre, y ahora de él.
La enfermera extendió las manos para recibir al recién nacido. Javier dudó antes de entregarlo. Ella acarició suavemente la mejilla del niño y luego se lo llevó para limpiarlo y arroparlo.
Cuando Javier se volvió, Lucía yacía exhausta en la cama, evitando su mirada.
“—¿Por qué… por qué nunca me lo dijiste?” —preguntó él, con la voz ronca.
Sus labios temblaron mientras las lágrimas resbalaban.
“—Yo… quise hacerlo. Pero todo se derrumbó a mi alrededor. Mis padres me presionaban, tú estabas hundido en el trabajo… Pensé que me odiarías, que me abandonarías…”
Javier permaneció en silencio hasta que la enfermera devolvió al recién nacido, ya arropado y cálido. Al sostener a su hijo, sus manos temblaron. Una oleada de reconocimiento y revelación lo invadió, despertando algo primitivo—el instinto de un padre.
“—Lucía… no importa lo que pasara antes, nunca os abandonaré. Ni a ti, ni a nuestro hijo” —declaró, con voz firme y resuelta.
Por fin, ella alzó la mirada hacia él. Sus ojos, enrojecidos por el llanto, brillaban con una frágil esperanza.
Desde el pasillo llegó el llanto del recién nacido—anunciando no solo su llegada, sino el renacer de dos almas que una vez se habían perdido.