La luz que se colaba por los ventanales de nuestra casa en Zaragoza no era cálida ni acogedora. Era una claridad pálida y fría que iluminaba cada mota de polvo suspendida en el aire y, con más crudeza aún, cada sombra de agotamiento marcada en mi rostro reflejado en el espejo. Parecía una extraña, una versión demacrada de la mujer que había sido apenas unos meses atrás.
Me llamo Lucía Montenegro, tengo veintiocho años, pero me siento décadas más vieja. Hacía exactamente seis semanas que había dado a luz a trillizos: tres hermosos y frágiles niños llamados Mateo, Javier y Adrián. Mi cuerpo era un territorio desconocido, transformado de formas que aún intentaba comprender: más blando donde antes había firmeza, surcado por líneas plateadas que narraban mi viaje hacia la maternidad tras la cesárea de emergencia que nos salvó la vida. El dolor y la falta de sueño eran tan profundos que el mundo bailaba ante mis ojos si movía la cabeza demasiado rápido.
Vivía en un estado de alerta constante, navegando el caos de cuidar tres bebés a la vez: horarios de lactancia que se solapaban, montañas de pañales, biberones y llantos interminables. Las niñeras venían y se iban, ninguna aguantaba más de quince días con el ritmo agotador de los trillizos. Nuestra casa en el barrio de Salamanca, pese a sus amplios metros cuadrados, parecía ahogarnos entre cunas, tronas y carritos.
Esta era la escena -yo en pijama manchado de leche, con ojeras moradas, el pelo recogido en un moño desastre, intentando calmar a un bebé mientras mecía a los otros dos- cuando Álvaro, mi marido y director ejecutivo de TecnoIbérica, una de las mayores empresas tecnológicas del país, decidió pronunciar su veredicto sobre nuestro matrimonio.
Entró al dormitorio con un traje de Burgos recién planchado que costaba más que el sueldo mensual de muchos, perfumado con colonia cara, los labios apretados en una mueca de desprecio. No miró el capazo con nuestros tres hijos. No preguntó cómo estaba. Sólo me observó con esa mirada gélida que reservaba a los negocios que no daban beneficios.
Sin preámbulos, arrojó un grueso dosier sobre nuestra cama. El golpe sonó como un martillo en un juzgado. No necesité abrirlo para saber lo que contenía: “DEMANDA DE NULIDAD MATRIMONIAL” se leía en la portada.
Álvaro no usó eufemismos legales. Optó por la crueldad estética, escupiendo palabras que me dejaron sin aliento. Su mirada recorrió cada “defecto”: las ojeras, la mancha de babas en mi hombro, la faja postparto bajo el pijama, los kilos que aún cargaba tras llevar tres vidas en mi vientre.
“Mírate, Lucía”, dijo con asco. “Pareces un espantapájaros. Estás hecha un desastre, descuidada, irreconocible. Me das asco. Y un director general de mi nivel necesita una esposa que proyecte éxito, no esta… degradación”.
“Álvaro”, susurré con voz ronca por el cansancio, “hace seis semanas que parí a tus hijos. Tus hijos”.
“Esa no es excusa”, respondió mientras se ajustaba los gemelos de oro. “Has decidido abandonarte. No es mi problema”.
Y entonces, como en una escena ensayada, reveló su infidelEntonces, como si el universo conspirara en su contra, apareció Natalia, su joven asistente de veintidós años, vestida con un traje de firma que valía más que mi primer coche, sonriendo con superioridad mientras yo sostenía un pañal sucio.





