La travesía de una madre: un sacrificio por la esperanza Tras años de búsqueda incansable, su esperanza se materializó en un abrazo que sanó todas las heridas del pasado.7 min de lectura

La nieve, fría y despiadada como el destino mismo, danzaba tras la ventana helada, transformando la ciudad en un reino fantasma de silencio y helor. En una pequeña habitación, donde el aliento se convertía al instante en una nube de vaho, una mujer se aferraba a una niña de frágil complexión.

—Mamá, no quiero separarme de ti—, una vocecita tenue y entrecortada sonaba en el aire gélido como el crujir del hielo. Los ojos de la niña, grandes y azules como nomeolvides escarchadas, estaban llenos de lágrimas.

—Mi golondrina, mi sol, es necesario. Muy necesario. Pronto, muy pronto, estaré junto a ti—, las palabras sonaban como un conjuro, como una plegaria que la mujer repetía intentando convencerse a sí misma. Acariciaba el cabello fino y sedoso de su hija, y cada uno de sus dedos parecía entumecerse por la inminente separación.

—¿Y cómo voy a estar sin ti, sola?

—No estarás sola, junto a ti estará Alejandro. Él lo prometió.

Junto a la estufa, intentando calentar sus manos entumecidas, estaba el niño del vecino. Sus rizos pelirrojos parecían guardar el último rescoldo de un verano ya extinto, y su mirada, adulta y seria para su edad, se clavaba en su pequeña amiga.

—Verónica, te di mi palabra. Una palabra firme. Te protegeré—, dijo con determinación, acercándose y poniendo una mano en su hombro.

A Elena le resultaba insoportablemente doloroso, pero su mente, fría y lúcida, repetía una sola cosa: era el único hilo de salvación, la única oportunidad de arrancar a los niños del infierno del cerco. El hambre, el frío que calaba los huesos, las estufas apenas humeantes y los ojos vacíos de quienes ya se habían rendido. Alejandro había perdido a su madre el invierno anterior —ella falleció intentando dar vida a otro ser, y ambos quedaron para siempre en el piso helado—. La ayuda no llegó a tiempo, se perdió en los remolinos de nieve de una ciudad condenada.

Suplicó al jefe de taller que la dejara partir con los niños, pero solo recibió una respuesta seca, que no admitía réplica:
—Si todos los que tienen hijos se van, ¿quién quedará en las máquinas? ¿Crees que esto es fácil para mí? Hay una orden. Una orden inflexible. Desobedecerla sería firmar tu propia sentencia.

—Se lo ruego… ¡Salve al menos a mi hija! La encontraré después, cuando termine esta pesadilla. Por muy aterrador que sea, debo pensar en su vida. Y a Alejandro… Está completamente solo en el mundo, es el niño de nuestro patio.

Así, Verónica y Alejandro se encontraron en una columna de otras pequeñas sombras perdidas, guiadas sobre el frágil hielo del lago —aquel camino de vida y esperanza, tan estrecho sobre el abismo negro—.

Los dos años siguientes, Elena vivió al límite, donde el cuerpo flaquea pero el espíritu, impulsado por un único objetivo, obliga a seguir paso a paso. Su meta era el reencuentro. Cada mañana despertaba con el pensamiento: «Hoy puede llegar una noticia. Hoy puede terminar todo». Pero los días se extendían en una cadena interminable y monótona. La gente, como sombras, caía en las calles y no volvía a levantarse. Su propia madre se convirtió en una de esas sombras, apagándose en silencio en su habitación helada. A ellos, los obreros de la fábrica de defensa, ni siquiera se les permitía pensar en irse.

A principios de febrero de 1944, cuando el cerco fue finalmente roto, una mujer delgada, casi translúcida, se acercó al jefe de taller. Su voz era baja, pero en ella resonaba un acero templado en el fuego del sufrimiento.
—El cerco ha terminado. Necesito encontrar a mi hija y a Alejandro. Déjeme ir.

—¿Sabes dónde buscarlos ahora? El país es enorme.

—Supe que su convoy fue enviado a la provincia de Jaén. Buscaré en los orfanatos. Puede llevar tiempo.

—¿Cómo vas a ir sola? La guerra aún no ha terminado.

—¿Cree que después de todo lo vivido puedo temer algo más?

Serafín, el jefe de taller, un hombre de rostro cansado y bigote gris, suspiró profundamente.
—¿Crees que es fácil dejarte ir? ¿Quieres que te quite la exención?

—¿Y si me considera… desaparecida? Entonces no habría preguntas. Está Prudencia, la contable… desapareció durante tres meses y luego regresó. Un viejo boticario la cuidó, la escondió en su casa. Miles de nosotros sobrevivimos como pudimos.

—No, no haré eso. Puedo cubrirte dos meses. Pero para principios de abril, debes estar aquí y volver al trabajo. Si no… ya me entiendes.

—Gracias—, susurró Elena y, moviendo con dificultad sus débiles piernas, salió del taller. La nieve ya no era una enemiga, solo nieve. Comenzaba la búsqueda. Ya había hecho averiguaciones, sabía el nombre de la estación a la que llegaron los evacuados. Ahora debía moverse.

Jaén la recibió con el barro y el bullicio de la estación, tan extraño después del silencio sepulcral de Madrid. Estaba en el andén, perdida y desorientada, cuando una mujer mayor con un chaleco acolchado y pañuelo se le acercó.

—Hijita, ¿buscas a alguien?— preguntó con suavidad, y en sus ojos brillaba una tranquila compasión.

—Sí—, exhaló Elena. —A unos niños. Un niño y una niña. Los trajeron aquí después de la evacuación. Necesito un sitio donde quedarme para hacer las gestiones.

—Ven conmigo, vivo sola. No me pagues nada. Solo ayúdame un poco en la casa, mis manos ya no son lo que eran, me duelen.

—¡Con mucho gusto! Muchísimas gracias.

Así, Elena encontró refugio temporal en casa de Teodora, cuya bondad era un islote de salvación en el mar de la posguerra.

Esa misma tarde, al regresar de la oficina, Elena se sentó a la mesa de la cocina, donde ya humeaba una tetera y olía a pan recién horneado.

—Bueno, ¿cómo te fue?— preguntó Teodora, sirviendo té en tazas de loza.

—Envié solicitudes a todos los orfanatos de la provincia. Di no solo los nombres, sino también las señas. Mi Verónica tiene una cicatriz en el antebrazo izquierdo, en forma de media luna —se hirió con el borde de una mesa—. Debería haber quedado. Y se enviaron solicitudes a las escuelas —ya tiene siete años, debería estar estudiando. Alejandro tiene el pelo rojo, pecas y dos remolinos en la cabeza, siempre despeinado—, por un instante, una sonrisa cálida, casi olvidada, asomó en los labios de Elena.

—Eso es, que sale a su padre, ¿pelirrojo? Y tú eres morena.
—No, no es mi hijo, es del vecino.

—¿Y aun así te preocupas tanto por él?

—Mi Verónica le tiene mucho cariño, son como hermanos. Y el pobre chico —su padre está en el frente, sin noticias desde el inicio del cerco. Su madre murió en el cuarenta y uno.

—¿Y tu marido?

—Cayó cerca de Madrid en los primeros meses.

—Pobrecilla… ¿Tus padres viven?

—Mi padre murió en la milicia. Mi madre… no superó el invierno pasado.

—¿Y por qué no os evacuarion?

—Era médica, no podía irse. Y a nosotros, de la fábrica, no nos dejaron.

—Una carga pesada te ha tocado. ¿Y después, piensas volver a Madrid?

—¿Adónde más? Hay que reconstruir la ciudad. Donde eché raíces, allí viviré. Criaré a los niños.

—¿Y así, con el corazón aún cargado de las sombras del invierno pero iluminado por la tenue luz de la nueva primavera, Elena comprendió que la familia no es solo la que nace, sino la que se elige, se lucha y se perdona, construyéndose día a día con los pedazos rotos que el destino nos entrega.

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