Los lamentos nocturnos de un baúl revelaron el oscuro secreto de un millonario6 min de lectura

Camila llevaba casi seis meses trabajando en la Mansión Montenegro.

Seis meses acariciando la caoba pulida y el mármol frío, sintiendo el peso de una fortuna que no era suya, pero que algún día podría cambiar su vida.

Vivía en un pequeño piso al otro lado de Madrid, luchando por pagar la universidad de su hermana. Este trabajo era su salvación y, a veces, su tormento silencioso.

Don Montenegro, un viudo de hábitos extraños, era conocido en toda la ciudad por su inmensa fortuna, acumulada con imperios inmobiliarios y proyectos tecnológicos que no siempre daban fruto.

Su mansión era como un santuario de otra época: techos artesonados, tapices descoloridos y un aroma permanente a cera y naftalina en el aire.

Esa tarde, a Camila le ofrecieron horas extras, un dinero que necesitaba con urgencia. El administrador de la finca, el severo abogado Damián Gutiérrez, le ordenó limpiar el ala este de la mansión, una zona que llevaba años cerrada.

—Nadie debe entrar ahí, Camila —advirtió Damián con voz áspera, ajustándose las gafas de carey—. Son documentos y recuerdos personales del señor Montenegro. Solo quita el polvo. No toques nada.

El ala este era un laberinto de sombras. Pesadas cortinas de terciopelo bloqueaban la luz, dejando las habitaciones oscuras y sin ventilación. Cada paso de Camila resonaba en el parqué, rompiendo un silencio que parecía llevar décadas intacto.

En el centro de la sala más grande, la llamada cámara de almacenamiento, había una pila de objetos cubiertos con sábanas blancas, como fantasmas inmóviles.

Camila trabajó en silencio durante casi una hora, moviéndose con cuidado.

Entonces lo vio.

No era un fantasma, sino algo sólido e innegablemente real.

Un arcón de madera maciza, oscuro y pesado, reforzado con placas de hierro forjado. Era enorme, casi del tamaño de un pequeño ataúd.

Mientras limpiaba el polvo del metal frío, se detuvo en seco.

Un ruido.

Al principio, tan débil que casi lo ignoró. Quizá eran las tuberías viejas. La casa asentándose.

Pero volvió a escucharlo.

Toc. Toc. Toc.

Rítmico. Deliberado.

Demasiado artificial para ser el viento.

El pánico la invadió. ¿Habría un animal atrapado dentro? ¿Una rata enorme?

Se arrodilló y apoyó la oreja contra el costado del arcón. El olor a polvo y moho le llenó la nariz.

Los golpes cesaron.

Pero, en su lugar, escuchó algo peor.

Un sonido leve, casi un gemido. Un sollozo ahogado por la gruesa madera.

—¿Hola? —susurró Camila, con el miedo helándole la sangre—. ¿Hay alguien ahí?

No hubo respuesta. Solo el silencio opresivo de la mansión.

Pero lo sabía. Algo vivo estaba dentro.

El arcón estaba cerrado con un candado oxidado. Parecía imposible abrirlo sin herramientas.

Justo cuando iba a levantarse y huir, su mirada cayó sobre una pequeña mesa auxiliar cercana, llena de libros amarillentos sobre leyes de propiedad y testamentos antiguos.

Y ahí, captando un tenue rayo de luz que se filtraba por un hueco en la cortina, había una llave.

Pequeña. Pulida. Como si alguien la hubiera dejado allí hace un instante.

La duda la asaltó. Si el abogado Damián descubría que había abierto el arcón, perdería su trabajo. Perdería el dinero que su hermana necesitaba.

Pero el sonido que había escuchado no mentía.

Sus manos temblaban mientras insertaba la llave en la cerradura. El mecanismo cedió con un *clic* seco que resonó en la habitación como un disparo.

Inspiró hondo, cerró los ojos un instante, murmuró una disculpa silenciosa a cualquier dios que pudiera escucharla, y levantó la tapa solo unos centímetros.

La oscuridad se encontró con la luz.

Lo que vio fue un monstruo.

Tres pares de ojos.

Tres caritas pálidas y esqueléticas la miraban, cubiertas de polvo, llenas de terror y desesperación.

Eran niños.

Mellizos, por lo parecidos que eran. Acurrucados bajo una manta sucia, abrazándose para darse calor.

Uno de ellos, un niño de pelo castaño, alzó una mano temblorosa hacia ella.

—Por favor… tenemos hambre —susurró, apenas logrando que la voz le saliera.

El horror golpeó a Camila como un rayo.

Don Montenegro, el millonario, los había encerrado ahí.

¿Por qué?

¿Qué clase de hombre hacía eso?

Abrió el arcón por completo, dejando entrar la luz. Los niños eran demasiado pequeños para su edad (probablemente cinco o seis años), aunque el abandono los hacía parecer aún más jóvenes.

—¿Quiénes sois? —preguntó Camila en voz baja, arrodillándose junto al arcón—. ¿Por qué estáis aquí?

El mellizo más hablador, con los ojos muy abiertos y temblando de miedo, respondió:

—Somos Lucas, Marta y Pablo. Papá dijo que era un juego… pero llevamos mucho tiempo jugando.

Papá.

Don Montenegro.

Antes de que Camila pudiera preguntar más, el sonido de zapatos de cuero pulido resonó en el pasillo principal.

El abogado Damián Gutiérrez volvía.

EL TESTAMENTO Y LA TRAICIÓN DEL ABOGADO

Los pasos se acercaban. La voz de Damián, seca y autoritaria, llegó desde el pasillo:

—¡Camila! ¿Has terminado en el ala este? ¡Necesito que firmes el recibo de las horas extra!

El pánico la dominó. Si el abogado la encontraba allí, con los mellizos al descubierto, no solo perdería su trabajo, sino que se vería arrastrada a una pesadilla legal.

Se giró rápidamente hacia los niños.

—Escuchadme —susurró con urgencia—. Me llamo Camila. No os haré daño. Pero debéis guardar silencio absoluto. ¿Entendéis? Ni un ruido.

Los tres asintieron con los ojos llenos de miedo.

Camila bajó la tapa del arcón con cuidado, asegurándose de que quedara en su sitio pero sin cerrarlo del todo. Luego se arregló el uniforme, cogió su cubo de limpieza y salió de la cámara, cerrando la puerta sin hacer ruido.

Cuando llegó al pasillo principal, Damián Gutiérrez la esperaba junto a la escalinata, con los brazos cruzados y su impecable traje de tres piezas.

—Has tardado demasiado —espetó—. El ala este no es tan grande.

—Lo siento, señor Gutiérrez —respondió Camila, intentando mantener la compostura mientras su corazón latía a toda prisa—. Había mucho polvo, especialmente en las molduras del techo.

Damián la estudió, y sus ojos se detuvieron en el leve temblor de sus manos.

—Bien. Firma aquí y márchate. Y recuerda: lo que pasa en esta mansión, se queda en esta mansión. Don Montenegro es muy celoso de su privacidad.

Camila firmó el papel, apenas capaz de concentrarse.

Mientras Damián le entregaba un fajo de billetes, un pensamiento helador la atravesó: ¿Por qué protegía tanto el abogado el ala este? ¿Y por qué la llave del arcón era nueva, pero la cerradura estaba oxidada?

—Una pregunta, señor Gutiérrez —dijo con cuidado, intentando parecer indiferente—. ¿Don Montenegro tiene nietos? Vi algunas fotos antiguas en el pasillo.

Damián se tensó. Por primera vez, su expresión se queEl abogado se acercó con mirada fría y, antes de que pudiera reaccionar, Camila gritó con todas sus fuerzas: “¡Aquí dentro hay niños encerrados!”, logrando que los guardias de seguridad acudieran al instante y descubrieran la verdad, cambiando para siempre el destino de los mellizos y llevando a Damián Gutiérrez ante la justicia.

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