El conmovedor abrazo del niño a su perro antes de la cirugía: un giro inesperado que dejó a todos impactados

En aquel pequeño hospital de Madrid, el silencio llenaba la habitación. Un niño de cinco años, llamado Pablo Gutiérrez, estaba tumbado en la cama con las sábanas impecables. Sus ojos, enormes y cansados, reflejaban el miedo. Los médicos le habían dicho a sus padres, los señores Gutiérrez, que aquella operación era su última esperanza.

Las enfermeras lo preparaban para la anestesia cuando, de repente, el niño susurró con voz temblorosa:

—¿Puede venir Lola conmigo?

—¿Quién es Lola, cariño? —preguntó sorprendida una de las enfermeras.

—Mi perrita. La echo mucho de menos. Por favor… —Los labios del niño temblaban.

—Cielo, sabes que no se permiten animales en el hospital. Estás muy débil, comprende… —trató de explicarle.

Pablo giró la cabeza, y unas lágrimas asomaron en sus ojos:

—Pero… puede que nunca más la vuelva a ver.

Esas palabras partieron el corazón de la enfermera. Miró a sus compañeras y, contra todo protocolo, asintió:

—Vale. Solo un momento.

Una hora después, los padres llegaron con Lola, una mezcla de podenco llena de energía. Al ver a Pablo, la perra corrió hacia la cama, saltó y se acurrucó contra él. El niño, por primera vez en semanas, sonrió y la abrazó con fuerza.

Médicos y enfermeras observaban con los ojos brillantes. La amistad entre Pablo y Lola era más fuerte que el miedo.

Pero de pronto, Lola se puso rígida. Su pelaje se erizó, saltó de la cama y se lanzó hacia un rincón. Allí estaba el cirujano, el Dr. Méndez, que iba a operar al niño. La perra empezó a ladrar con tal furia que parecía a punto de atacar.

—¡Saquen a este animal de aquí! —gritó el médico, retrocediendo.

Los demás intentaron calmar a Lola, pero entonces, el anestesista, el Dr. Ruiz, notó algo raro en el cirujano. Algo en su aliento… Un olor fuerte, inconfundible: alcohol.

—Dios mío… —murmuró el anestesista, mirando al Dr. Méndez—. ¿Estás borracho?

El silencio se hizo sepulcral. Los padres palidecieron, las enfermeras se miraron horrorizadas. Lola seguía gruñendo, como protegiendo a su dueño.

En minutos, la verdad salió a la luz: el cirujano había llegado bebido. Lo suspendieron al instante y le retiraron la licencia.

La operación se pospuso y otro médico la realizó días después, con éxito.

Todos decían después que LolaNo era solo una mascota, sino un ángel peludo que salvó la vida de Pablo.

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