El calor en Sevilla no se posa en la piel, oprime, como una tapa sobre una olla hirviendo, desafiándote a respirar. En julio de 1842, la plaza del mercado aparece blanqueada por el sol y despiadada, un escenario brillante donde la gente finge no oír los sonidos humanos tras el comercio. Ajustas tu mantilla negra, no porque te refresque, sino porque mantiene tu rostro sereno. La viudez debería volverte blanda y silenciosa, pero las deudas te agudizan y te mantienen despierta. El aire huele a sudor, a caballos, a fruta demasiado madura y a algo peor, algo que no debería existir a la luz del día. Las cadenas suenan con un ritmo que intenta volverse normal si se lo permites. Tú no lo permites, no hoy, no mientras tu nombre pende de un hilo. Tu hacienda necesita brazos para la cosecha de aceituna, y cada día que esperas, tu tierra se desliza un poco más hacia la boca de otros hombres.
Te dijeron que compraras a tres, porque tres es lo que se supone que debe hacer una mujer cuando los hombres dejan de hacerlo por ella. Tus administradores hablaron en cifras, fingiendo que los números son limpios, fingiendo que la tinta no está mezclada con hambre y sangre. Dijeron que un solo trabajador no te salvaría, y tenían razón, pero no sabían lo que tú sabías sobre los secretos de tu marido. Las deudas de Don Rodrigo no eran deudas honradas, no del tipo que se pagan con paciencia y oración. Eran trampas escondidas en contratos, firmas que se parecían a las suyas pero no lo eran, promesas hechas a gente que sonríe mientras afila cuchillos. Hace ocho meses que lo enterraste, y el pueblo miró, y el pueblo calculó cuánto tardarías en derrumbarte. Ahora te observan de nuevo, esperando que regatees, que te intimides, que aceptes tu lugar. Te dices a ti misma que estás aquí por la hacienda, no por el espectáculo, pero el espectáculo está aquí para ti. La plaza bulle con el regateo, pero el rincón junto al cadalso tiene un silencio incómodo, como si incluso la crueldad tuviera un límite de cortesía.
La fila de hombres encadenados permanece bajo el sol como si el sol mismo fuera parte del castigo. Sus pies están descalzos en el polvo, sus hombros brillan por el sudor, sus ojos fijos en la nada y en todo. Intentas no mirar demasiado, porque mirar demasiado convierte la escena en algo que no puedes excusar. Tu mente te repite la misma mentira que el pueblo se cuenta a sí mismo: así son las cosas, así se hace la cosecha, así sobrevive el orden. Pero tu estómago rechaza la mentira, se contrae, te recuerda que acostumbrarse a algo no lo hace correcto. Caminas lentamente, tus zapatos repiquetean en la piedra, tu velo sombrea tu mirada para que nadie pueda leer lo que sientes. Pasas junto a un hombre y luego a otro, cada uno inspeccionado como una mula, tasado como una herramienta. Algunos compradores ríen, algunos regatean, algunos permanecen con una expresión aburrida que es lo que más te asusta. Luego llegas al último hombre de la fila, y tus pasos se detienen sin permiso.
Es alto, la piel bronceada por el sol y no por la debilidad, y se sostiene como si las cadenas fueran un inconveniente y no un veredicto. No es una belleza en el sentido educado lo que te golpea, no la belleza de un retrato de salón, sino una presencia que se niega a empequeñecerse. Su rostro está tallado con más dureza que los demás, la mandíbula apretada, los ojos oscuros y vivos, la clase de ojos que hacen preguntas incluso cuando el silencio es más seguro. Has visto hombres orgullosos antes en cenas y en la iglesia, hombres de manos suaves y opiniones ruidosas. Este orgullo es diferente, más callado, más peligroso, porque no necesita testigos. Cuando alza la mirada y se encuentra con la tuya, el mundo se reduce y sientes un nudo extraño y afilado bajo las costillas. Él no aparta la vista, ni siquiera cuando tu estatus debería obligarle. Esa única negativa te desconcierta más que cualquier súplica, porque te recuerda algo que has intentado no nombrar: que él es un hombre, no una cosa. En ese momento te das cuenta de tu propia respiración, de tu propio latido, de tu propia complicidad. Tú miras al suelo primero, y te molesta haberlo hecho.
La gente susurra del modo en que se susurra alrededor de tormentas que no pueden controlar. Un comprador se le acerca, estudia sus brazos, sus dientes, la fuerza en sus hombros, luego retrocede como si hubiera sentido calor. Otro comprador se inclina, escucha unas palabras del subastador e inmediatamente niega con la cabeza, apretando los labios. Se repite, una y otra vez, como un ritual de rechazo, y el aire alrededor del hombre se vuelve extrañamente vacío. Oyes fragmentos, suaves como el polvo pero afilados como espinas: “mala suerte”, “problemas”, “tres dueños”, “incendios”, “ruina”. El subastador ríe demasiado fuerte, un sonido practicado destinado a borrar el miedo de una transacción. El hombre al final de la fila espera, quieto, observándolo todo con una paciencia que parece un plan. Te dices a ti misma que la superstición es para mentes débiles, para los aburridos, para aquellos que quieren una excusa. Sin embargo, se te eriza la piel de todos modos, porque el pueblo rara vez se pone de acuerdo en nada, y aquí todos coinciden en él. Te preguntas de qué se están protegiendo.
Cuando llega su turno, incluso el subastador se aclara la garganta como si fuera a decir una plegaria en la que no cree. “Nahuel Itzcóatl”, anuncia, y el nombre cae pesado, a diferencia de los nombres casuales lanzados para los demás. “Veintiocho años, fuerte, sano, de Granada, conoce el trabajo del campo… y otras cosas”. El tono del subastador es cuidadoso, como hablan los hombres cuando quieren advertir sin que se les culpe por advertir. El precio de salida es insultantemente bajo, tan bajo que te ruborizas de vergüenza por todos los presentes. Unos hombres se ríen con desdén, como si les hubieran contado un chiste. Tu mano se alza antes de que decidas hacerlo, y el movimiento se siente tanto temerario como inevitable. Le sigue un silencio, amplio y limpio, ya que nadie hace una contraoferta. El martillo cae con un chasquido seco que te tensa los hombros, y te das cuenta de que acabas de convertirte en la única dispuesta a reclamar lo que otros rechazan.
En la mesa donde se firman los papeles, el subastador evita tu mirada como si el contacto visual pudiera infectarle. Mojas tu pluma, firmas tu nombre, y cada trazo se siente como una deuda pagada con algo que no es dinero. “¿Por qué tan barato?”, preguntas, porque necesitas una razón que no sea el miedo. La boca del subastador se crispa y él mira hacia Nahuel como si el hombre pudiera oír a través de las paredes. “Dicen que trae la ruina”, murmura, casi escupiendo las palabras. “Tres dueños en dos años, y dondequiera que va, algo se rompe”. Quieres reír, porque a los hombres les gusta culpar al destino de sus propias elecciones, pero la risa no te sale. Miras a Nahuel de nuevo, y él te devuelve la mirada, no con gratitud, no con sumisión, sino con una firmeza indescifrable. Caes en la cuenta de que “algo se rompe” podría no significar accidentes en absoluto. Podría significar mentiras, sistemas, acuerdos cómodos que dependen del silencio.
El viaje a La Garganta del Sol es lo suficientemente largo para que la duda eche raíces.El camino a La Garganta del Sol brilla bajo el calor, y las colinas respiran verde en la distancia, pero tu carruaje se siente como una pequeña caja cerrada de tensión.





