Elías Vázquez permaneció inmóvil en el centro de la sala del tribunal, con el olor a lejía aún fresco en sus manos y el aroma de los productos de limpieza impregnado en su uniforme azul marino. El silencio en la estancia era tan espeso que casi podía palparse. Todas las miradas —desde los periodistas ávidos de escándalos hasta el juez impaciente— estaban clavadas en él. Sus dedos, curtidos por quince años de fregar suelos de mármol que otros pisaban con zapatos de mil euros, se aferraban con fuerza al palo de la fregona. Era lo único que lo mantenía en pie frente al abismo.
En la mesa de la defensa, Carmen Robles, la empresaria tecnológica cuya fortuna superaba los catorce mil millones de euros, alzó la vista. Sus ojos verdes, habitualmente penetrantes y desafiantes, aparecían ahora nublados por el terror y la incredulidad. Estaba sola. Completamente sola. El equipo legal de Mendoza, Silva & Abogados, esos tiburones que cobraban seis mil euros la hora, simplemente no se había presentado. La habían abandonado a su suerte ante una demanda que amenazaba con destruir su vida y su legado.
—Señora Robles —había dicho la jueza Martínez momentos antes, con una frialdad que helaba la sangre—, si carece de representación legal, me veré obligada a dictar sentencia por defecto.
Fue entonces cuando el tiempo pareció detenerse. Elías, el hombre invisible, el “mobiliario” que vaciaba las papeleras y borraba las huellas de los poderosos, dio un paso al frente. Su voz, grave y temblorosa por una mezcla de miedo y una determinación que creía olvidada, quebró el silencio como un trueno.
—Yo la defenderé.
Una risa burlona y nerviosa recorrió la sala. La fiscal Elena Navarro, con su traje impecable y una sonrisa de superioridad, soltó una carcajada incrédula. Pero Elías no retrocedió. Dejó la fregona apoyada contra el banco, se alisó el uniforme arrugado y avanzó por el pasillo central. No caminaba como un conserje; lo hacía con la porte de alguien que, en otra vida, había dominado ese mismo escenario.
Carmen lo miró, buscando un atisbo de locura, pero solo encontró una dignidad serena y unos ojos castaños profundos que escondían una historia de dolor y supervivencia. Nadie en esa sala, ni la arrogante fiscal, ni la desesperada acusada, ni siquiera el propio Elías, sabía que aquel simple acto de valentía estaba a punto de desenterrar una de las conspiraciones corporativas más oscuras y peligrosas de la historia moderna. Lo que parecía un simple juicio por robo de propiedad intelectual era, en realidad, la punta del iceberg de una maquinaria dispuesta a matar para proteger sus intereses.
Elías sentía el peso de las miradas en su nuca. Sabía que al traspasar esa barandilla no solo desafiaba al tribunal, sino que se ponía una diana en la espalda y en la de su hija. Pero al mirar a Carmen, vio el mismo miedo que él había sentido quince años atrás, cuando el sistema lo trituró y lo escupió. Y supo que no podía permanecer callado.
Sin embargo, mientras el juez examinaba con escepticismo su vieja licencia de abogado, sacada de una cartera desgastada, Elías sintió un escalofrío. No era solo nerviosismo. Era un presentimiento. Algo en la ausencia de los abogados de Carmen, algo en la presunción de victoria de la fiscalía, olía a podredumbre. Estaba a punto de entrar en la boca del lobo, y el lobo ya había enseñado los dientes.
—Señor Vázquez —dijo la jueza Martínez, observando la tarjeta descolorida que acreditaba que Elías había sido miembro del Colegio de Abogados de Madrid durante dieciocho años—. Hace quince años que no ejerce. ¿Cree realmente que está capacitado para este caso?
—Señoría —respondió Elías con voz firme—, conozco la ley. Conozco el procedimiento. Y, sobre todo, sé lo que es la justicia. Esta mujer merece una defensa, y si sus abogados de “clase mundial” no tienen la decencia de presentarse, entonces lo hará el conserje.
Carmen se puso de pie. En ese instante, la diferencia de clases, los miles de millones de euros y el estatus social se desvanecieron. Solo quedaban dos seres humanos acorralados. —Acepto, Señoría —dijo ella, con la voz quebrada pero decidida—. Acepto al señor Vázquez como mi abogado.
La jueza concedió un receso de quince minutos. Quince minutos para preparar la defensa del caso tecnológico más complejo de la década.
Cuando se sentaron en la mesa de la defensa, separados del resto por una barrera invisible de murmullos y prejuicios, Elías fue directo al grano. —No tenemos tiempo para formalidades, señorita Robles. Sus abogados no simplemente “no han venido”. Esto está orquestado. Alguien les pagó para que perdieran, o para que no se presentaran. Necesito la verdad. No la versión de prensa, no la versión para los accionistas. La verdad.
Carmen, que había pasado los últimos tres meses rodeada de asesores que solo le decían lo que quería oír, se sintió desarmada por la honestidad brutal de aquel hombre. Le contó sobre su tecnología: un procesador cuántico que funcionaba a temperatura ambiente. No era solo una mejora informática; era una revolución energética capaz de cambiar el mundo. Y le contó sobre Nexus Innovaciones, la empresa pantalla que la acusaba de robo.
El juicio se reanudó. La fiscal Navarro se paseaba por la sala como si ya fuera la dueña del veredicto, presentando a su testigo estrella, el Dr. Ignacio Bravo, un académico que juraba haber escrito el código original que Carmen supuestamente había robado.
Elías se levantó para el contrainterrogatorio. No llevaba un traje de diseño, sino su uniforme de trabajo. No tenía un equipo de asistentes pasándole notas. Solo tenía su instinto, afilado por años de observación silenciosa desde las sombras. —Dr. Bravo —comenzó Elías suavemente—, usted afirma que desarrolló los algoritmos centrales entre enero y marzo de 2021, ¿correcto? —Es correcto —respondió el testigo con arrogancia. Elías sacó un papel arrugado de la pila de documentos que Carmen le había entregado. —Curioso. Porque aquí tengo su contrato de trabajo con Nexus. Indica que su fecha de incorporación fue el 21 de abril de 2021. Un murmullo recorrió la sala. El Dr. Bravo palideció. —Y aquí —continuó Elías, alzando otro documento—, están los registros del servidor que muestran que el código fue finalizado el 15 de marzo. ¿Podría explicarle al jurado cómo escribió un código para una empresa en la que aún no trabajaba?
La fiscal Navarro saltó de su asiento gritando “¡Protesto!”, pero el daño estaba hecho. Elías no se detuvo ahí. Con la precisión de un cirujano, desmanteló el testimonio, revelando una transferencia sospechosa de 300.000 euros a la cuenta de Bravo días antes del juicio. Esa noche, el “abogado conserje” era la noticia principal en toda España. Pero la verdadera batalla se libraba lejos de las cámaras.
Elías, aún con la adrenalina del juicio, se reunió con Carmen y su hija Lucía en una pequeña cafetería en Vallecas. Lucía, una joven brillante de veinte años experta en marketing digital, había estado investigando por su cuenta. —Papá, Carmen… esto es mucho más grande que una patente —dijo Lucía, girando su portátil para mostrarles un organigrama complejo—. Nexus es una empresa pantalla. Si sigues el dinero a través de paraísos fiscales, llegas a un solo dueño: Energía Atlántica.
El rostro de Elías se transformó en una máscara de dolor y furia. EnergAtlántica. La misma corporación que, quince años atrás, había destruido su carrera y su reputación cuando él intentó denunciar sus violaciones de seguridad.





