El Secreto del Sótano La llave que encontró en el testamento abrió no solo la puerta del sótano, sino la verdad de una herencia oculta por décadas.7 min de lectura

La mirada de Celeste se deslizó hacia ella, fría y ligeramente molesta, como quien descubre una mosca rondando su copa de vino.

Las manos de Imani temblaban, pero aun así las alzó, con las palmas abiertas como en señal de rendición.

—Detengan la lectura —dijo, con la voz trémula pero sorprendentemente clara—. Porque el heredero no está desaparecido.

Mateo la miró fijamente. —¿Qué estás diciendo?

Imani tragó saliva. Sentía los latidos de su corazón como si no cupieran entre sus costillas.

—Lo han encerrado bajo tierra.

Durante un segundo que pareció detener el aire, hasta la atmósfera contuvo la respiración.
La sonrisa serena de Celeste se mantuvo, pero algo afilado se movió bajo su superficie, como una daga girando dentro de su vaina.

—Esa es una acusación absurda —dijo Celeste suavemente—. La señorita Johnson está bajo mucho estrés. La pena hace estragos en… el personal.

Imani no la miró. Miró a Mateo. Al señor Álvarez. A los dos hombres sentados junto a la pared, discretos en sus trajes, esperando una señal.

Entonces pronunció el nombre que hizo que la sonrisa de Celeste, por fin, se quebrara.

—Julian.

Dieciocho meses atrás, Imani había entrado en la mansión Mendoza con una maleta en una mano y un delantal en la otra, repitiéndose que solo era un trabajo.

1. La casa que no sonaba a hogar
La mansión Mendoza se alzaba en las afueras de Madrid como un museo privado. Altas verjas. Setos perfectos. Ventanales que reflejaban el cielo pero nunca dejaban ver lo que había dentro.

Imani llegó una mañana soleada que parecía demasiado alegre para aquel lugar. El taxista la ayudó a bajar la maleta, miró la casa y murmuró: —Suerte —con ese tono con el que la gente dice “que te vaya bien” cuando en realidad piensa “que los dioses se apiaden de ti”.

En la puerta, Celeste la recibió con una educación carente de calidez.

—Bienvenida, señorita Johnson. —El español de Celeste era preciso, culto, con un deje extranjero. Su apretón de manos fue firme y breve, como si el contacto fuera una transacción.

Dentro, el aire olía a cera de limón y a un silencio caro. Los suelos relucían de tal manera que Imani casi se sentía culpable por pisarlos, como si estuviera dejando huellas con las suelas.

Hugo Mendoza estaba en el salón, con una manta de cachemir doblada con pulcritud sobre sus rodillas. Parecía un hombre que en su día había cargado con salones enteros a cuestas y que ahora apenas podía levantar su propio vaso.

—Gracias por venir —susurró cuando Celeste los presentó. Su voz era amable, pero cada sílaba venía cargada de fatiga.

Imani le dedicó una sonrisa. —Gracias por recibirme, señor.

Hugo alargó la mano hacia el agua, con los dedos temblorosos. Antes de que pudiera agarrar el vaso, la mano de Celeste llegó antes.

No era un gesto de ayuda. Era posesivo.

Le guió el vaso hasta la palma de la mano como quien da de comer a una mascota que le pertenece.

Imani lo sintió entonces, un pequeño escalofrío de inquietud. No era nada que Celeste hiciera de forma explícita. Era lo que no hacía.

No miraba a Hugo con preocupación. Lo miraba como quien consulta una agenda.

—Toma la medicación a la misma hora todos los días —le dijo Celeste a Imani, con voz enérgica—. No improvises.

Repitió “improvises” dos veces, como si la repetición la convirtiera en ley.

Imani asintió. —Sí, señora.

La sonrisa de Celeste se afiló, satisfecha.

Aquella primera semana, Imani aprendió el ritmo de la casa. Las comidas servidas a su hora. Las cortinas abiertas exactamente a las ocho. Las llamadas de teléfono que se cortaban en cuanto ella entraba en una habitación. Visitas médicas concertadas sin preguntas, sin segundas opiniones.

Y siempre, la misma historia cuando salía el nombre de Julian.

Julian estaba en un internado suizo.

Sonaba plausible, como suelen sonar las mentiras cuando se construyen con dinero y seguridad. Un chico de catorce años en Suiza. Una institución prestigiosa. Normas estrictas. Centrado en su “estabilidad”.

Solo que la casa no se comportaba como una familia con un hijo en el extranjero.

No había menciones casuales de él. Ni fotos recientes. Ni risas por algo que hubiera enviado por mensaje. No llegaban paquetes suyos, ni postales pegadas en el frigorífico.

Julian existía solo como una frase que Celeste desplegaba cuando era necesario y luego guardaba de nuevo, como un cuchillo que vuelve al cajón.

Mateo, el hijo mayor, intentaba fingir que nada de aquello importaba. Llevaba traje hasta en casa, como si en cualquier momento pudieran llamarle para una reunión. Saludaba con la mano a inversores imaginarios mientras comía.

Pero a veces, tarde por la noche, la máscara se resquebrajaba.

Imani lo encontró una tarde en la cocina, mirando fijamente su móvil como si fuera a confesarle algo si la miraba el tiempo suficiente.

—Ella dice que Julian está bien —susurró Mateo, como si las paredes informaran a Celeste—. Pero no he oído su voz en un año. Ni una sola vez.

Imani siguió removiendo la sopa en el fogón, observando cómo la superficie se ondulaba. —¿Has llamado tú directamente al colegio?

La risa de Mateo fue amarga, agotada. —Cada vez que lo intento, pasa algo urgente. Un inversor entra en pánico. Un contrato se viene abajo. De repente hay una junta directiva que la necesita. Me arrastra como si yo fuera su escudo.

En ese mismo momento, el tono de llamada de Celeste cortó el pasillo, demasiado alto, demasiado oportuno.

—Mateo —llamó Celeste, ya en plena actuación—. La empresa te necesita ahora.

Los hombros de Mateo se hundieron. Se movió como si lo tiraran de una cuerda.

Imani lo vio marcharse y luego miró hacia el salón, donde Hugo estaba sentado contemplando la pantalla negra del televisor, con la mirada fija en la nada.

A veces, la mano de Hugo se posaba cerca del pecho, como si temiera lo que pudiera sentir allí.

Una vez, en un raro momento de tranquilidad, le hizo a Celeste una pregunta que parecía llevar meses esperando dentro de él.

—¿Por qué vas tú sola a la finca? —murmuró—. ¿Por qué no vamos juntos?

Celeste ni parpadeó. —Porque puedo —respondió, alisando su manta con una ternura que nunca llegaba a sus ojos.

Todos los martes y viernes, Celeste bajaba la escalina con un abrigo de diseño, las llaves ya en la mano, el perfume intenso como una advertencia.

—Me voy a la finca —decía con ligereza, sin mirar a nadie. Sin equipaje. Sin explicaciones. Solo la tranquila autoridad de quien no espera preguntas.

Imani empezó a notar otras cosas.

La medicación de Hugo no era siempre la misma.

El pastillero cambiaba de color. Las etiquetas aparecían y desaparecían. Algunos frascos olían ligeramente a metal, otros curiosamente dulces. Parecía que alguien estaba reemplazando la vida de Hugo dosis a dosis.

Imani se dijo que se lo estaba imaginando. Que las familias ricas son raras. Que el duelo y el dinero vuelven extraña a la gente.

Hasta que llegó el papel que hizo que todas sus racionalizaciones se desmoronaran.

2. El expediente que no debería estar allí
Imani estaba organizando un cajón del estudio cuando lo encontró: un expediente médico escondido detrás de un montón de documentos legales, como si lo hubieran ocultado con prisas.

Llevaba un sello con un nombre que la dejó helada.

Julian Mendoza.

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