La torre de champán brillaba bajo el cielo de Madrid. Doscientos empleados abarrotaban la sala de conferencias del piso cuarenta, riendo, bailando, celebrando otro año récord.
Carmen empujaba su carrito de limpieza entre la multitud, recogiendo copas vacías en su cubo gris. Lo había hecho cada Navidad desde hacía seis meses. Antes de eso, durante treinta años como la esposa del fundador.
—Disculpe —dijo suavemente, alargando la mano hacia una copa en la mesa ejecutiva.
Marcos no se movió. El nuevo director general se recostaba en su sillón de cuero, con un traje de diseñador que probablemente valía más de lo que Carmen ganaba en un mes. O eso creían todos.
—¿Sigues aquí? —preguntó Marcos en voz alta. Las conversaciones alrededor cesaron—. Pensé que había pedido a RRHH que solucionara esto antes de la fiesta.
Carmen se irguió. —¿Solucionar qué, señor?
—Estás despedida. Efectivo inmediato. —Sonrió ante las caras horrorizadas—. Lastre muerto. Recortamos gastos en el nuevo año, empezando por los puestos innecesarios.
Lucía, de contabilidad, contuvo el aliento. —Marcos, es Nochebuena…
—Esto se llama negocios, Lucía. A lo mejor eres la siguiente si no te gusta. —Se volvió hacia Carmen—. Tienes cinco minutos para recoger tus cosas. Seguridad te acompañará.
Carmen dejó sus utensilios de limpieza. Sus manos no temblaban. —¿Puedo saber por qué soy innecesaria?
—Porque puedo contratar a alguien de la mitad de tu edad por la mitad del sueldo. Eres lenta, vieja, y francamente… —miró su uniforme— das pena.
Alguien al fondo comenzó a llorar. Javier, del departamento legal, dio un paso al frente. —Esto está mal…
—Siéntate, Javier, a menos que quieras perder tu bonus. —Marcos sacó el móvil—. Todos, vuelvan a la fiesta. El espectáculo ha terminado.
Pero Carmen no se movió. Metió la mano en el bolsillo del delantal. No buscando pañuelos. Buscando su iPhone.
—¿Qué es eso? —se burló Marcos—. ¿Vas a llamar a tu sindicato? Aquí no hay sindicatos, cariño.
—No. —La voz de Carmen era firme ahora. Clara. Distinta—. Voy a enseñarte algo.
Mostró la pantalla: un vídeo de Marcos en su despacho tres semanas antes, transfiriendo fondos de la empresa a su cuenta personal. El audio era cristalino.
La cara de Marcos se volvió lívida. —¿De dónde has sacado eso?
—De la cámara en el detector de humos que nunca notaste. —Deslizó el dedo. Otro vídeo. Marcos prometiendo despedir a una víctima de acoso si hablaba. Otro. Marcos ordenando falsificar los informes trimestrales. Y otro. Marcos aceptando sobornos.
El silencio de la sala solo lo rompían los vídeos.
—Verás, Marcos, llevo seis meses documentándolo todo. —Carmen se quitó el delantal. Debajo: un traje negro impecable. Perlas en el cuello—. Desde que llegaste a esta empresa y empezaste a destruir lo que mi marido construyó.
Los ojos de Javier se abrieron. —Espera… ¿Carmen… como Carmen Gutiérrez?
—Gutiérrez-Delgado, en realidad. —Dejó el delantal en la mesa—. Mi difunto esposo, Antonio Gutiérrez, fundó esta empresa hace cuarenta años. Cuando falleció el año pasado, heredé sus acciones mayoritarias. El cincuenta y uno por ciento.
Un murmullo de asombro recorrió la sala.
Marcos se levantó, derribando la silla. —¡Eso es imposible! La viuda se llamaba…
—Carmen Gutiérrez. Volví a usar mi apellido de soltera, Delgado, cuando solicité el puesto de limpieza. Quería ver cómo funcionaba realmente la empresa de mi marido. —Miró a los empleados, muchos llorando—. Quería ver cómo os trataban.
Lucía fue la primera en aplaudir. Luego Javier. Luego toda la sala estalló en ovaciones.
Marcos intentó arrebatarle el móvil. —¡No puedes… esas grabaciones son ilegales…!
—España es un país con consentimiento de una sola parte. Y yo di mi consentimiento. —Carmen retiró el móvil—. Pero tienes razón en algo. Hay alguien que quiere hablar contigo.
Asintió hacia atrás.
Dos hombres con trajes oscuros avanzaron, mostrando sus placas. —Marcos Suárez? Policía Nacional. Está arrestado por fraude, malversación y corrupción empresarial.
Marcos retrocedió. —¡Esto es una locura! ¡Yo soy el director general!
—Ya no. —Carmen cogió una carpeta de la mesa—una que había dejado allí horas antes, disfrazada de papeles de limpieza. Mostró la carta de despido, firmada por el consejo—. La reunión de emergencia fue esta mañana. Votaron por unanimidad. Estás despedido, Marcos. Efectivo inmediato.
—¡No puedes hacer esto! —gritó Marcos mientras lo esposaban—. ¡Te demandaré! ¡Yo…!
—Estarás en prisión. —La voz de Carmen era hielo—. La policía lo tiene todo. Las grabaciones, las transferencias, los informes falsificados. Mi abogado lo entregó hace una semana.
Mientras seguridad lo llevaba al ascensor, la sala estalló en aplausos lentos que se convirtieron en una ovación atronadora.
Carmen miró a sus empleados—los empleados de su marido. Las personas que él había cuidado. Las personas que ella había protegido.
—Perdón por el engaño —dijo—. Pero necesitaba ver la verdad. Y necesitaba pruebas que valieran en un juicio.
Javier se secó las lágrimas. —No tiene nada que disculpar, señora Gutiérrez. Nos ha salvado.
—¿Y ahora qué? —preguntó Lucía.
Carmen sonrió—una sonrisa real, la primera en meses. —¿Ahora? Asciendo a Elena Méndez como directora general. Lleva con nosotros veinte años, es brillante y realmente le importa esta empresa. —Miró a su alrededor—. Y todos en esta sala recibirán un aumento del diez por ciento, efectivo en enero. Además de los bonus completos. Los de verdad, no los recortados por Marcos.
La sala estalló en vítores.
—En cuanto a mí —continuó Carmen—, volveré al consejo de administración, donde pertenezco. Y trabajaré con Elena para honrar el legado de mi marido. Sueldos justos. Prácticas éticas. Respeto para todos, desde la dirección hasta… —cogió su delantal— el personal de limpieza.
Lo dobló con cuidado. —Hablando de eso, contrataremos a tres nuevos conserjes. La carga era demasiado para una persona. Lo sé porque yo la hice.
Las risas eran cálidas, aliviadas.
—Feliz Navidad a todos —dijo Carmen suavemente—. Antonio estaría orgulloso. Yo lo estoy.
Mientras la fiesta continuaba—más animada, más alegre—Lucía se acercó con una copa. —Señora Gutiérrez… esta es para usted.
Carmen la aceptó. A través de los ventanales, la ciudad brillaba bajo la nieve. En algún lugar, Marcos iba camino de una celda. Aquí arriba, los que casi lo perdían todo celebraban su segunda oportunidad.
Alzó la copa. —Por Antonio. Y por la justicia.
Todos respondieron. —¡Por la justicia!
Carmen bebió un sorbo y dejó la copa. Tenía trabajo que hacer. Pero ahora, por un momento, lo sintió.
Victoria.
La empresa de su marido estaba a salvo. La corrupción, expuesta. La gente buena conservaba sus empleos. El maloY mientras conducía bajo la suave luz de las farolas, sintió por primera vez en años que la paz, al fin, volvía a su vida.





