El regreso del esposo que creía muertoY en sus ojos no había amor, solo la fría determinación de cobrar una deuda olvidada.7 min de lectura

La puesta de sol sobre Villalaguna se apagaba lentamente, como si se resistiera a abandonar la tierra. Las nubes desgarradas, iluminadas de carmesí, se reflejaban en las aguas oscuras del río Duero, que parecía inundado no de agua, sino de sangre espesa y fría. En la vieja y musgosa espadaña del cementerio de Santa María, en la loma, la campana repicó las horas con voz ronca y perezosa: una, dos, tres, y su sonido flotó sobre la comarca en silencio, sobre las casas de piedra oscura, sobre las pequeñas casas de baños torcidas, sobre el camino roto que se perdía hacia Valladolid. A esa hora, cualquier alma viviente solía buscar ya el fuego, el calor, un hogar seguro. Pero en Villalaguna, esa tarde, nadie encendió las lámparas de petróleo ni se sentó a cenar. Por los patios, las trastiendas y las cocinas susurraba una noticia increíble, como la nieve en pleno verano, y alarmante, como un toque de difuntos.

Por el camino que llevaba desde la carretera maltrecha hasta las afueras del pueblo, caminaba un hombre. Lo hacía sin prisa, arrastrando los pies calzados con botas rotas sujetas con cordeles. La capa militar, blanqueada por el sol en los hombros y quemada en varios lugares, le colgaba como en un perchero. A la espalda llevaba una mochila vacía: dentro, aparte de un mendrugo de pan seco envuelto en una camisa limpia y interior, y una taza de hojalata con el asa rota, no había nada. El rostro del caminante, surcado por arrugas profundas como barrancos, estaba cubierto por una barba gris y erizada, sin cortar desde hacía tiempo, y sus ojos hundidos miraban desde bajo unas cejas pobladas con una especie de fuego oculto y aterrador. Esos ojos habían visto demasiado y ya no esperaban nada del mundo. En ellos se leía, alternativamente, súplica, una calma glacial y, de repente, una angustia mortal e insondable, tan profunda que los pocos transeúntes que lo veían se apresuraban a apartar la mirada.

Máximo Robledo regresaba a casa.

Habían pasado trece años desde aquella mañana de enero de 1942, cuando su tren, antes de llegar al frente, fue bombardeado cerca de Soria y se convirtió en un montón de hierros retorcidos. Trece años se habían sumido en el negro remolino del olvido: hospitales, cautiverio, campos de filtración, largas travesías por tierras extrañas e inhóspitas. Todos esos años figuró en las listas de desaparecidos y, después, fue borrado por completo de la memoria de sus paisanos, como se tacha de la lista de la casa a un muerto. Había dejado de existir: para su familia, para el Estado y, al parecer, para sí mismo. Pero dentro, en lo más profundo de su alma medio muerta, todo ese tiempo había ardido un pensamiento diminuto, como una brasa en la ceniza: regresar. Llegar. Ver.

Y ahora estaba en las afueras, junto al viejo pozo con la grúa torcida, y no podía dar los últimos pasos. El corazón le latía rápido y desordenado, amenazando con romperle las costillas. Tenía la vista nublada, ya fuera por el cansancio y el hambre, ya por la emoción. Miraba hacia donde, tras una empalizada escuálida y una vieja lilas deshojadas, se oscurecía una casa. Su casa. O, mejor dicho, aquella casa que había construido con sus propias manos tres años antes de la guerra, cuando aún era joven, lleno de fuerzas y esperanzas.

A primera vista, la casa apenas había cambiado. El mismo caballete alto tallado por su padre, los mismos marcos de ventana tallados que él mismo había ajustado a la luz de una tea en las largas noches de invierno. Solo al mirar con atención, Máximo notó las diferencias. El porche era nuevo, cubierto con tablillas, con barandillas sólidas. La puerta no chirriaba, sino que colgaba recta, sobre goznes nuevos que aún brillaban con grasa. De la chimenea salía humo, espeso y fragante: sin duda quemaban leña de pino. Tras la casa se adivinaba el contorno de un cobertizo que antes no estaba y se oía el rumor tranquilo del ganado.

La hacienda vivía una vida plena. Una vida sólida, próspera, indiferente a él.

—Timo—, susurró Máximo con los labios entumecidos, y ese nombre le quemó la garganta más que la ginebra casera. —Hijo.

Dio un paso adelante. Luego otro. Las piernas no le obedecían, se enredaban en el barro espeso y blando. La verja estaba entreabierta y Máximo, reuniendo sus últimas fuerzas, la abrió hacia sí. El cerrojo oxidado chirrió y, en ese instante, desde el fondo del patio salió corriendo un perro grande y peludo, ladrando con desesperación. Máximo se detuvo. El perro, gruñendo con furia, se le acercó, pero de repente, como si tropezara con una barrera invisible, se calló y retrocedió, olfateando el aire con desconfianza.

Al porche salió corriendo una niña de unos doce años. Descalza, a pesar del frío, con un vestido de percal y trenzas rubias despeinadas, se quedó quieta, mirando al señor desconocido, y en sus ojos sorprendidos y muy abiertos no se leía miedo, sino más bien curiosidad.

—¿A quién busca, señor? —preguntó con voz clara, apoyando las manos en las caderas con autoridad.

A Máximo se le cortó la respiración. Miraba a esa niña y no podía decir palabra. No era su hija. Él había tenido una hija, tiempo atrás, pero se llamaba de otra manera y tenía otros ojos. Esta, en cambio, lo miraba con ojos ajenos, castaños, los ojos de su madre, y en sus facciones no había nada de los Robledo.

—¡Mamá! —gritó la niña, volviéndose hacia el fondo del patio—. ¡Aquí hay un señor, qué miedo! ¡El perro le ladraba y ahora no le ladra!

Desde la entrada se oyeron pasos pesados y seguros. Un hombre salió al umbral. Robusto, de hombros anchos, con una barba oscura y tupida en la que ya brillaban canas. Llevaba una camisa limpia, aunque remendada, y pantalones de pana metidos en botas. Salió, secándose las manos con un trapo, y se quedó quieto, clavando la mirada en el recién llegado. Un instante se miraron frente a frente y el aire entre ellos se tensó como la cuerda de un arco. El hombre reconoció a Máximo. Y Máximo reconoció al hombre.

—Hola, Arquipo Lucio —la voz de Máximo sonó sorda, como desde bajo tierra—. ¿No me esperabas?

Arquipo Sazón, antiguo capataz que había discutido más de una vez con Máximo en las asambleas del pueblo, no respondió. Entrecerró los ojos, como intentando distinguir en ese muerto viviente al Máximo de antes, fogoso y fuerte. Luego, pesadamente, con todo el cuerpo, se volvió hacia la casa y gritó hacia la oscuridad de la entrada:

—¡Paulina! ¡Polita! Sal aquí.

Y entonces apareció ella.

Paulina salió al porche, secándose las manos en el delantal. Había engordado un poco, se había redondeado, con las primeras canas en las sienes. Pero la misma andadura ligera, un poco airosa, el mismo hoyuelo en la mejilla derecha, la misma mirada, un poco socarrona, con una sonrisa oculta. Al ver a Máximo, se puso tan pálida que incluso los labios, cortados por el viento y agrietados, se volvieron blancos como la tAl volverse hacia la casa, supo, con un dolor agudo y definitivo, que algunos regresos no son más que otra forma de partir.

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