Una joven desesperada rompió el cristal de un coche de lujo para salvar a un bebé atrapado. En el hospital, el médico lo reconoció al instante… y su reacción lo cambió todo.4 min de lectura

El asfalto de Sevilla no solo irradiaba calor; parecía guardar rencor contra el mundo. Era un martes a finales de septiembre, uno de esos días en que el termómetro superaba los cuarenta grados y el aire pesaba como plomo.

Yo corría. Otra vez.

Me llamo Lucía Morales, aunque todos me dicen Luli. Tengo dieciséis años, y mi vida se mide en minutos perdidos y segundas oportunidades. Llevaba apretados contra el pecho varios libros de Historia del Arte, mientras el sudor me resbalaba por la espalda, empapando la blusa blanca del uniforme. Mis zapatos –unos náuticos comprados en un mercadillo tres años atrás– golpeaban el pavimento con un ritmo desesperado.

Toc, toc, toc.

Miré la pantalla rota del móvil. 7:52. El primer timbre sonaba a las 8:00. Estaba a seis calles.

Las palabras del director Martínez resonaban en mi cabeza, mezclándose con el calor: “Señorita Morales, la beca es para alumnos que destacan en asistencia, además de en estudios. Un retraso más y tendremos que ceder tu plaza a otro candidato”.

La lista de espera. Una lista llena de chicos con coche, o padres que los llevaban, o despertadores que no se reiniciaban cuando se iba la luz en su bloque de pisos.

“No puedo perderla”, susurré a la calle vacía, con la garganta seca como el papel de lija. Perder la beca significaba volver al instituto público. Perder mi única oportunidad de una carrera universitaria. Significaba trabajar turnos dobles en la lavandería con mi madre para siempre.

Doblé por la calle Sierpes. Normalmente, este tramo estaba lleno de gente, pero el calor había obligado a todos a refugiarse. Las aceras estaban desiertas. Las persianas de los comercios permanecían cerradas, defendiéndose del sol.

Entonces lo oí.

Al principio, pensé que era un gato. Un sonido débil, apenas audible sobre el zumbido lejano de un aire acondicionado. Seguí corriendo, los ojos clavados en el semáforo al final de la calle. Pero el sonido se repitió.

Eh-hhe… eh-hhe…

No era un gato. Era humano. Un jadeo irregular, desesperado.

Me detuve. Mi impulso casi me hizo seguir, pero mis pies se clavaron en el suelo. Me quité los auriculares y me giré. La calle estaba en silencio, salvo por el aire tembloroso que ascendía de los coches aparcados.

“¿Hola?”, llamé, con la voz quebrada.

Silencio.

Entonces, el sonido volvió. Más débil. Provenía de un Mercedes G-Class negro azabache, aparcado ilegalmente en una zona de carga bajo el sol inclemente. El coche parecía un tanque, impenetrable. Las ventanillas estaban tan tintadas que parecían manchas de aceite.

Me acerqué. El calor que emanaba del metal negro me golpeó como una ola.

Aplasté la nariz contra la ventanilla trasera, haciendo visera con las manos para bloquear el resplandor. Al principio, solo vi mi reflejo: pelo revuelto, ojos asustados, una gota de sudor en la nariz.

Luego, mis ojos se adaptaron a la penumbra interior.

Mi corazón se detuvo.

Había una sillita de bebé. Y dentro, un niño. Pequeño, de unos diez meses. No lloraba con fuerza porque ya no le quedaba energía. Su rostro estaba colorado como un tomate, un rojo oscuro aterrador. El pelo, pegado al cráneo. La cabeza, ladeada, y la boca abierta, jadeando como un pez fuera del agua.

“Dios mío”, solté entre dientes.

Golpeé el cristal con el puño. “¡Eh! ¿Hay alguien ahí? ¡Hola!”

El vidrio quemaba. El niño ni se inmutó. Sus ojos estaban semicerrados, casi en blanco.

El pánico, frío y afilado, brotó en mi pecho, luchando contra el calor. Miré a ambos lados de la calle. “¡Socorro! ¿De quién es este coche?”

Nadie. Solo aceras vacías, asfixiadas por el sol.

Agarré el tirador de la puerta. Cerrada. Probé la delantera. También cerrada.

Miré de nuevo al niño. Su pecho apenas se movía. Recordé la noticia del verano pasado –un bebé en Málaga. Veinte minutos. Eso bastaba con este calor. Dentro de ese coche habría cincuenta grados, quizá más. Se estaba cociendo.

Miré el móvil. 7:56.

Si corría ahora, llegaría. Justo cuando sonara el timPero el bebé movió débilmente la mano, y en ese instante supe que no podía abandonarlo, así que rompí la ventana, lo rescaté y mi vida cambió para siempre.

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