«Papá, esos dos niños durmiendo en la basura se parecen mucho a mí», dijo Javier, señalando a los pequeños que dormían acurrucados sobre un colchón viejo en la acera. Eduardo Martínez se detuvo y siguió con la mirada el dedo de su hijo de cinco años. Dos niños aparentemente de su misma edad dormían entre bolsas de basura, con la ropa sucia y rota, los pies descalzos y llenos de heridas.
El empresario sintió un nudo en el pecho al ver la escena, pero intentó seguir caminando hacia el coche, tirando de la mano de Javier. Lo había recogido del colegio privado al que asistía y, como cada viernes por la tarde, volvían a casa por el centro de la ciudad. Era una ruta que Eduardo solía evitar, prefiriendo los barrios más acomodados. Pero el tráfico y un accidente en la avenida principal los habían obligado a pasar por esa zona más humilde y descuidada.
Las calles estrechas estaban llenas de gente sin hogar, vendedores ambulantes y niños jugando entre montones de basura apilados en las aceras. Sin embargo, el niño se soltó con una fuerza sorprendente y corrió hacia los niños, ignorando por completo las protestas de su padre. Eduardo lo siguió, preocupado no solo por su reacción al ver tanta miseria de cerca, sino también por los peligros de esa zona. Había frecuentes noticias de robos, tráfico de drogas y violencia.
Su ropa cara y el reloj de oro en la muñeca los hacían blancos fáciles. Javier se arrodilló junto al colchón sucio y observó los rostros de los dos niños, que dormían profundamente, agotados por la vida en la calle. Uno tenía el pelo castaño claro, ondulado y brillante a pesar del polvo, igual que el suyo, y el otro era más moreno. Pero ambos tenían rasgos faciales muy similares a los suyos: las cejas arqueadas y expresivas, la cara ovalada y delicada, incluso el hoyuelo en la barbilla que Javier había heredado de su difunta madre.
Eduardo se acercó lentamente, con una inquietud que pronto se convirtió en algo cercano al pánico. Había algo profundamente perturbador en ese parecido, algo que iba mucho más allá de una simple coincidencia. Era como si viera tres versiones de la misma persona en diferentes momentos de su vida. «Javier, vámonos ahora mismo. No podemos quedarnos aquí», dijo Eduardo, intentando levantarlo con firmeza, pero sin poder apartar la vista de los niños dormidos, incapaz de dejar de mirar esa imagen imposible.
«Se parecen mucho a mí, papá. Mira sus ojos», insistió Javier cuando uno de los pequeños se removió y abrió los ojos con dificultad. Reveló dos ojos verdes idénticos a los de Javier, no solo en el color, sino también en su forma almendrada, en la intensidad de su mirada y en ese brillo natural que Eduardo conocía tan bien. El niño se sobresaltó al ver extraños cerca y despertó rápidamente a su hermano con suaves golpes en el hombro.
Los dos se levantaron de un salto, abrazándose, temblando visiblemente, no solo por el frío, sino por puro miedo instintivo. Eduardo notó que ambos tenían exactamente los mismos rizos que Javier, solo que en tonos diferentes, la misma postura corporal, la misma forma de moverse, incluso la misma manera de respirar cuando estaban nerviosos. «No nos hagáis daño, por favor», dijo el niño de pelo castaño, instintivamente poniéndose delante de su hermano pequeño, en un gesto protector que Eduardo reconoció de inmediato con un escalofrío.
Era exactamente la misma forma en que Javier protegía a sus compañeros más pequeños en el colegio cuando algún acosador intentaba intimidarlos. El mismo movimiento defensivo, la misma actitud valiente a pesar del miedo visible. El empresario sintió que las piernas le temblaban violentamente y tuvo que apoyarse en una pared de ladrillos para no caerse. El parecido entre los tres niños era impactante, aterrador, imposible de atribuir al azar. Cada gesto, cada expresión, cada movimiento era idéntico. El niño moreno abrió mucho los ojos, y Eduardo estuvo a punto de desmayarse en ese mismo instante.
Eran los ojos verdes penetrantes de Javier, pero había algo aún más perturbador en ellos. La expresión de curiosidad mezclada con cautela, la forma particular de fruncir el ceño cuando estaba confundido o asustado, incluso la manera de encogerse ligeramente cuando sentía miedo. Todo era exactamente igual a lo que veía en su hijo cada día. Los tres tenían la misma estatura, el mismo físico delgado, y juntos parecían reflejos perfectos en un espejo fragmentado. Eduardo se aferró a la pared, sintiendo que el mundo giraba a su alrededor.
«¿Cómo os llamáis?», preguntó Javier con la inocencia de sus cinco años, sentado en la sucia acera, sin preocuparse por ensuciar su uniforme escolar caro. «Yo soy Lucas», respondió el niño castaño, relajándose al darse cuenta de que ese niño de su edad no representaba ninguna amenaza, a diferencia de los adultos que solían echarlos de los espacios públicos. «Y este es Mateo, mi hermano pequeño», añadió, señalando cariñosamente al niño moreno a su lado. Eduardo sintió que el mundo giraba aún más rápido, como si el suelo desapareciera bajo sus pies.
Eran exactamente los nombres que él y Patricia habían elegido para sus otros dos hijos en caso de que el complicado embarazo resultara en trillizos, nombres anotados en un papel guardado con amor en el cajón de la mesilla, discutidos durante largas noches en vela, nombres que nunca había mencionado a Javier ni a nadie más después de la muerte de su esposa. Era una coincidencia absolutamente imposible y aterradora que desafiaba toda lógica y razón. «Vivís aquí en la calle», continuó Javier, conversando con los niños como si fuera lo más natural del mundo, tocando la mano sucia de Lucas con una familiaridad que perturbó aún más a Eduardo.
«No tenemos una casa de verdad», dijo Mateo con una voz débil y ronca, probablemente de tanto llorar o pedir ayuda. La tía que nos cuidaba dijo que ya no tenía dinero para mantenernos y nos trajo aquí en medio de la noche. Dijo que alguien aparecería para ayudarnos. Eduardo se acercó aún más despacio, intentando desesperadamente procesar lo que veía y oía sin perder la cordura. Los tres no solo parecían tener la misma edad y rasgos físicos, sino que también compartían los mismos gestos automáticos e inconscientes.
Los tres se rascaban detrás de la oreja derecha cuando estaban nerviosos. Los tres se mordían el labio inferior en el mismo lugar cuando dudaban antes de hablar. Los tres parpadeaban de la misma manera cuando se concentraban. Eran pequeños detalles, imperceptibles para la mayoría, pero devastadores para un padre que conocía cada gesto de su hijo. «¿Cuánto tiempo lleváis aquí solos en la calle?», preguntó Eduardo, con la voz completamente quebrada, arrodillándose junto a Javier en la acera sucia, sin importarle el traje caro.
«Tres días y tres noches», respondió Lucas, contando cuidadosamente con sus pequeños y sucios dedos, pero con una precisión que revelaba inteligencia. La tía Marisa nos trajo aquí al amanecer cuando no había nadie en la calle y dijo que volvería al día siguiente con comida y ropa limpia. Pero todavía no ha vuelto. Eduardo sintió que la sangre se helaba en sus venas, como si una descarga eléctrica recorriera su cuerpo. Marisa. Ese nombre resonó en su mente como un trueno ensordecedor, despertando recuerdos que había intentado enterrar durante años.
Marisa era el nombre de la hermana menor de Patricia, una mujer problemática e inestable que había desaparecido por completo de la vida de la familia justo después del traumático parto y la muerte de su hermana. Patricia había hablado de ella muchas veces, describiendo cómo sufría graves problemas económicos, adicción a las drogas y relaciones abusivas. Había pedido dinero prestado incontables veces durante el embarazo de Patricia, siempre con diferentes excusas, y luego desapareció sin dejar rastro ni dirección.
Una mujer que estuvo presente en el hospitalEduardo abrazó a los tres niños con lágrimas en los ojos, sabiendo que por fin había encontrado a su familia completa y que juntos superarían cualquier obstáculo que el destino les pusiera por delante.





