Mientras recogía algo de comer en una boda muy elegante, un niño se quedó inmóvil al reconocer en la novia a su madre, a la que hacía mucho que no veía. La reacción del novio hizo llorar a todos los presentes.
El niño se llamaba Lucas. Tenía diez años. No tenía padres.
Lo único que recordaba —o más bien, lo que le habían contado— era que, con apenas dos años, don Ramón, un anciano sin hogar que vivía bajo un puente cerca de la Ronda del Canal, en Madrid, lo había encontrado dentro de una bañera de plástico, flotando cerca de la orilla tras una tormenta fuerte.
El niño aún no hablaba. Apenas sabía andar. Lloraba hasta quedarse ronco.
En su muñeca solo llevaba dos cosas:
— una pulsera vieja de hilo rojo, desgastada por el tiempo;
— y un trozo de papel mojado, donde apenas se leía:
«Por favor, que alguien con buen corazón cuide de este niño. Se llama Lucas.»
Don Ramón no tenía nada: ni hogar, ni dinero, ni familia. Solo unas piernas cansadas y un corazón que aún sabía querer.
Aun así, cogió al niño y lo crió con lo que iba encontrando: pan del día anterior, comida de centros sociales, y botellas que cambiaba por unos euros.
Muchas veces le decía a Lucas:
— Si algún día encuentras a tu madre, perdónala. Nadie deja a un hijo sin que se le parta el alma.
Lucas creció entre puestos callejeros, estaciones de metro y noches frías bajo el puente. Nunca supo cómo era su madre. Don Ramón solo le contó que, cuando lo halló, el papel tenía una mancha de carmín y un pelo largo y negro enredado en la pulsera.
Pensaba que su madre sería muy joven… quizá demasiado joven para cuidar de un niño.
Un día, don Ramón enfermó gravemente de los pulmones y lo llevaron a un hospital público. Sin un euro, Lucas tuvo que pedir limosna más que nunca.
Esa tarde, oyó a unos viandantes hablar de una boda lujosa en una finca de Segovia, la más importante de la temporada.
Con el estómago vacío y la garganta seca, decidió probar suerte.
Se quedó tímidamente cerca de la entrada. Las mesas estaban llenas de comida: paella, embutidos, dulces, refrescos.
Una camarera lo vio, se compadeció y le dio un plato caliente.
— Siéntate ahí y come rápido, niño. Que no te vea nadie.
Lucas le dio las gracias y comió callado, mirando el salón: música suave, trajes elegantes, vestidos brillantes.
Pensó:
¿Vivirá mi madre en un sitio así… o será pobre como yo?
De repente, la voz del presentador sonó:
— ¡Señoras y señores… los novios!
La música cambió. Todas las miradas se volvieron hacia la escalinata llena de flores blancas.
Y entonces apareció ella.
Vestido blanco impecable. Sonrisa tranquila. Pelo largo, negro y con onda. Guapa. Radiante.
Pero Lucas se quedó paralizado.
No fue su belleza lo que lo dejó así, sino la pulsera roja en su muñeca.
La misma.
El mismo hilo.
El mismo color.
El mismo nudo gastado.
Lucas se frotó los ojos, se levantó temblando y se acercó a ella.
— Señora… —dijo con voz quebrada— esa pulsera… ¿usted… usted es mi madre?
El salón entero enmudeció.
La novia palideció. Sus dedos temblaron sobre el ramo. La sonrisa que había mantenido toda la ceremonia se rompió lentamente, como cristal bajo presión.
— ¿Quién… quién te habló de esta pulsera? —susurró.
Lucas levantó su muñeca delgada. Allí seguía la vieja pulsera roja, casi hecha hilachas.
— Yo tenía una igual. Y un papel… con mi nombre.
Un escalofrío recorrió el salón. Los invitados se miraron incómodos. Los cuchicheos aumentaron.
El novio se acercó al instante y la sujetó por la cintura.
— ¿Qué significa esto? —preguntó con voz temblorosa.
La novia miró al niño. Largo. Demasiado largo.
Luego, sus ojos se llenaron de lágrimas.
— Lucas… —suspiró— ese es el nombre que puse cuando tenía diecisiete años.
Un sollozo la sacudió.
— Estaba sola. Tenía miedo. Mi padre me amenazó con echarme de casa si me quedaba con el bebé. Di a luz en secreto… una noche de tormenta. Pensé que te encontrarían rápido. Volví todos los días al canal… pero ya no estabas.
Se arrodilló frente al niño.
— Te he estado buscando durante ocho años.
Todo el salón lloraba. Algunos invitados se secaban los ojos; otros apartaban la mirada, muy emocionados.
Lucas se quedó callado.
— Me crio don Ramón —dijo al final—. Está muy enfermo.
Al oír esto, el novio, que había permanecido callado, levantó la mano. La música paró.
Miró a la novia. Luego al niño. Luego a los invitados.
— Esta ceremonia puede esperar.
Un murmullo de sorpresa recorrió la finca.
— Hoy no solo me caso con una mujer —dijo con voz firme—.
— Acepto su pasado.
— Y si este niño es tu hijo… entonces también será el mío.
Un silencio total. Luego, los sollozos estallaron.
Pero el novio no había terminado.
— Y hay algo más.
Se volvió hacia el servicio.
— Pidan un coche. Al hospital público.
La novia levantó la mirada, desconcertada.
— He estado investigando la historia de este niño —confesó—.
— Don Ramón… es mi padre biológico.
El salón estalló en asombro.
— Lo perdí hace años. No sabía que vivía en la calle.
— Ese hombre… salvó a mi hijo antes de que yo pudiera hacerlo.
Lucas lloró por primera vez en su vida.
— Entonces… ¿tengo una familia?
El novio se arrodilló frente a él, sonriendo entre lágrimas.
— No, —dijo—.
— Tienes dos.
La boda se celebró ese mismo día.
Pero antes de los votos, toda la comitiva fue al hospital.
Don Ramón, débil pero consciente, vio entrar a la novia, al novio… y a Lucas.
— Tenías razón —susurró al niño—.
— El corazón siempre encuentra a quien ama.
Y por primera vez en su vida, Lucas se sintió lleno.
No de comida.
Sino de amor.





