Desde que mi esposa murió, mi hija no hablaba. Al llegar temprano, la encontré riendo con la nueva empleada. ‘Es una impostora’, advirtió mi ama de llaves. Seguí a la joven hasta un lugar oculto, pero lo que vi allí me dejó sin palabras4 min de lectura

Capítulo 1: El Hilo que se Rompe

La fiesta en la piscina debía ser un cuadro de alegría: solo familia, el sol generoso del verano, el chisporroteo de las hamburguesas en la parrilla y las risas de mis nietos rebotando en el agua. Había pasado la mañana preparando cada detalle, como si montara el escenario para un recuerdo feliz. Fregué el patio hasta que las piedras brillaron, colgué toallas mullidas de colores y llené una hielera azul con los zumitos que tanto le gustaban a Lucía. Mi hijo, Javier, llegó con su mujer, Marta, y sus dos hijos justo cuando el sol estaba en lo alto. Pero desde el instante en que bajaron del coche, sentí que una nota discordante atravesaba la melodía del día.

Mientras su hermano mayor, Adrián, salió disparado hacia la piscina, mi nieta Lucía, de cuatro años, bajó lentamente. Sus hombros pequeños estaban caídos, la cabeza gacha, como si cargara un peso invisible demasiado grande para ella. Apretaba un conejo de peluche desgastado, las orejas desteñidas de tanto ser acariciadas en momentos de angustia.

Me acerqué con su bañador de flamencos en la mano, sintiendo cómo mi sonrisa se volvía frágil. «Cariño», dije, agachándome a su altura, «¿quieres cambiarte? El agua está perfecta hoy».

No levantó la mirada. Sus dedos jugueteaban con un hilo sucio en el borde de su vestido de algodón. «Me duele la tripa…», susurró, con una vocecita apenas audible.

Un dolor familiar se expandió en mi pecho. Alcé la mano para apartarle un mechón rubio de la cara, un gesto que habíamos repetido mil veces. Pero esta vez, ella se encogió. Fue un movimiento pequeño, casi imperceptible, pero me golpeó como un puño. Retrocedió como si esperara un golpe, no una caricia. Ese gesto me sacudió más que cualquier palabra. Lucía siempre había sido cariñosa: la primera en abrazarme, en tirarme de la manga para que le leyera un cuento. Esta versión marchita de mi nieta era una desconocida.

Antes de que pudiera preguntar más, la voz de Javier cortó el aire detrás de mí. «Mamá», dijo, y esa sola palabra sonó afilada, fría, cargada de una orden que no escuchaba desde que fue un adolescente rebelde. «Déjala en paz».

Me giré, frunciendo el ceño. «No la molesto, Javier. Solo quiero saber qué le pasa».

Marta se acercó a su lado, formando un muro de unidad parental. Su sonrisa era forzada, los ojos fríos. «Por favor, no intervengas. Se pone así. Si le hacemos caso, no parará».

¿Ponerse así? Las palabras flotaron en el aire, feas y equivocadas. Miré a Lucía, sus dedos retorciéndose en el regazo, su cuerpecito radiando una tristeza tan profunda que casi se veía. No estaba siendo dramática; se estaba ahogando en algo que yo no alcanzaba a entender.

Intenté mantener la voz calmada. «Solo quiero asegurarme de que está bien».

Javier dio un paso hacia mí, su sombra cayendo sobre mi figura. Bajó la voz a un susurro que no era de consuelo, sino de advertencia. «Está bien. Déjalo. No montes un numerito».

La amenaza implícita quedó suspendida entre nosotros, pero, por Lucía, cedí. Me alejé despacio, sintiendo que la estaba traicionando. Mis ojos, sin embargo, no la perdieron de vista. No se movió. No miró a Adrián saltando en la piscina. Solo se quedó ahí, una isla solitaria en un mar de falsa alegría, una niña que parecía creer que no merecía ser parte del día. Y mientras veía a mi hijo y a su mujer reír con una luz forzada que ahora me parecía grotesca, una pregunta aterradora comenzó a formarse en mi mente.

¿Qué intentaban ocultar con tanto empeño?

Capítulo 2: Una Puerta Entreabierta

La fiesta continuó, una farsa hueca de diversión familiar. El olor a cloro y protector solar se mezclaba con el humo de la parrilla, aromas que siempre asocié a la felicidad. Hoy me revolvían el estómago. Seguí los movimientos: dMientras la puerta se cerró tras la partida de Javier y Marta, abracé a Lucía y a Adrián con la firme promesa de que, esta vez, el amor sería un refugio, no una herida.

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