Médica auxilia a un indigente herido y su marido la repudia, hasta que el destino los vuelve a unir

La noche envolvió Madrid con una neblina húmeda y fresca, dibujando sombras alargadas bajo los faroles de la desierta calle. Laura, cirujana de profesión, y su marido Javier regresaban a casa después de cenar con amigos. El silencio era tan denso que el gemido débil que surgió de entre los arbustos de lilas sonó como un grito.

—¿Lo oyes? —susurró Laura, deteniéndose.

—Sí —gruñó Javier sin aminorar el paso—. Algún borracho, seguro. Vamos, está empezando a lloviznar.

Pero Laura ya se apartaba del asfalto hacia la hierba mojada. Su instinto médico, pulido por años de experiencia, no le permitía seguir de largo.

—Tengo que ver —afirmó con firmeza—. Podría estar grave.

—¿Por qué te metes en todo? —espetó él sin volverse—. No estás de guardia. Déjate de heroísmos. Vamos, estoy cansado.

Ella no respondió. Ya se abría paso entre las ramas. Entre la maleza, un hombre yacía encogido, apretándose el costado. La luz de la luna filtrándose entre las hojas reveló una mancha oscura que se expandía en su chaqueta. Laura se arrodilló; sus dedos se impregnaron de sangre tibia. La herida era seria, probablemente un navajazo.

—¡Llama a una ambulancia! —gritó hacia Javier, que permanecía en el camino con gesto de asco.

Él se acercó a regañadientes, pero en sus ojos no había compasión, solo fastidio.

—Ya está —masculló—. Ahora viene el lío: policía, interrogatorios, toda la noche perdida. ¿Para qué hiciste esto?

Sin esperar respuesta, giró y se marchó, dejándola sola en la oscuridad, arrodillada junto a un moribundo. En ese instante, una brecha insalvable se abrió entre ellos.

—Tranquilo, respire despacio —dijo Laura con voz serena pero firme, inclinándose sobre el hombre—. La ayuda ya viene. Todo irá bien.

Su tono, ese que había devuelto la esperanza a cientos de pacientes antes del quirófano, calmó al herido. Este la miró con muda gratitud. Cuando los sirena de la ambulancia resonó a lo lejos, Laura salió corriendo para guiarlos. Los médicos actuaron con rapidez.

—¿Es usted familiar? —preguntó el médico mayor, ya en la camilla.

—No, lo encontré. Soy cirujana.

—Ya veo, colega. No lleva documentación. ¿Podría pasar mañana por el hospital Ramón y Cajal? Necesitaremos su declaración para la policía.

—Por supuesto —asintió.

La ambulancia se perdió en la noche. Aunque su casa estaba cerca, caminó lento, posponiendo el reencuentro. La actitud de Javier la quemaba por dentro.

Recordó cómo se conocieron: él fue su paciente tras romperse una pierna en una caída de bicicleta. Encantador, bromista, la conquistó con insistencia. Y también recordó a su suegra, fría como el mármol: *”Mi hijo necesita una esposa que cuide el hogar, no una que viva en quirófanos”*. Ahora esa sonrisa ingenua le sabía a error. Quizá la suegra tenía razón.

Javier la esperaba en la cocina, el rostro contraído por la ira.

—¿Satisfecha, heroína? —escupió al verla—. Podrías no haber vuelto. ¿Qué clase de esposa eres? Ni cenas planchadas, ni camisas listas… ¡Me casé para esto?

Laura se sentó. No tenía fuerzas para discutir.

—Javi, soy médico. Había un hombre desangrándose.

—¡Me da igual! —rugió—. ¡Quiero una mujer que esté en casa, no revolviendo zarzales! ¡No soporto tu trabajo, tus noches, tus prioridades!

Cada palabra cortaba como cuchillo. Hablaba de su vocación con tanto odio que le faltó el aire.

—Estoy harto de ti y de tu maldito juramento —dijo levantándose—. Eres insoportable.

Aquella noche, Laura durmió en el sofá. Y al amanecer, con la cabeza pesada y el pecho dolorido, hizo algo pequeño pero crucial: no preparó el desayuno. No planchó su camisa. Se miró al espejo, se maquilló levemente, resaltando pestañas y labios.

En el hospital, las colegas la recibieron con asombro:

—¡Laura, brillas hoy! ¿Javier te ha pedido matrimonio otra vez? —bromeó la enfermera Lucía.

—¡Estás radiante, doctora! —exclamó el anestesista Ruiz.

Ella sonrió, recordando lo que era sentirse vista.

Al mediodía, el jefe de cirugía se acercó:

—Laura, aquel hombre que encontraste… Lo trasladaron aquí. Parece que no era ningún vagabundo. Al despertar, llamó y aparecieron todoterrenos con guardaespaldas y abogados. Es David Márquez, un empresario importante. Le intentaron matar. Salvaste a un millonario.

Laura esbozó una sonrisa irónica. Esa noche, al volver, la puerta no se abrió. Habían cambiado la cerradura.

Javier le abrió, la mirada helada. En el recibidor, sus maletas, mal empacadas.

—He tomado una decisión —dijo sin emoción—. No encajas. Llévate tus cosas y vete.

De la habitación salió una chica joven, atractiva, con su bata de seda. Bajo la tela, un vientre redondo y falso.

—Es Sandra —presentó él—. Espera un hijo mío. Necesita estabilidad. Yo necesito una esposa, no una eterna residente.

Laura no dijo nada. Agarró las maletas y salió. Dentro, solo vacío.

Sin otro refugio, tomó un taxi al hospital. En la sala de guardia, el doctor Morales, cirujano mayor de cabello cano y ojos perspicaces, la miró: sus maletas, su palidez.

—Quédate, Laura —susurró—. El sofá está libre. No es la primera vez. Y, la verdad, hacía mucho que no te veía viva a su lado. Quizá esto sea un nuevo comienzo.

Esa noche, en el patio del hospital, encontró a David, el hombre al que salvó. Él leyó sus lágrimas.

—¿Es por mí?

—No —respondió ella—. Mi marido me echó. Me dejó sin nada.

David sonrió.

—Entonces permíteme felicitarte.

—¿Por qué?

—Por librarte de alguien que no te respetaba. Que te abandonó ante un moribundo. ¿Merecía tu lealtad? Tú salvas vidas. Él ni siquiera pudo quedarse a tu lado. Celebra, doctora. Eres libre.

Sus palabras, duras pero certeras, le trajeron alivio.

Un año después.

La luz del quirófano bañaba el rostro concentrado de Laura. Sus manos, precisas, danzaban con maestría.

—¡Doctora, más rosas! —susurró Lucía, entrando con un arreglo enorme—. David insiste.

Laura sonrió sin apartar la vista del monitor.

—Es terco como una mula.

—¡Vaya hombre! —suspiró Lucía—. El mío me regaló una tostadora en San Valentín.

—Teme que alguien me robe en este hospital —bromeó Laura—. No suelta prenda.

Una voz interrumpió por el altavoz:

*”Doctora Laura, urgencia en quirófano 3. Herida por arma blanca, penetración abdominal. Crítico.”*

Laura terminó su procedimiento y corrió. En la mesa, un hombre sucio, demacrado, cubierto de sangre. Bajó la mascarilla un instante.

EraEra Javier, y aunque sus labios temblaban al verla, ella solo tomó el bisturí y comenzó a trabajar, porque al fin entendió que algunas heridas no merecen sutura. .

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