**Diario de un Padre**
Cuando el médico colocó sobre mi pecho a dos criaturas diminutas —un niño y una niña—, el corazón se me llenó de una ternura indescriptible, pero también de dolor. No era el dolor del parto ni del cansancio, sino la ausencia de mi esposa. Había prometido estar ahí, juró que llegaría, que me apoyaría, que traería flores. Pero solo entró una enfermera con indiferencia:
—Su esposa no ha venido.
Intenté contener las lágrimas, pero algo se rompió dentro de mí.
Los tres días en el hospital fueron una eternidad. Esperaba verla en cada esquina, escuchar sus pasos en el pasillo. Pero el móvil permanecía en silencio. No atendía mis llamadas, y cuando al fin conseguí hablar con ella, solo dijo:
—Estoy ocupada.
Ocupada… mientras yo, su marido, le daba dos hijos.
El alta fue un suplicio. Otros padres salían acompañados, rodeados de familiares, globos, ramos de flores y risas. Yo me quedé en la puerta del hospital, solo, con dos bultos en brazos y un nudo en la garganta.
—Taxi a la calle Roble, número ocho —pedí, ajustando a mi hijo en un brazo y apretando a mi hija contra el pecho.
El conductor me miró por el retrovisor. Dos cabecitas, un lazo rosa y otro azul. Cuatro ojos que aún no conocían el dolor ni la traición, mirándome con una confianza que no merecía ser defraudada.
—¿Les espera su madre? —preguntó al fin.
Miré por la ventana. ¿Qué podía decirle? ¿Que mi esposa me había abandonado en el octavo mes de embarazo? ¿Que ni siquiera había preguntado por los niños? ¿Que el único ramo en mi habitación era de mi vecina, Luisa?
Lucía —así llamé a mi hija— frunció su naricilla y lloró. Alejandro, su gemelo, hizo lo mismo. Los mecí en silencio, susurrando:
—Tranquilos, mis amores… papá está aquí.
Así comenzó mi nueva vida.
El taxi frenó suavemente frente a mi portal. Una bolsa, dos bebés y manos temblorosas: todo mi patrimonio en ese instante. El conductor quiso ayudarme, pero rechacé su oferta con orgullo:
—Gracias, lo haré yo solo.
Asintió y, tras una mirada prolongada, dijo con calidez inesperada:
—Ánimo, compañero. Ahora tienes a alguien por quien vivir.
Sus palabras me cortaron el alma porque aún no asimilaba la verdad: todo dependía de mí.
Subir al cuarto piso sin ascensor fue una odisea. En cada rellano quería derrumbarme, pero los gemelos gruñían y eso me daba fuerzas. No podía flaquear.
El piso olía a abandono. Mi esposa ni siquiera había limpiado. Platos sucios en el fregadero, colillas en el alféizar, botellas de cerveza vacías. Recordé cómo soñé con llenar este hogar de risas, y ahora solo eran escombros.
Acomodé a Lucía y Alejandro en sus cunas, preparadas con ilusión meses atrás. Se durmieron juntos, como si supieran que serían inseparables. Me senté junto a ellos y dejé escapar un sollozo.
—Papá está aquí —susurré—. No os dejaré solos.
Esa noche no dormí. Los gemelos lloraban alternativamente, y yo corría de una cuna a otra. Cansancio infinito, pero ¿qué importaba?
El móvil seguía mudo. Ella no llamó.
A la mañana siguiente, llamaron a la puerta. Era Luisa, la vecina que me trajo flores al hospital. Llevaba una cazuela humeante.
—¡Venga, héroe, abre! —dijo con alegría fingida, aunque sus ojos delataban preocupación.
La dejé pasar, agradecido.
—Gazpacho. Necesitas fuerzas para criar a dos. ¿Y ella? —preguntó, señalando las botellas vacías.
Apreté los labios.
—No lo sé.
Suspiró, pero no insistió.
Así empezó mi rutina: noches en vela, pañales, cólicos… y una felicidad pura, inmensa.
**Semana uno**
Mi esposa no apareció. Ni llamadas ni mensajes. Cuando yo llamaba, colgaba o respondía secamente: “Ocupada”.
Una noche, mientras los niños dormían, me senté junto a la ventana y comprendí: no había nada que esperar.
Una fuerza nueva nació en mí. La misma que Luisa y el taxista vieron antes que yo. La fuerza de ser padre.
—Lo lograré —dije en voz alta—. Por Lucía y Alejandro.
Y así fue. Aunque el agotamiento me consumía, cada amanecer me encontraba más fuerte. Mis hijos sonreían, y eso bastaba.
**Semana dos**
Los gemelos crecían rápidamente. Dormía a ratos, comía de pie, me levantaba cinco veces cada noche. A veces me sentía un autómata, pero sus sonrisas me devolvían el alma.
Ella seguía ausente. Nos borró de su vida. Solo enviaba mensajes escuetos: «No hay dinero».
Miré el móvil, deseando que al menos preguntara por ellos. Pero con el tiempo entendí: era inútil esperar.
**Dificultades**
El dinero se esfumó. Los ahorros se evaporaron entre pañales, leche y medicinas. Un día, en la farmacia, conté monedas para un jarabe contra los cólicos. La gente refunfuñaba detrás de mí. Me faltaban veinte céntimos.
—Tome, señor —dijo una mujer, tendiéndome una moneda—. Todo saldrá bien.
Lloré allí mismo.
**Su regreso**
Al mes, apareció. Ebria, arrojó la chaqueta al sofá sin mirar a los niños.
—¿Qué tal, superpapá? —se burló.
—¿Dónde has estado? —pregunté, abrazando a Lucía—. Ni siquiera viniste a conocer a tus hijos.
—Déjame en paz. Ya tengo problemas.
—¡Son tuyos!
—¿Tuyos? —soltó una risa fría—. No se parecen a mí.
Sus palabras dolieron más que un golpe.
—Vete —dije—. Si eso piensas, vete.
Salió, dejando atrás el olor a tabaco barato y mi corazón destrozado.
**Decisión**
Esa noche, mientras los gemelos dormían, acaricié sus manitas y decidí:
—Seré su padre y su madre. Saldré adelante.
Luisa me ayudó con trámites, apoyos sociales y turnos para pediatra. Hasta cuidaba a los niños cuando yo gestionaba papeles.
Por primera vez, no me sentí solo.
**Un rayo de luz**
Volví a llamar un taxi para ir al pediatra. Para mi sorpresa, era el mismo conductor de aquel día.
—¡Hola! ¿Cómo están los pequeños?
Sonreí, algo que no hacía desde hacía tiempo.
—Creciendo. Vamos al médico.
Me ayudó con las bolsas y, al bajarnos, dijo:
—Si necesitas algo, llámame. Vivo cerca.
Agradecí, confundido.
Él, Daniel, se convirtió con el tiempo en algo más que un conductor.
**Nuevas fuerzas**
Pasaron semanas. Cansancio infinito, pero las sonrisas de Lucía y Alejandro me renovaban.
Mi esposa desapareció. Bloqueé su número.
Empecé a trabajar desde casa: traducciones, correcciones. Poco dinero, pero era mío.
Daniel a veces venía a jugar con los niños. Lucía reía cuando la levantaba en brazos; Alejandro lo seguía como un patito.
Luisa bromeaba:
—Mira, héroe, la felicidad llama a tu puerta.
Yo me ruborizaba, pero enPoco a poco, Daniel se convirtió en ese faro que nos guió hacia un puerto seguro, donde el amor no era una promesa rota, sino una realidad que crecía día a día.