Finge ser mi esposa ante todos,” exige el poderosoLa joven, con el corazón acelerado, asintió en silencio mientras tomaba su brazo y entraba a la lujosa fiesta, sabiendo que esa mentira cambiaría su vida para siempre.7 min de lectura

“Finge que eres mi mujer delante de todos”, ordenó el millonario a la joven. Lucía Mendoza jamás imaginó que aceptar un trabajo de camarera en un hotel de cinco estrellas en Madrid cambiaría su vida para siempre. Con sus 24 años recién cumplidos, había dejado su pueblo natal en Toledo apenas seis meses atrás, con tan solo una maleta y el sueño de estudiar empresariales.

El sueldo en el Hotel Ritz apenas le daba para pagar el alquiler de su pequeño estudio en el barrio de Chamberí, pero era un trabajo honrado que le daba esperanzas. Aquella mañana de marzo, el aire olía a azahar y el cielo despejado anunciaba un día como cualquier otro. Lucía doblaba las toallas en su carrito cuando escuchó pasos apresurados en el pasillo de la planta 15.

“Perdone, señorita”, una voz masculina la llamó con un acento pulido, propio de los barrios más exclusivos de la capital. Al girarse, se encontró con un hombre alto, de pelo castaño con algunas canas en las sienes y unos ojos oscuros que parecían escrutarla. Llevaba un traje azul marino impecable y un maletín de piel que probablemente valía más que tres meses de su sueldo.

“Sí, señor. ¿En qué puedo ayudarle?”, respondió Lucía, ajustándose nerviosa el delantal.

“Me llamo Javier Alonso. Necesito su ayuda con algo… poco convencional”. Miró a ambos lados del pasillo, como asegurándose de que estaban solos. “¿Podemos hablar en privado? Es urgente”.

Lucía dudó. Javier tendría unos cuarenta y tantos, y había algo en su mirada que transmitía una mezcla de desesperación y determinación. No parecía peligroso, solo desesperado.

“Claro, pero no puedo tardar mucho. Tengo otras habitaciones que limpiar”.

Javier la llevó a un pequeño salón privado al final del pasillo, reservado para huéspedes VIP. Cerró la puerta con cuidado y se volvió hacia ella.

“Lo que voy a pedirte puede sonarte raro, pero necesito tu ayuda”. Respiró hondo. “Esta noche, mi familia celebra una cena en el Club de Campo. Es complicado de explicar, pero necesito que alguien finja ser mi mujer delante de ellos”.

Lucía abrió los ojos como platos. “¿Cómo que finja, señor Alonso? Ni siquiera le conozco”.

“Lo sé, lo sé. Suena a locura”. Se pasó la mano por el pelo. “Mi familia tiene unas expectativas muy concretas sobre mi vida personal. Creen que llevo dos años casado. Les dejé creerlo para evitar que me presionaran con el tema del matrimonio y los hijos”.

“¿Y por qué me lo pides a mí? ¿No hay agencias para este tipo de cosas?”, preguntó Lucía, genuinamente intrigada.

“Necesito a alguien auténtica, que mi familia no conozca ni forme parte de sus círculos”. Sacó una cartera del bolsillo. “Te pago 5000 euros por esta noche. Solo es una cena, unas horas. Basta con que sonrías, seas amable y finjas que me conoces bien”.

5000 euros. Era más de lo que ganaba en dos meses. Con ese dinero, podría pagar la matrícula de la universidad y aún le sobraría para los gastos del mes siguiente.

“¿Por qué debería confiar en ti?”, preguntó cruzando los brazos.

Javier la miró fijamente, y por primera vez, Lucía vio vulnerabilidad en su rostro. “Porque estoy siendo sincero contigo desde el principio. Podría haberme inventado una historia, pero elegí decirte la verdad”. Extendió la mano. “Soy dueño de una empresa tecnológica. Tengo 42 años, nunca me he casado y mi familia piensa que soy un fracaso por eso”.

Lucía miró su mano, luego su rostro. Había algo en él que la conmovió.

“Lucía Mendoza”, dijo, estrechándole la mano. “24 años, estudiante de empresariales y, al parecer, tu nueva mujer temporal”.

Javier sonrió por primera vez, y Lucía notó cómo esa sonrisa le cambiaba completamente la expresión. “Entonces, ¿aceptas?”

“Acepto. Pero con condiciones”, dijo Lucía, enderezando los hombros. “Nada de contacto físico más allá de cogernos del brazo o un apretón de manos. Me recoges a las 8 en punto y me traes de vuelta sana y salva. Y si alguien pregunta detalles demasiado personales, tú cambias el tema”.

“Perfecto. Pasadizo a las 8”. Javier anotó su dirección en un papel. “Y Lucía… Gracias. No sabes el alivio que me das”.

Cuando él salió, Lucía se quedó mirando la tarjeta de visita que le había dejado: Javier Alonso, CEO de Tecnologías Alba, Madrid. Debajo, la dirección de una oficina en la Torre Picasso. Por primera vez en mucho tiempo, se preguntó si no se estaría metiendo en algo más grande de lo que imaginaba.

A las 8 en punto, un Audi negro se detuvo frente a su edificio en la calle Fuencarral. Lucía había elegido un vestido azul oscuro prestado por su vecina y unos zapatos negros que compró de rebajas en El Corte Inglés.

Javier bajó del coche y le abrió la puerta, impecable en un traje gris oscuro. “Estás preciosa”, dijo con sinceridad.

Lucía sintió un calor subirle a las mejillas. “Gracias. Espero que sea adecuado para el Club”.

“Es perfecto”. Javier la ayudó a subir. “Por el camino, te explico cómo es mi familia para que no te pillen desprevenida”.

Mientras avanzaban por el tráfico madrileño, Javier le fue contando: “Mi padre, Antonio Alonso, tiene 70 años. Es dueño de varias constructoras y es, digamos, bastante tradicional. Cree que un hombre de mi edad debería tener mujer y al menos dos hijos”. Hizo una pausa. “Mi madre, Elena, tiene 68. Es más comprensiva, pero igual de preocupada por mi vida personal”.

“¿Tienes hermanos?”, preguntó Lucía, ajustándose el cinturón.

“Sí, mi hermana Marta tiene 38, está casada con Luis y tienen dos niños. Siempre ha sido la hija perfecta”. Había un dejo de amargura en su voz. “Y mi hermano pequeño, Jorge, tiene 35. Es soltero, pero lleva cinco años con la misma novia. Aun así, la presión siempre recae sobre mí, por ser el mayor”.

Lucía observó su perfil mientras conducía. Notó una tensión en sus hombros que antes no había visto.

“¿Y por qué nunca te casaste de verdad?”, preguntó con suavidad.

Javier guardó silencio un momento. “Tuve una relación seria a los 35. Duró tres años. Ella quería casarse, hijos. Yo creí que también lo quería. Pero cuando llegó el momento, me di cuenta de que estaba con ella porque era lo que todos esperaban, no lo que yo deseaba”.

“¿Y qué deseabas tú?”

“Libertad para construir mi empresa sin presiones. Tiempo para descubrir quién era fuera de las expectativas de los demás”. La miró de reojo. “Suena egoísta”.

“Suena honesto”, respondió Lucía. “Mejor eso que un matrimonio infeliz”.

Javier sonrió. “Ahora entiendo por qué te elegí”.

Al llegar al Club de Campo, uno de los lugares más exclusivos de Madrid, Lucía sintió un nudo en el estómago. El lugar exudaba elegancia, con su decoración clásica y ambiente distinguido.

“Última oportunidad para echarte atrás”, dijo Javier, tomándole la mano con suavidad.

“No me achanto ahora”, respondió Lucía, sorprendida de su propia determinación.

La familia Alonso ya estaba reunida en una mesa privada. Antonio Alonso era un hombre imponente, de pelo blanco y postura recta. Elena, elegante, con el cabello castaño peinado con esmero. Marta, la hermana, tenía rasgos finos y mirada inquisitiva. Jorge, el hermano pequeño, era más bajo que Javier, con un aireJavier apretó su mano con fuerza y, mientras entraban juntos al salón, Lucía comprendió que aquella mentira improvisada estaba a punto de convertirse en la verdad más hermosa de sus vidas.

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