El día que el magnate siguió al hijo de la empleadaSu viaje lo llevó a una humilde casa, donde descubrió que el niño usaba el dinero para alimentar a decenas de animales callejeros.6 min de lectura

El millonario decide seguir al hijo de la asistenta y descubre una verdad que le rompe el alma.

Arturo Mendoza tenía cuarenta y cinco años, el cabello engominado hacia atrás y una seriedad perpetua en el rostro. Vivía solo en una mansión al sur de Madrid, con ventanales inmensos, muebles de diseño y una piscina olvidada. Era propietario de una firma de arquitectura con más de doscientos empleados. Poseía tres coches de lujo, dos relojes de oro y una existencia que, vista desde fuera, parecía impecable. Pero la verdad era que Arturo no tenía a nadie. A veces se quedaba contemplando su cena sin apetito, pensando que nada le provocaba ya ilusión. Lo había logrado todo, pero ya no sentía nada.

Cada mañana la rutina se repetía. Se despertaba a las seis, tomaba un café solo, revisaba sus correos y bajaba al comedor donde el personal de cocina le tenía el desayuno preparado. Casi no hablaba; un leve gesto con la cabeza si algo estaba bien, el ceño ligeramente fruncido si algo le disgustaba. Entre el servicio que trabajaba en su casa estaba una mujer que llevaba tres años a cargo de la limpieza. Se llamaba Lucía, aunque todos la llamaban Lucy. Tenía treinta y ocho años. Llegaba siempre con el pelo recogido, la ropa limpia pero desgastada, y una expresión serena pero amable. Nunca hablaba más de lo necesario. Cumplía con su trabajo con eficacia y discreción.

Lucy tenía un hijo de dieciocho años que cada día venía a recogerla a las tres de la tarde. Se llamaba Javier, un chico delgado, de tez morena clara, mirada tranquila y una mochila gastada al hombro. Casi nadie reparaba en él. Entraba por la puerta de servicio, saludaba en voz baja a los empleados y se sentaba a esperar a su madre en la zona de personal. A veces ayudaba a barrer el patio o a ordenar las bolsas de reciclaje. Nunca pedía nada, siempre esperaba con paciencia.

Un día, mientras Arturo bajaba la escalera principal hablando por teléfono, lo vio. Javier guardaba varios tuppers en su mochila, ayudando a su madre. Eran cinco. Lucy le hablaba en voz baja pero firme. Le decía que cerrara bien la mochila, que no se fueran a derramar. Él asintió. Cuando Lucy terminó su turno, salieron juntos. Arturo no dijo nada, pero la imagen se le quedó grabada.

Pasaron los días y el señor comenzó a notar que, siempre a la misma hora, Lucy apartaba con cuidado la comida que sobraba del almuerzo del personal y la suya propia. Lo hacía sin desperdiciar, sin coger nada que no fuera sobrante. Luego la metía en la mochila de su hijo. Nadie decía nada, pero Arturo lo veía, y le producía una curiosidad intensa.

Una tarde cualquiera, Arturo tuvo una reunión cancelada y no supo qué hacer con el tiempo libre. Asomado a la ventana, vio a Javier saliendo de la casa con su mochila. Algo en él le picó la curiosidad. Sin saber muy bien por qué, bajó al garaje, subió a su todoterreno y comenzó a seguirlo. Manteniendo la distancia, observó cómo Javier caminaba tranquilo, sin mirar atrás. Avanzaba por la acera con paso seguro, como quien conoce bien el camino. Doblo en una esquina, cruzó una avenida y entró en una zona más humilde de la ciudad. Arturo redujo la velocidad y lo siguió hasta que el joven se detuvo bajo un puente. Había unas seis personas allí sentadas en el suelo, con mantas, bolsas de plástico y botellas de agua.

Lo que ocurrió después lo dejó sin aliento. Javier sacó de su mochila los cinco tuppers, uno a uno, y se los fue entregando a aquellas personas. No era una entrega cualquiera. Se agachaba, los miraba a los ojos, les preguntaba cómo estaban. Uno de los hombres se levantó y le dio un abrazo. Una mujer le acarició la mejilla. Un chico de su edad le ofreció su único refresco. Javier sonreía. Se notaba que no era la primera vez. Arturo observaba desde su coche. Nunca había visto algo así de cerca. No era un acto de caridad, era algo distinto. Había respeto, había costumbre, había cariño. Javier no buscaba aplausos, no llevaba móvil, no grababa nada; solo estaba allí, como parte de su día.

Esa noche, Arturo no pudo dormir. Pensó en su propia juventud, en cómo todo lo que tenía se lo había ganado con esfuerzo, sí, pero también con cierta dureza. Siempre creyó que la vida era competir, ascender, ganar. Pero aquel chico con su mochila raída había hecho más por seis personas en veinte minutos de lo que él había hecho en años.

Al día siguiente, repitió la jugada. Lo siguió de nuevo, mismo camino, mismo puente, mismos tuppers. Y otra vez aquella entrega, sin prisa, sin espectáculo, con el mismo respeto. Durante la semana, Arturo no dijo ni una palabra sobre lo visto. Solo se quedaba más tiempo en casa para poder salir a la hora exacta en que Javier se marchaba. Cada día se convencía más de que no era casualidad. Aquel joven no lo hacía por obligación. Lo hacía porque quería.

Un viernes por la tarde, estando en el despacho de su casa, Arturo llamó a uno de sus asistentes y le pidió el expediente completo de Lucy. No por cotilleo, sino porque necesitaba entender quién era aquella mujer que había criado a Javier. Al revisar los papeles, supo que era viuda desde hacía más de quince años, que nunca había faltado al trabajo, que siempre llegaba puntual, que nunca había pedido un adelanto. Vivía en un piso pequeño en un barrio modesto. Había cambiado tres veces de empleo antes de llegar a su casa y en todos la describían como trabajadora, discreta y formal.

Cerró la carpeta sin decir nada. Bajó a la cocina, sirvió agua en un vaso, se apoyó en la encimera y se quedó mirando la puerta por donde cada día salían Lucy y su hijo. Algo se removió dentro de él, algo que no sabía nombrar. No era lástima, era otra cosa. Curiosidad, admiración, o quizá una mezcla rara de emociones que hacía mucho no sentía.

El sábado por la mañana se despertó antes de lo habitual. El sol entraba a raudales por la ventana. Bajó a desayunar como cada día. Pero esta vez, cuando Lucy entró a limpiar el comedor, él alzó la mirada. La observó con atención. Ella no se percató. Siguió limpiando como siempre, como si nada estuviera cambiando. Pero algo sí cambiaba.

Eran las tres de la tarde y el sol caía implacable sobre el patio trasero. Lucy acababa de salir de la cocina con su delantal plegado en la mano. Javier ya la esperaba junto a la puerta de servicio. Tenía la mochila abierta y se notaba que intercambiaban unas palabras rápidas, como cada día. Ella metió con cuidado los cinco tuppers, los acomodó para que no volcasen y luego puso encima una servilleta doblada sujeta con una goma.

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