Déjame bailar con tus hijos… ¡y volverán a caminar!7 min de lectura

Dejadme bailar con vuestros hijos y haré que volváis a caminar. La voz de Marina cortó el salón como una cuchilla afilada. Santiago heló la mirada fija en aquella sirvienta sin hogar que acababa de hacer una promesa imposible delante de todos, mientras sus dos hijos, Pablo y Miguel, volvían sus rostros desde las sillas de ruedas con algo que no veía hacía meses. Esperanza.

Santiago sintió el mundo detenerse en aquel instante, como si alguien hubiera apretado un botón invisible que helaba todo a su alrededor, excepto a aquella mujer de uniforme blanco y negro plantada frente a él, con una propuesta que desafiaba toda lógica. Y quiso reír, quiso echarla, quiso decirle que estaba loca y que jamás debía abrir la boca de semejante modo delante de gente importante.

Pero cuando miró a sus hijos y vio los ojos de Pablo y Miguel brillar con algo que no veía desde hacía tanto que ya ni recordaba, algo se anudó dentro de él y, en vez de expulsar a Marina, se quedó inmóvil, completamente quieto, mientras el salón seguía su ritmo con sus conversaciones elegantes y risas contenidas y copas tintineando.

Y se dio cuenta de que nadie más había oído lo que ella dijo. Solo él. Solo los niños. Y eso de algún modo lo hacía todo aún más real, más peligroso, porque significaba que la decisión era solo suya. No tenía público que lo juzgara, no tenía testigos a quienes rendir cuentas después. Era solo un padre ante una elección que no tenía sentido, pero que sus hijos claramente ansiaban que hiciera.

Y Santiago tragó en seco, sintiendo la corbata apretarle el cuello, sintiendo el traje de marca pesar sobre sus hombros como si fuera de plomo, y miró a Marina de nuevo. La miró de verdad y por primera vez desde que ella empezó a trabajar en la casa, reparó en los detalles, en las manos callosas que sostenían la bandeja de plata, en las uñas cortas y limpias, sin esmalte, en los ojos profundos de quien conocía noches en vela, en la postura erguida de quien aprendió a cargar el mundo a cuestas y aun así no doblar la espalda.

Y se preguntó qué vida habría vivido aquella mujer para llegar allí, para estar trabajando en casa de un extraño, sin un hogar al que volver cuando terminara su turno. Y al mismo tiempo, se preguntó qué clase de coraje absurdo se necesitaba para hacer una promesa así delante de alguien que podía destruir su reputación con una llamada.

Y fue Pablo quien rompió el silencio. Papá, por favor. Y la voz del niño salió tan queda, pero tan cargada de anhelo, que Santiago sintió el pecho oprimirse, porque Pablo nunca pedía nada. Pablo era el que todo lo aceptaba, el que sonreía cuando los médicos decían que no había cura, el que consolaba a su hermano cuando Miguel lloraba de frustración por no poder sostener un lápiz.

Y ahora estaba pidiendo y Santiago no tenía la fortaleza emocional para negarse. No después de todo, no después de dos años levantando muros alrededor de su corazón para no sentir el dolor de haber perdido a Clara y no poder salvar a sus propios hijos. Respiró hondo, sintió el aire arder en sus pulmones y asintió con la cabeza, un movimiento casi imperceptible, pero Marina lo vio y su rostro se iluminó con una sonrisa pequeña, pero genuina.

Y ella dejó la bandeja sobre la mesa auxiliar sin hacer ruido. Se limpió las manos en el delantal blanco y caminó hacia las sillas de ruedas de los niños con pasos firmes y decididos. Y Santiago observó cada movimiento como si estuviera viendo algo a cámara lenta. Vio cuando se agachó frente a Miguel y puso sus manos en los reposabrazos de la silla.

Vio cuando miró a los ojos del niño y preguntó en voz baja: “¿Confías en mí?”. Y Miguel asintió sin dudar. Y Marina sonrió de nuevo e hizo entonces algo que Santiago no esperaba. Se quitó los zapatos, se quedó allí descalza en medio del salón con el suelo de mármol frío y explicó, mirando a los dos niños: “Vais a poner los pies sobre los míos y os voy a sostener y vamos a bailar de verdad, no fingir, no hacer como si, sino bailar de veras.

Y vais a sentir el suelo moverse bajo vosotros. Vais a sentir vuestro cuerpo en el espacio. Vais a sentir lo que es estar de pie, aunque sea solo por unos minutos”. Y Miguel y Pablo se miraron el uno al otro con aquella comunicación silenciosa que solo los gemelos tienen. Y luego miraron a su padre y Santiago asintió de nuevo.

Y Marina cogió a Miguel primero, puso sus manos bajo sus axilas con una delicadeza que contrastaba con la firmeza del movimiento, y lo levantó de la silla como si no pesara nada. Y Miguel soltó un suspiro, mitad sorpresa, mitad alivio. Y Marina colocó sus piececitos descalzos sobre los de ella y lo sujetó por la cintura. Y Miguel puso sus manitas temblorosas sobre sus hombros y ella empezó a moverse despacio, solo un suave balanceo de un lado a otro, siguiendo la música clásica que sonaba en el salón.

Y Miguel cerró los ojos y una sonrisa enorme se abrió en su rostro. Y Santiago sintió algo romperse dentro de su pecho, porque hacía tanto que no lo veía sonreír así. Una sonrisa verdadera, sin dolor, sin miedo, solo pura alegría. Y entonces Marina hizo un movimiento que él no esperaba. Mantuvo a Miguel equilibrado con un brazo y extendió el otro a Pablo y dijo: “Ven, tú también”.

Y Pablo no lo pensó dos veces. Extendió los brazos y Marina lo sacó de la silla con la misma delicadeza de antes. Y ahora ella tenía a los dos niños. Miguel a la izquierda y Pablo a la derecha, los cuatro piececitos sobre los suyos y ella los sujetaba a ambos por la cintura. Y ellos la sostenían por los hombros y formaban una suerte de triángulo humano allí en medio del salón.

Y Marina empezó a girar muy despacio, muy suavemente, y la música continuaba. Y los niños reían, reían a carcajadas, aquella risa de niño que Santiago creía enterrada junto a Clara. Y la gente alrededor empezó a darse cuenta. Las conversaciones se fueron deteniendo una a una. Los camareros dejaron de servir, los invitados se volvieron a mirar y todo el salón enmudeció.

Solo la música continuaba y todos asistían a aquella escena imposible de una sirvienta descalza bailando con dos niños que no podían andar. Y Santiago vio a algunas mujeres llevarse las manos al pecho. Vio a algunos hombres enjugar sus ojos discretamente. Vio cómo incluso Mario, su socio, el hombre más duro que conocía, tragó saliva y volvió el rostro para disimular la emoción.

Y Marina seguía girando, y los niños seguían riendo, y el mundo seguía mirando. Y Santiago ya no pudo contenerse. Las lágrimas empezaron a bajar por su rostro, sin pedir permiso, mojando la barba bien cuidada, resbalando por el cuello de la camisa blanca, y no las limpió, no las escondió, solo se quedó allí quieto, viendo a sus hijos vivir un momento que nunca imaginó que podrían tener. Y la música terminó.

Y Marina dejó de girar y devolvió a los niños a sus sillas con el mismo cuidado que antes. Ajustó sus chaquetitas rojas, pasó la mano por el cabello rubio de cada uno y susurró algo que Santiago no oyó, pero que hizo que ambos sonrieran aún más. Y luego se calzó de nuevo, cogió la bandeja que había dejado sobre la mesa y se volvió hacia Santiago.

Y cuando habló, su voz no tenía triunfo, no tenía arrogancia, solo una serenidad extraña. Ya está, han bailado. Ahora te toca a ti. Y Santiago parpadeó confuso. A mí. Y Marina asintió. Dije que haría que volvieras a caminY Santiago, con el corazón latiendo con una fuerza que creía olvidada, extendió su mano hacia ella y juntos, frente a los ojos radiantes de sus hijos, dieron el primer paso de una nueva danza.

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