Cuatro huérfanas y el secreto de su pasadoDe repente, el hombre de negocios recordó el paquete de embriones que su exesposa, desesperada por ser madre, había hecho congelar en secreto justo antes de su cruel divorcio.7 min de lectura

El sedán negro se detuvo con una suavidad casi insolente ante la luz roja del semáforo en la Gran Vía. Afuera, Madrid resonaba con su sinfonía de cláxones, el pregón de los vendedores de castañas y el aroma del chocolate caliente que se colaba como un fantasma dulce en el aire fresco de la tarde. Adentro, los cristales tintados guardaban el silencio y el brillo de la opulencia.

Mauricio Delgado aflojó el nudo de su corbata de seda y se permitió un instante de satisfacción. La fusión con el consorcio europeo estaba cerrada. Otro contrato de nueve cifras firmado con su nombre. Otro paso para convertir al Grupo Delgado —que en otro tiempo fue un negocio familiar— en un auténtico imperio.

—¿Tomamos el túnel para regresar a la sede, señor? —preguntó el chófer, Manuel, mirándolo por el retrovisor.

Mauricio observó la estatua de Cibeles recortada a lo lejos, blanca y distante como una promesa que ya no le conmovía.

—No, Manuel. Déjame aquí. Deseo caminar un poco.

Manuel dudó, pero el tono de Mauricio no admitía réplica.

—Como usted diga.

Mauricio descendió. El aire olía a asfalto recién mojado y a churros recién hechos. Caminó con la espalda recta, como si el peso de la ciudad le perteneciera. A sus cincuenta y dos años, las primeras canas en su cabello oscuro no le restaban autoridad: se la aumentaban. Sus ojos —un azul poco común, sereno, heredado de su linaje— habían intimidado a juntas directivas enteras.

El semáforo peatonal se puso en verde. Mauricio avanzó con la multitud, calculando mentalmente la reunión del consejo en cuarenta minutos. Fue entonces cuando las divisó.

Cuatro niñas idénticas, arrimadas en una esquina, colocaban ramos hechos a mano en cubos de plástico. Llevaban chaquetas desiguales, claramente de segunda mano, y guantes desgastados que dejaban ver sus manos enrojecidas por el frío. Un cartel apoyado en uno de los cubos decía: “Flores por esperanza. 1 euro.”

Mauricio habría seguido su camino como siempre. Él solía ignorar aquello que le recordaba que el mundo no era un club exclusivo. Pero algo lo detuvo: la delicada línea de sus mandíbulas, la dignidad en la inclinación de sus cabezas… y esa absurda sensación de familiaridad que no lograba explicarse.

Una de las niñas alzó la mirada.

Mauricio contuvo la respiración.

El bullicio de la ciudad se volvió agua, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Aquellos ojos… los ojos de su sangre. El azul exacto de los Delgado. No en un rostro. En cuatro.

La llamada de su móvil lo sobresaltó. Se le resbaló el maletín de la mano.

—Licenciado, el consejo pregunta si llegará con retraso —dijo la voz de su asistente, lejana como si viniera de otro mundo.

—Yo… luego te llamo —murmuró, colgando sin apartar la vista.

La niña que lo había mirado primero dio un paso hacia él y le tendió un pequeño ramo de margaritas y claveles.

—¿Quiere flores, señor? Son bonitas. Cuestan un euro.

La cadencia de esa voz quebró algo dentro de Mauricio. No por su tono infantil, sino por su eco: la misma música que tuvo en otro tiempo la voz de Valeria Morales, su exmujer, antes de que él la echara de su vida.

—¿Quiénes… quiénes sois? —se le escapó.

La niña frunció el ceño, como si la pregunta le resultara extraña.

—Yo soy Lucía. Ellas son Carmen, Isabel y Elena —dijo, señalando a sus hermanas—. Nos llaman “las niñas de las flores”. Así nos conocen.

Elena, la más pequeña, tiró de la manga de Lucía con urgencia.

—Tenemos que irnos. Doña Esperanza se preocupa.

En menos de un minuto, guardaron cubos y ramos con una eficiencia aprendida y desaparecieron entre la gente.

Mauricio se quedó solo, con el maletín en el suelo y un vacío que le ardía en el pecho.

Diez años.

Diez años desde que Valeria lloró frente a él, con una mano sobre el vientre aún plano, repitiendo que era un milagro.

Diez años desde que él, diagnosticado como “estéril” desde la universidad, la acusó de infidelidad y la expulsó de su hogar para proteger el apellido Delgado.

Esa noche, en su ático de Salamanca, Mauricio abrió una caja de cuero que no tocaba desde hacía años. Fotos, tarjetas, recuerdos de cinco años de matrimonio. En la imagen de su boda, Valeria sonreía con ojos verdes y esperanza intacta. Mauricio se vio a sí mismo más joven, capaz aún de una felicidad que ahora le parecía lejana.

Recordó la última discusión con dolorosa claridad.

—Es un milagro, Mauricio —había dicho Valeria, temblando—. Los médicos se equivocaron. Son nuestros bebés.

Y él, frío, elegante, devastador:

—Los especialistas fueron claros. Yo no puedo tener hijos. ¿De quién son, entonces?

Valeria se marchó al día siguiente. Sin nota. Sólo la ausencia y su anillo sobre la mesa.

Mauricio creyó haber ganado. Se aferró a esa versión porque le permitía seguir sin mirar el vacío que se abrió después. Y su hermana, Clara Delgado, reforzó esa historia con una calma perfecta.

“Solo te utilizaba.”
“Ya te lo dije.”
“La familia es lo primero.”

Ahora, cuatro pares de ojos azules le decían que la verdad había sido otra.

Llamó a su jefe de seguridad.

—Gómez… necesito que localices a cuatro niñas. Son idénticas, de nueve años. Y encuentra a Valeria Morales.

La respuesta llegó al día siguiente, como un bofetón.

—Señor… Valeria está en Yeserías. Condena de seis meses por hurto. Lleva cuatro.

A Mauricio se le nubló la vista.

Hurto. Valeria… la mujer que pedía disculpas por tomar la última galleta. La mujer que cantaba mientras arreglaba flores en la mesa de la cocina.

La tarde siguiente, Mauricio siguió a las niñas desde la Gran Vía hacia calles cada vez más humildes. Las vio partir un solo bollo de pan en cuatro trozos iguales en una panadería modesta, como si dividir el hambre fuera rutina. Después entraron en un edificio desgastado con un letrero desvaído:

HOGAR ESPERANZA — Refugio para mujeres y niños.

Doña Esperanza, una mujer mayor de mirada firme, las recibió con abrazos cálidos. Las niñas le entregaron el dinero de las ventas como si le entregaran un tesoro.

Mauricio cruzó la calle y llamó a la puerta.

—Siempre necesitamos voluntarios —dijo doña Esperanza, midiéndolo de arriba abajo. Su ropa “informal” no engañaba del todo—. Y necesitamos hombres que no vengan a jugar a salvadores. ¿Qué sabe hacer?

Mauricio tragó saliva. Sintió, por primera vez en años, vergüenza verdadera.

—Puedo servir comida. Arreglar cosas. Acompañar a las niñas… si me lo permite.

Doña Esperanza no sonrió, pero abrió la puerta.

—Empiece hoy. Y una advertencia: ellas no confían con facilidad.

En la cocina, las cuatrillizas —porque eso eran, lo supo sin que nadie se lo dijera— servían potaje con delantales demasiado grandes. Lucía lo vio primero. Sus ojos se estrecharon con recelo, como si ya supiera que los adultos llegaban y se iban.

—Él es “don Mauro” —anunció doña Esperanza, usando el nombre falso que Mauricio había improvisado—. Vendrá a ayudarnos un tiempo.

Isabel dio unEsa tarde, mientras las niñas corrían hacia los columpios, Mauricio tomó la mano de Valeria y, por primera vez, no sintió el peso de su fortuna, sino la ligereza de una segunda oportunidad.

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