El grito escapó antes de que Maya López comprendiera lo que veía. Sus manos se hundieron en la tierra suelta, demasiado blanda, como si alguien hubiera cavado allí minutos antes. La regadera de metal se le resbaló de los dedos y cayó sobre las piedras del jardín con un estruendo que rasgó el silencio de la mañana. Cayó de rodillas, con los dedos revolviendo frenéticos la tierra bajo los rosales.
Y entonces tocó algo frío, liso, humano; una manita. El mundo se detuvo, su corazón no. Estallaba contra sus costillas, cada latido un grito silencioso mientras excavaba, con las uñas rompiéndose, las palmas desgarrándose contra piedras ocultas hasta ver la tela azul del pijama. El pijama de dinosaurios que ella misma había planchado la noche anterior.
Ethan. El nombre salió ronco, destrozado. Maya metió los brazos bajo el cuerpo del niño y tiró con demasiada fuerza, con demasiada desesperación. Él se convulsionó en el aire, el pecho apretado sacudiéndose violentamente, y entonces gritó: un sonido agudo, sofocado, vivo. “Lo siento, cariño. Lo siento”, sollozó, apretándolo contra su pecho, mientras él se retorcía débilmente, la boca llena de tierra.
Sus deditos se aferraron al cuello de su uniforme como si fuera lo único real en el mundo. No quería hacerte daño. Por favor, Dios, por favor, déjalo respirar. Ella retrocedió tambaleándose con él en brazos, la tierra resbalando por sus piernas. Su llanto era ronco, estrangulado, el sonido de alguien que había olvidado cómo gritar.
¡Socorro! La voz de Maya se rasgó, rompiendo la quietud de la propiedad. ¡Que alguien me ayude! Una puerta se cerró de golpe. Pasos pesados retumbaron por el patio. Ricardo Valverde, uno de los hombres más ricos de Madrid, siempre tan pulcro, tan controlado, corría hacia ellas y su rostro estaba transformado.
No era miedo, no era shock, era furia, ciega, animal. “¿Qué has hecho?”, rugió. Maya intentó hablar, la voz temblando descontrolada. “Señor, lo encontré enterrado. Lo saqué, monstruo”. Ricardo avanzó y le arrancó a Ethan de los brazos con tanta fuerza que el niño gritó de dolor. “Enterraste a mi hijo vivo”. “No, no, señor, por favor”.
Maya extendió las manos, el pánico inundando cada nervio. “Yo lo salvé. Lo oí llorar”. Y la mano de Ricardo cortó el aire y golpeó su rostro con tanta fuerza que su cabeza giró hacia un lado. El dolor estalló en su mandíbula antes de que tuviera tiempo de reaccionar. Ella vaciló, pero él ya la estaba empujando de nuevo. Un empujón en el pecho que la lanzó hacia atrás, directamente a los rosales.
Las espinas desgarraron sus brazos, piernas, espalda. El uniforme se abrió en tiras, mientras caía entre las ramas retorcidas, con la respiración atrapada en la garganta. La sangre le corría por el antebrazo. Intentó levantarse, las manos temblorosas contra el suelo. “Señor Valverde, yo nunca lo haría”. “Cállate”, espetó él, la voz quebrándose de dolor y rabia. “Te confié a mis hijos, Ricardo”.
La voz de Celia flotó desde la terraza, suave, preocupada, perfectamente ensayada. Apareció con su albornoz de seda blanca impecable, el cabello rubio cayendo en ondas perfectas, los ojos muy abiertos en un shock calculado. Corrió hacia su marido, colocando una mano temblorosa en su hombro. “Dios mío, Maya, ¿cómo pudiste? Ethan es solo un niño”. “No fui yo”.
Maya susurró desesperada. “Lo oí llorar. Cavé. Lo salvé”. Celia se llevó la mano a la boca, los ojos brillando con lágrimas que parecían sacadas de un guion. “¿Esperas que nos creamos eso? Estabas sola con él. Has estado actuando de forma extraña durante semanas”. “Es cierto”, gritó una de las empleadas desde la puerta. “La oí hablando sola otra vez esta mañana”.
“Siempre pensé que había algo raro en ella”. Otra voz se unió. “Está obsesionada con estos niños”. “Monstruo, asesina de niños”. “Sáquenla de aquí”. Maya sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. No era la sangre en sus brazos, no era el dolor en su rostro, era su mirada, la de todos, como si ella fuera algo que necesitara ser borrado. Y Celia, de pie allí con aquella sonrisa invisible en los ojos, sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Ricardo le dio la espalda y subió las escaleras con Ethan en brazos. El niño todavía tosiendo tierra, su cuerpecito temblando. Maya se quedó allí, de rodillas entre las espinas, la sangre goteando de los cortes en sus brazos, el sabor a metal en su boca, donde la bofetada le había partido el labio. Quería gritar la verdad hasta que su voz desapareciera, pero las palabras morían antes de salir, ahogadas por el peso de todas aquellas miradas acusadoras.
Nadie la ayudó a levantarse. Las horas siguientes pasaron como cristal molido. Maya se sentó en los fríos escalones de mármol de la entrada lateral, mientras dos policías hacían las mismas preguntas una y otra vez, voces monótonas, bolígrafos raspando en las tablillas. “¿Dónde estaba antes de encontrar al niño?”. “En el jardín”.
“Lo oí llorar bajo la tierra”. El policía de más edad intercambió una mirada con su compañero. “¿Espera que nos creamos eso?”. Ella repitió la historia como un rezo roto, pero no escuchaban, estaban tomando notas, catalogando, decidiendo. Allá dentro, la voz de Celia flotaba por el pasillo como un perfume caro, dulce, controlado, letal.
“Detective, Maya siempre ha sido inestable. Habla sola, se queda mirando las fotos de los niños por la noche. Tenía miedo de que pudiera hacerle daño a alguien”. Maya clavó las uñas en las palmas de sus manos para no gritar. Cuando los policías finalmente se marcharon, subió a su cuarto de servicio, una habitación pequeña en la parte trasera de la casa, donde la ventana daba al aparcamiento y el aire nunca circulaba bien.
Lavó la sangre de sus brazos en el lavabo agrietado, observando el agua enrojecida bajar por el desagüe. Sus manos temblaban tanto que tuvo que apoyarse en el borde. Fue entonces cuando oyó un ruido leve, pasitos. Maya se volvió. Sofía estaba parada en la puerta, sus ojos marrones muy abiertos, asustados. Sujetaba su osito de peluche contra el pecho, como un escudo. “Señorita Maya”.
Maya forzó una sonrisa suave, secándose las manos en el delantal rasgado. “Hola, cariño”. Sofía retorció la oreja del oso entre sus dedos. “Papá dijo que le hiciste daño a Ethan”. El pecho de Maya se oprimió. “Cariño, eso no es verdad”. La niña vaciló, luego susurró muy bajito, casi avergonzada. “Celia me dijo que no hablara contigo”.
“Dijo que el fantasma de mamá está enfadado porque das mala suerte”. Maya se heló. Fantasma de mamá. Sofía parecía demasiado seria para una niña de 6 años. “Dijo que el espíritu de mamá lo ve todo”. Un escalofrío le recorrió la espalda a Maya. Se arrodilló, quedando a la altura de la niña. “Cariño, los fantasmas no culpan a la gente y yo no doy mala suerte”.
Sofía se quedó callada un momento, sus ojos buscando los de Maya como quienEl pequeño Ethan, sosteniendo su dinosaurio de peluche, dio un paso vacilante hacia ella y susurró con una voz que era apenas un hilo de aire, “Mamá Celia dijo que eras mala, pero yo te vi luchando con los ángeles en el jardín para salvarme”.





