Un millonario queda impactado al encontrar a una trabajadora idéntica a su hija perdida6 min de lectura

Tuve que inspeccionar el nuevo edificio de apartamentos. Lo de siempre: trajes caros, climatización artificial y prisa. Pero al llegar a la entrada, todo se detuvo.

El polvo gris cubría la obra como una espesa niebla que apenas dejaba ver, pero ni toda esa suciedad pudo ocultar aquella silueta.

“¿Señor Mendoza?”, preguntó mi chófer con nerviosismo. “¿Pasa algo?”

No respondí. Abrí la puerta y salí corriendo, sin importarme que mis zapatos de diseñador se embarraran hasta los tobillos.

Allí estaba. Una chica delgada, con un casco desgastado y un chaleco demasiado grande para ella, pala en mano bajo el sol, empapada en sudor. Pero cuando se giró para secarse la cara… sentí como si algo me atravesara el pecho.

Esa mirada. Esos malditos ojos verdes.

Idénticos a los de mi esposa, que ya no está. Los mismos que los de mi niña Sofía, desaparecida en el parque hace dos décadas y de quien todos me aseguraron que había muerto.

“¡Tú! ¡Eh, tú!”, le grité con la voz quebrada.

Ella soltó la pala, asustada, y retrocedió, bajando la cabeza.

“Disculpe, patrón”, dijo temblando. “Le juro que no estaba holgazaneando, solo me secaba. Por favor, no me despida, se lo suplico, tengo a mi abuela muy enferma.”

Me acerqué tanto que pude oler el cemento fresco en su ropa. Le tomé las manos, llenas de callos y cortes.

“No voy a despedirte…”, le dije con lágrimas. “Mírame. ¿Cómo te llamas?”

Levantó la vista, desconcertada. “Lucía, señor… Solo soy una peón de obra.”

“No…”, negué, apartándole el pelo sucio del cuello. “Si eres quien creo, aquí deben estar tres lunares.”

Lo que vi en su piel me paralizó. Pero justo entonces, apareció el capataz corriendo y gritó algo que destrozó todo lo que creía saber sobre la desaparición de mi hija.

**El Capataz Sabía Algo**
El capataz llegó sofocado, el rostro enrojecido.

“¡Don Ramón! ¡Aléjese de esa muchacha ahora mismo!”

Lo miré sin comprender. Seguía sosteniendo las manos de Lucía.

“Esta obrera es problemática”, continuó el capataz. “Solo lleva una semana y ya trae líos. ¡No puede ir molestando a los inversores!”

Lucía se soltó de un tirón, temblando.

“No hice nada mal, don Evaristo. El señor me agarró.”

Sentí ira. La misma que no experimentaba desde el día que perdí a Sofía.

“¿Cómo se atreve a hablarle así?”, le espeté. “Esta chica no le ha hecho nada.”

Don Evaristo me miró como si estuviera loco.

“Con respeto, señor Mendoza, usted no conoce a esta gente. Son todos mentirosos. Vienen de Dios sabe dónde, sin papeles, inventando historias para dar lástima.”

Algo en su tono me enfureció. Pero también me hizo pensar. ¿Sin papeles? ¿De dónde era esta chica?

Miré a Lucía. Ella mantenía la vista baja, pero vi algo en su expresión. Miedo. Un miedo profundo, más allá de perder el trabajo.

“¿Dónde vives?”, le pregunté suavemente.

Dudó. Se mordió el labio.

“En… en una habitación alquilada. En el barrio de Lavapiés.”

“¿Con quién?”

“Con mi abuela. Ya le dije.”

“¿Y tus padres?”

Su rostro se tensó. Una lágrima resbaló por su mejilla sucia.

“No los conozco, señor. Mi abuela dice que me abandonaron de bebé.”

El mundo volvió a detenerse para mí. Bebé. Abandonada. Abuela. Las piezas empezaban a encajar de forma horrible.

“¿Qué edad tienes?”

“Veintitrés, creo. Mi abuela no está muy segura.”

Veintitrés. Mi Sofía tendría veintitrés si viviera.

El capataz bufó, impaciente. “Señor Mendoza, no debería perder tiempo con…”

“¡Cállese!”, le grité. “Está despedido. Váyase ahora mismo.”

Don Evaristo palideció. Abrió la boca para protestar, pero algo en mi mirada lo detuvo. Se fue refunfuñando.

Cuando quedamos solos—o tan solos como se puede estar en medio de una obra con cincuenta obreros mirando—, me arrodillé ante Lucía.

Ella retrocedió, asustada.

“No voy a hacerte daño”, le dije. “Solo necesito que me escuches. Hace veinte años, perdí a mi hija en un parque. Se llamaba Sofía. Tenía tres años. Tus mismos ojos. Y tres lunares en el cuello, justo aquí.”

Señalé el lugar donde los había visto. Lucía llevó instintivamente su mano al cuello.

“Mucha gente tiene lunares, señor.”

“No como esos. Formaban un triángulo perfecto. Mi esposa decía que eran las tres estrellas del cinturón de Orión.”

Vi un destello de reconocimiento en sus ojos.

“Mi abuela…”, musitó. “Mi abuela siempre me dice que mis lunares son especiales. Que son una señal del cielo.”

Mi corazón latía tan fuerte que creí que estallaría.

“¿Puedo verlos?”

Dudó un largo momento. Luego, lentamente, se quitó el chaleco y bajó el cuello de su sudada camiseta.

Allí estaban. Tres lunares. Un triángulo perfecto. Las estrellas de Orión.

Me derrumbé. Caí de rodillas en el barro y lloré como no lo hacía desde el funeral de mi esposa.

“Eres tú”, sollocé. “Eres mi niña. Eres mi Sofía.”

Lucía también lloraba, pero de confusión.

“No entiendo nada, señor. No soy su hija. Mi abuela me crió desde que tengo memoria.”

“¿Cómo se llama tu abuela?”

“Doña Carmen. Carmen Delgado.”

Ese nombre no me sonaba. Pero no significaba nada. Los secuestradores no usan sus nombres reales.

“Necesito conocerla”, le dije. “Necesito hablar con ella.”

Lucía se secó las lágrimas con el dorso de la mano. “Está muy enferma. Apenas sale de la cama.”

“Entonces iré a tu casa. Por favor. Dame esa oportunidad.”

Me miró con esos ojos verdes, idénticos a los de su madre, idénticos a los de mi Sofía. Y asintió.

**El Camino Hacia la Verdad**
Indiqué a mi chófer que nos llevara al barrio de Lavapiés. Lucía iba callada en el asiento trasero. No dejaba de observarla por el retrovisor.

Cada gesto. Cada movimiento. Buscaba rastros de mi hija en ella. ¿Sonreiría igual? ¿Tendría los mismos ademanes?

Pero veinte años son muchos. La gente cambia. Los hijos se convierten en extraños.

“¿Está seguro de esto, señor?”, susurró mi chófer.

“Como nunca de nada en mi vida.”

Llegamos a una zona que ni siquiera sabía que existía en mi ciudad. Calles sin asfaltar. Casas de uralita y madera. Cables colgando peligrosamente. Mi Mercedes reluciente resaltaba como un diamante en un basurero.

“Es aquí”, dijo Lucía, señalando una casita pintada de azul desvaído.

Bajamos. Los vecinos nos observaban con recelo. Lucía abrió la cerradura oxidada.

“Abuela”, llamó. “Traigo visita.”

El olor me golpeó primero. Humedad, enfermedad, pobreza. La casa era una sola estancia: salón, cocina y dormitorio.En el silencio que siguió, con el peso de dos décadas de mentiras entre nosotros, supe que jamás podría recuperar el tiempo perdido, pero tal vez, solo tal vez, podríamos construir algo nuevo a partir de los escombros del pasado.

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