Nadie podía acercarse a él sin salir lastimado. Un caballo salvaje, imponente y violento, estaba condenado al sacrificio hasta que apareció una niña sola, abandonada, invisible para todos. Su acción dejó al pueblo sin palabras y cambió sus destinos para siempre.
“Lárgate de aquí, mocosa”, gritó el carnicero, lanzándole un trapo sucio que ella apenas esquivó. Lucía corrió con el trozo de pan entre las manos, sin mirar atrás. Sus pies descalzos golpeaban las piedras del callejón mientras las risas de los adultos se perdían tras los muros.
No sabía qué hora era ni cuánto tiempo había pasado desde su última comida. Solo sabía que no podía quedarse mucho en un mismo lugar. Cruzó la plaza mayor y se escondió entre los arbustos detrás de los establos de la finca. Allí, en su escondite habitual, se acurrucó con las piernas contra el pecho.
El pan estaba duro, pero no le importaba. Lo comió despacio, observando los movimientos al otro lado de la cerca. Relámpago estaba inquieto otra vez. El caballo negro relinchaba fuerte, golpeando el suelo con los cascos. Era más grande que los demás, más oscuro, más indomable. Cada vez que un hombre intentaba acercarse, el animal se erguía amenazante.
Uno de ellos cayó la semana pasada. Se rompió el brazo. Desde entonces, nadie entraba al corral sin un palo. Lucía lo veía todo. Siempre lo hacía. Día tras día, desde su escondite entre la maleza, seguía cada movimiento del animal.
Le fascinaba su fuerza, pero más aún su aire de soledad. No era rabia lo que lo dominaba, sino otra cosa—tal vez miedo o desconfianza, igual que ella. Un portazo interrumpió sus pensamientos. Desde la oficina salió don Javier, el dueño de la finca.
Caminaba con paso firme, acompañado por dos peones. Uno llevaba una carpeta; el otro, una soga gruesa. “No podemos seguir arriesgándonos”, dijo don Javier sin alzar la voz. “Este animal no sirve. Está maldito o simplemente loco. Lo sacrificamos el lunes.”
Lucía sintió un nudo en el estómago. “¿Seguro, patrón?”, preguntó un peón. “Podríamos venderlo barato. Quizá alguien lo quiera.”
“¿Quién querría una bomba de tiempo con patas?”, gruñó don Javier. “Ya está decidido.”
Los hombres se alejaron. Lucía no se movió. Sus dedos se aferraron a su vestido raído. La palabra *sacrificio* resonaba en su cabeza como un eco helado.
Relámpago seguía agitado, golpeando el suelo con espuma en el hocico y la mirada perdida en el cielo. Lucía lo observó hasta que le ardieron los ojos.
Luego, sin pensarlo, se levantó, se deslizó entre los arbustos y desapareció.
Esa noche, la finca dormía. Las luces estaban apagadas, los peones roncaban en sus camas y el viento movía las ramas secas del olmo junto al portón. Lucía esperó hasta que todo quedó en silencio. Entonces cruzó el camino y se coló por el hueco entre los tablones del corral. No llevaba linterna; la luna bastaba.
Relámpago la vio de inmediato. Relinchó, se movió, sus cascos golpearon el suelo. La niña se detuvo a tres metros de él. No dijo nada. Se sentó, no huyó, no extendió la mano. Solo bajó la cabeza y esperó.
El caballo resopló fuerte, pero no se acercó ni se alejó. Respiró agitado, como si no entendiera por qué esa criatura estaba en su espacio.
Lucía levantó la mirada y sus ojos se encontraron.
Pasaron minutos, quizá horas. Entonces el animal giró, bajó la cabeza y se echó en el suelo, dándole la espalda.
Lucía no sonrió, no lloró. Solo permaneció allí, respirando hondo.
Cuando el cielo comenzó a clarear, se levantó despacio, salió por donde había entrado y desapareció entre los arbustos. No dijo nada, pero esa noche algo cambió.
A la mañana siguiente, los peones encontraron a Relámpago echado en un rincón del corral, tranquilo, sin bufidos ni patadas.
“¿Qué le pasa?”, preguntó Ramón, el capataz, rascándose la barba.
“No sé”, murmuró otro. “Pero no me gusta. Parece enfermo.”
Don Javier llegó con su sombrero de ala ancha y su paso seguro. Al ver al caballo, frunció el ceño. “Así amaneció, patrón”, dijo Ramón.
El dueño entró al corral con cuidado. Relámpago levantó la cabeza pero no se levantó. Solo lo miró.
“Si ya se cansó de pelear”, dijo un peón.
Don Javier negó. “Los caballos como este no entienden. Solo esperan el momento para soltar la furia.”
Recogió un puñado de tierra y la dejó caer. “Ya tomé una decisión. Este animal tiene que irse.”
Todos sabían lo que significaba.
“Llama al veterinario”, ordenó. “Que sea rápido.”
Los rumores se esparcieron. Algunos decían que Relámpago estaba embrujado. Otros juraban que era hijo del diablo.
Nadie, excepto una niña escondida entre los matorrales, que lo observaba con sus ojos grandes, como si viera algo que los demás no.
Lucía no comió ese día. No buscó pan ni rebuscó en la basura. Solo se quedó en su rincón, mirando.
La noche anterior no había sido un sueño. Había estado con él. Lo vio de cerca, sintió su calor, su fuerza, y por primera vez no tuvo miedo.
Relámpago era como ella: salvaje, roto, acostumbrado a que todos lo miraran con desconfianza.
Por eso no entendía lo que sentía al verlo así, quieto, sin pelear. Era como si algo en él también se hubiera rendido.
“No dejes que te quiten la fuerza”, susurró desde su escondite. “Yo sé lo que se siente.”
Esa tarde, cuando todos se fueron a comer, Lucía volvió al corral. Sabía que estaba prohibido, pero no podía quedarse de brazos cruzados.
Relámpago estaba de pie junto a un poste. Giró la cabeza al verla. No se movió.
Ella caminó despacio, descalza sobre el polvo. Cuando estuvo cerca, se detuvo. “Hola”, dijo casi sin voz. “¿Te acuerdas de mí?”
El caballo resopló, como si respondiera.
Lucía se sentó como la noche anterior. No intentó tocarlo. Solo lo miró.
Así pasaron los minutos, hasta que Ramón apareció y maldijo. “¡¿Qué haces ahí, mocosa?! ¡Sal ahora mismo!”
Relámpago se alzó relinchando. Lucía se quedó helada.
Ramón la agarró del brazo y la arrastró fuera. “¿Estás loca? ¡Ese animal te puede matar!”
Los peones se acercaron al alboroto. Don Javier salió de la oficina. “La encontramos dentro del corral con el caballo”, gritó Ramón.
Don Javier miró a la niña. “¿Tú fuiste la que entraba cada noche?”
Lucía no respondió.
Don Javier suspiró. “Déjenla. Quiero saber qué hizo que ese animal dejara de ser una fiera.”
Por primera vez, alguien no la había echado.
Los días siguientes cambiaron. Lucía ya no entraba a escondidas. Ahora lo hacía acompañada, bajo la mirada atenta de Ramón.
Cada tarde, se sentaba frente a Relámpago y le hablaba como si fueran amigos. A veces el caballo se acercaba, la olfateaba.
Ramón no lo entendía. “Es brujería”, murmuró.
Pero la esposa de don Javier vio la escena y sonrió. “No es magLucía acarició el lomo de Relámpago una última vez, susurrando palabras que solo él entendía, y juntos, bajo el cielo infinito de Castilla, encontraron el hogar que nunca tuvieron.





