El millonario regresó a casa con el corazón apesadumbrado y no podía creer lo que la asistenta había hecho con sus hijos. Estaba en el jardín, lanzando agua con la manguera a los cuatro chicos que corrían descalzos por el césped, empapados, gritando y riendo como nunca antes los había visto. Julio se quedó paralizado, incapaz de dar un paso, porque aquella escena no encajaba en la realidad que conocía.
Sus hijos no se reían así, no corrían descalzos por el pasto, no gritaban de alegría como si el mundo entero fuera suyo, y mucho menos permitían que alguien se acercara sin quejarse, llorar o huir a refugiarse en casa. Desde que Adriana se había marchado, desde que tomó sus maletas y desapareció sin mirar atrás, aquellos cuatro niños se habían convertido en fantasmas silenciosos que apenas alzaban la mirada cuando él llegaba, que comían en silencio, que se acostaban demasiado temprano, que parecían haber olvidado cómo se era un niño de verdad. Julio lo había intentado todo. Había contratado tres niñeras diferentes en los últimos cinco meses. Había comprado juguetes carísimos, videoconsolas, bicicletas nuevas, cualquier cosa que pudiera arrancar una sonrisa a aquellos rostros pequeños y cansados. Pero nada funcionaba, nada cambiaba.
Y en el fondo sabía que el problema no eran los juguetes. El problema era que él no sabía ser padre en solitario, no sabía cómo hablar con ellos, cómo abrazar, cómo estar presente de verdad cuando su cabeza siempre estaba en otro sitio, siempre pensando en la empresa, en los contratos, en las reuniones interminables que le chupaban hasta el último resto de energía.
Pero ahora, en ese preciso instante, mientras sujetaba su cartera de cuero con las manos sudorosas y el cuerpo entero dolorido de cansancio, sus cuatro hijos corrían en círculos en el jardín, completamente calados, con las camisetas pegadas al cuerpo, el pelo goteando agua, los pies descalzos hundiéndose en la hierba mojada, y se reían, se reían de verdad, con ese sonido agudo y despreocupado que solo un niño feliz es capaz de hacer.
Y la responsable de todo aquello era la mujer que había contratado hacía apenas tres días. La asistenta del hogar que llegó con un currículum sencillo, sin referencias importantes, sin experiencia en casas grandes, pero que lo miró con una extraña firmeza y le dijo que sabía cuidar de niños porque había criado a sus cinco hermanos menores ella sola después de que su madre enfermara.
Se llamaba Beatriz y en ese momento estaba de espaldas a Julio, sujetando la manguera con ambas manos, mientras apuntaba el agua a los chicos, que saltaban y esquivaban y le gritaban: “¡Más agua, otra vez!” Y ella se reía con ellos. Con una naturalidad que parecía imposible, como si conociera a aquellos niños desde hacía años, como si supiera exactamente lo que necesitaban sin tener que preguntar.
Julio sintió algo extraño subirle por el pecho, algo que no sabía nombrar bien, una mezcla de alivio y culpa y una tristeza enorme, porque él nunca había logrado hacer eso, nunca había conseguido quitarles ese peso de los hombros a sus propios hijos, nunca había sido capaz de convertir la casa en un lugar donde pudieran ser simplemente niños.
Dejó la cartera en el suelo lentamente, sin hacer ruido, y se quedó allí quieto, observándolo todo como si estuviera viendo la vida de otra persona, como si aquella escena no perteneciera a su realidad. Y fue solo cuando el más pequeño de los cuatro, David, tropezó con su propia pierna y cayó de culo en el césped mojado, cuando Julio sintió que el aire volvía a sus pulmones.
Porque en lugar de llorar, en lugar de gritar o montar el numerito que siempre armaba cuando se caía, David simplemente alzó la cara, miró a Beatriz y se echó a reír aún más fuerte, como si caerse hubiera sido la cosa más graciosa del mundo. Beatriz soltó la manguera en la hierba y corrió hacia él con los brazos abiertos, se agachó frente al niño y preguntó: “¿Te has hecho daño, David?” Y David negó con la cabeza toda mojada, todavía riendo, y ella le tendió la mano para ayudarle a levantarse.
Pero en vez de aceptar la mano, David tiró de su brazo con fuerza y Beatriz perdió el equilibrio y cayó sentada en el césped a su lado. Y los otros tres chicos vieron eso y comenzaron a gritar de alegría y corrieron hacia ellos y se echaron encima de ella como si fuera una broma preparada. Y de repente allí estaba Beatriz en medio del césped empapado, con cuatro niños encima, todos riendo, todos pegados a ella, como si fuera la persona más importante del mundo.
Y Julio sintió que le ardían los ojos, sintió ese nudo en la garganta que siempre se tragaba, pero esta vez no pudo contenerse, porque por primera vez en meses estaba viendo a sus hijos felices de verdad. Y él no tenía nada que ver con eso. No era el responsable de aquellas sonrisas. No era el padre que necesitaban.
Era una extraña que había entrado en sus vidas hacía tres días, que había conseguido hacer en minutos lo que él no había logrado en meses enteros. Dio un paso atrás, queriendo desaparecer antes de que alguien lo viera. Pero fue demasiado tarde, porque Gabriel, el segundo mayor, alzó la cabeza mojada y vio a su padre quieto allí, con el traje arrugado y la corbata torcida.
Y su sonrisa se desvaneció al instante, como si la presencia de Julio hubiera roto algo, como si la alegría solo pudiera existir cuando el padre no estaba cerca. Beatriz notó el cambio, giró la cabeza y vio a Julio allí plantado. Y se levantó deprisa, secándose las manos en la falda mojada, con la cara un poco colorada.
Y Julio vio en sus ojos esa preocupación de quien cree que ha hecho algo mal, de quien piensa que la van a despedir por salirse del guion, por haber hecho algo que no estaba pactado. Ella abrió la boca para hablar, pero Julio alzó la mano lentamente y movió la cabeza y dijo con una voz más baja de lo que pretendía: “No pares”.
Y Beatriz cerró la boca y se quedó allí quieta, sin entender bien. Y Julio repitió, esta vez un poco más firme: “No pares, por favor, sigue con ellos.” Y vio cómo su rostro se relajaba, vio cómo sus hombros se bajaban y ella asintió con la cabeza lentamente y volvió a sonreír, y se giró hacia los niños y preguntó: “¿Quién quiere más agua?” Y los cuatro chicos gritaron que sí al unísono, hasta Gabriel, que se había puesto serio por un segundo, y Beatriz agarró de nuevo la manguera y volvió a mojarlos.
Y Julio se quedó allí unos segundos más, solo observando, sintiendo ese vacío enorme en el pecho, ese peso de saber que había fallado como padre, que había permitido que sus propias tristezas se tragasen la infancia de sus hijos, y que ahora una mujer a quien apenas conocía lo estaba arreglando todo sola, sin siquiera darse cuenta.
Recogió la cartera del suelo y entró por la puerta lateral de la casa, subió directamente al dormitorio, sin mirar nada, sin hablar con nadie, cerró la puerta con llave y se sentó al borde de la cama con la cabeza entre las manos y se quedó allí en silencio, intentando entender cómo había permitido que las cosas llegaran a ese punto, cómo se había vuelto tan distante de sus propios hijos que solo podían ser felices cuando él no estaba.
Pensó en Adriana, pensó en cómo ella había salido de aquella casa gritando que nunca estaba presente, que solo sabía trabajar, que los hijos ni conocían a su propio padre. Y él había pensado que exageraba, que era injusta, porque trabajaba precisamente para darles lo mejor, para asegurarse de que no les faltara de nada.
Pero ahora comprendía que ella tenía razón, que había cambiado presencia por dinero, tiempo por cosas, y que al final nada de eso importPero ahora, mirando a Beatriz sonreír bajo el sol de la tarde, supo que el verdadero tesoro no estaba en su cuenta bancaria, sino aquí, en este jardín, regado con las risas de sus hijos y el amor incondicional que había florecido entre ellos.





