La tarde caía sobre Madrid con una suave neblina húmeda que envolvía las calles vacías. Las sombras de las farolas se estiraban como garabatos sobre el asfalto. Lucía, cirujana de profesión, y su marido Alejandro regresaban a casa después de una cena con amigos. El silencio era tan profundo que un gemido débil, proveniente de unos arbustos de lilo junto al camino, resonó con claridad.
—¿Lo oyes? —susurró Lucía, deteniéndose.
—Sí —masculló Alejandro sin aminorar el paso—. Algún borracho. Vamos, empieza a lloviznar.
Pero Lucía ya se apartaba del camino hacia la hierba mojada. Su instinto médico, años de experiencia, no le permitían ignorarlo.
—Tengo que mirar —dijo firme—. Podría estar grave.
—¿Por qué te metes en todo? —refunfuñó él sin volverse—. No estás de guardia. Deja de jugar a la heroína. Vamos, estoy cansado.
Ella no respondió, abriéndose paso entre las ramas. Entre los arbustos yacía un hombre, encogido, con las manos presionando el costado. La luz de la luna revelaba una mancha oscura y húmeda en su chaqueta. Lucía se arrodilló; sus dedos se humedecieron con sangre tibia. La herida era seria, probablemente de arma blanca.
—¡Llama a una ambulancia! —gritó a su marido, que permanecía en el camino con expresión de disgusto.
Alejandro se acercó con reticencia, pero en sus ojos no había preocupación, solo fastidio.
—Ahí lo tienes, ahora sí que te has metido en líos —bufó—. Policía, interrogatorios, una noche perdida. ¿Para qué necesitabas esto?
Sin esperar respuesta, dio media vuelta y se marchó, dejándola sola en la oscuridad, arrodillada junto a un moribundo. En ese instante, una grieta insalvable se abrió entre ellos.
—Tranquilo, no se esfuerce —dijo Lucía con calma, inclinándose sobre él—. Respire despacio. La ayuda ya viene. Todo irá bien.
Su voz, serena y segura, era la misma que había devuelto la esperanza a cientos de pacientes. El hombre dejó de gemir, su respiración se hizo más pausada. La miró con gratitud muda. Cuando las sirenas sonaron a lo lejos, Lucía salió corriendo para guiar a los paramédicos. Actuaron con rapidez.
—¿Está con él? —preguntó un médico mayor.
—No, lo encontré. Soy cirujana.
—Ah, colega. No tiene documentos. ¿Podría venir mañana al hospital Ramón y Cajal? Necesitamos una declaración para la policía.
—Claro —asintió Lucía.
La ambulancia se perdió en la noche. Su casa estaba cerca, pero caminó lento, como retrasando el regreso. La actitud de Alejandro le quemaba por dentro.
Recordó cómo se conocieron: él fue su paciente tras romperse una pierna en bicicleta. Encantador, bromista, la cortejó con insistencia hasta que ella, cansada de soledad y turnos, cedió. También recordó el primer encuentro con su madre: una mirada fría, un comentario seco: “Mi hijo necesita una esposa que esté en casa, no en quirófanos”. Lucía había sonreído entonces. Ahora esa sonrisa le parecía ingenua. Quizá su suegra tenía razón.
Alejandro la esperaba en la cocina, despierto, el rostro torcido por el enojo.
—¿Qué, ya jugaste a la heroína? —soltó al verla—. Podrías no haber vuelto. ¿Qué clase de esposa eres? No haces la cena, no planchas, no dejas los turnos. ¿Para qué me casé? ¿Para cenar solo?
Lucía se dejó caer en una silla. No tenía fuerzas para discutir.
—Ale, soy médica. Es mi trabajo. Había un hombre desangrándose.
—¡Me da igual! —rugió—. ¡Quiero una esposa que esté en casa! ¡No aguanto tu trabajo, tus noches, tus prioridades!
Cada palabra cortaba como un cuchillo. Hablaba de su vocación con tanto desprecio que le faltó el aire.
—Estoy harto de ti y de tu maldito juramento —escupió, levantándose. Entró en el dormitorio y cerró la puerta de golpe. El pestillo se accionó.
Esa noche, Lucía durmió en el sofá del salón. A la mañana, con la cabeza pesada y el pecho apretado, hizo algo pequeño pero significativo: no preparó el desayuno. No lavó la ropa. Se miró en el espejo, se maquilló ligeramente, pintó sus labios con brillo.
Al llegar al hospital, sus colegas la recibieron con sorpresa:
—Lucía, ¡hoy brillas! ¿Alejandro te pidió perdón? —bromeó la enfermera Inés.
—¡Pareces un millón de euros! —exclamó el anestesista Rafael.
Ella sonrió, avergonzada. Había olvidado cómo se sentía ser vista, cómo sonaban los halagos.
Durante el almuerzo, el jefe de cirugía se acercó.
—Por cierto, ese hombre que encontraste… Lo trasladaron aquí. No era un vagabundo. Al despertar, llamó a alguien y llegaron abogados con guardaespaldas. Es Adrián, un empresario importante. Lo atacaron competidores. Salvaste a un millonario.
Lucía esbozó una sonrisa débil. Pensó en contárselo a Alejandro, pero no hubo oportunidad.
Al volver a casa, la puerta no se abrió. La cerradura estaba cambiada. Llamó. Alejandro apareció, con mirada fría.
En el recibidor, sus maletas, mal empacadas.
—Decidí terminar esto —dijo sin emoción—. No encajamos. Llévate tus cosas.
Lucía quedó quieta, aturdida. De la habitación salió una chica joven, sonriente, con uno de sus batas de seda. Bajo la tela, un falso vientre redondeado.
—Es Nadia —presentó él—. Espera un hijo. Ella sí quiere ser esposa. Tú solo piensas en el hospital. Fuera.
Nadia acarició su mentira con falsa timidez. La farsa fue el colmo.
Lucía no dijo nada. No hubo lágrimas, reproches. Tomó las maletas y se fue. Dentro de ella, solo vacío.
No tenía a dónde ir. Su familia estaba lejos. Las amistades se habían perdido entre turnos y un matrimonio que la consumió. Su refugio era el hospital.
En taxi, llegó a la sala de descanso. Dejó sus cosas y entró en quirófano. El doctor Morales, cirujano veterano, la miró: su palidez, las maletas. Lo entendió al instante.
—Quédate, Lucía —dijo en voz baja—. El sofá está libre. No es la primera vez. Y, la verdad, hacía años que no te veía viva a su lado. Quizá esto es un nuevo comienzo.
Ella asintió, agradecida. Sin preguntas, sin lástima. Solo comprensión. Valía más que mil palabras.
Acostada en el sofá, el sueño no llegaba. La humillación, la traición, pesaban. Salió al patio del hospital. La noche era fresca. En un banco, a pesar de la hora, un hombre seEl hombre se volvió hacia ella, sus ojos brillando bajo la luz de la luna, y en ese momento Lucía supo que a veces la vida nos rompe solo para rearmarnos en la versión que siempre debimos ser.