La primera vez que llegó el paquete, Daniel tenía seis años y aún no entendía del todo qué significaba la palabra “ausencia”.
Su madre había fallecido apenas tres meses atrás. La casa aún olía a ella: a jabón de lavanda, a café recién hecho por las mañanas, a ese calor cansado que dejan las personas que luchan sin quejarse.
Su tía Laura, que ahora lo cuidaba, intentaba mantenerlo todo en orden. Demasiado orden, quizás. Todo estaba siempre limpio, la comida servida a su hora, la televisión puesta para llenar el vacío. Pero había algo que nadie podía arreglar: el hueco que había dejado su madre.
Aquel martes llamaron a la puerta a las cuatro de la tarde.
—¿Esperas a alguien? —preguntó Daniel desde la mesa, con los deberes de matemáticas abiertos.
—No —contestó su tía, secándose las manos en el delantal.
Al abrir, no había nadie. Solo una caja pequeña, perfectamente envuelta en papel marrón, sin remitente.
—Qué extraño… —murmuró ella.
Daniel se acercó curioso. Arriba, escrito a mano, había una sola frase:
“Para Daniel. Ábrelo hoy.”
Dentro encontraron una mochila nueva.
No era una cualquiera. Era resistente, azul marino, con muchos bolsillos. Justo el tipo de mochila que la profesora había pedido esa misma semana porque la suya estaba rota y no tenían dinero para otra.
—¿Quién la habrá enviado? —preguntó Daniel.
Su tía negó con la cabeza.
—No lo sé, cariño.
Pensaron que sería algún conocido de su madre. Alguien que no quería dar la cara. Alguien que quería ayudar.
Pero no volvieron a saber nada.
Hasta el año siguiente.
Daniel casi había olvidado aquel paquete cuando, justo el mismo día, exactamente un año después, volvieron a tocar.
Esta vez fue él quien abrió.
Otra caja.
Otra vez sin remitente.
La misma letra:
“Para Daniel. Ábrelo hoy.”
Dentro había unas zapatillas de deporte nuevas.
Eran de su talla.
Y no solo eso: eran las que llevaba semanas mirando en el escaparate de una tienda, las que sabía que no podía pedir porque su tía ya hacía suficiente por él.
—Esto ya no es casualidad —dijo Laura en voz baja.
Daniel tampoco lo creía.
Alguien sabía.
Alguien lo estaba viendo.
Pero no de una manera que diera miedo… sino de una manera que lo cuidaba.
Con el paso de los años, los paquetes siguieron llegando.
Siempre una vez al año.
Siempre el mismo día.
Siempre sin firmar.
A los ocho años fue un diccionario ilustrado, justo cuando empezaba a tener dificultades con la lectura.
A los nueve, un abrigo grueso que necesitaba más de lo que quería reconocer.
A los diez, un balón de fútbol cuando había decidido apuntarse al equipo del colegio, aunque no se lo había contado a nadie.
Cada regalo parecía responder a algo que ni siquiera había dicho en voz alta.
Era como si alguien escuchara sus pensamientos.
—¿Y si es un ángel? —le dijo una vez una compañera de clase.
Daniel se rio, pero en el fondo no sabía qué pensar.
Nunca hubo una carta que lo explicara.
Nunca una llamada.
Nadie vino nunca a buscar agradecimientos.
Solo los regalos.
Siempre oportunos.
Siempre en silencio.
Cuando cumplió doce años, empezó a hacer preguntas más serias.
—Tía… ¿mi mamá ayudaba mucho a la gente?
Laura lo miró por encima de las gafas.
—Sí. Muchísimo.
—¿Tanto como para que alguien haga esto por mí?
Laura tardó en responder.
—Tu mamá era de esas personas que no preguntaban si podían ayudar. Simplemente lo hacían.
—¿Y salvó a alguien?
La mujer suspiró.
—Daniel… tu mamá nunca hablaba de eso. Decía que cuando uno hace algo bueno, no hace falta contarlo.
Esa respuesta, lejos de calmarlo, despertó algo en su interior.
Una sensación de historia a medio contar.
A los quince años, el regalo fue diferente.
No era ropa.
Ni objetos.
Era un sobre.
Dentro había dinero suficiente para pagar un curso que él quería hacer… pero que nunca había mencionado en casa porque sabía que no podían permitírselo.
Esa noche no pudo dormir.
Ya no se trataba solo de ayuda.
Se trataba de alguien que lo conocía.
Que lo había acompañado toda su vida sin dejarse ver.
—Quiero saber quién es —dijo al día siguiente.
—¿Y si esa persona no quiere que lo sepas? —preguntó Laura.
Daniel respondió sin dudar:
—Pero yo sí necesito saber.
Desde entonces empezó a guardarlo todo.
Cajas.
Papeles.
Fechas.
La forma de la letra.
El tipo de cinta adhesiva.
El papel.
Todo.
Se volvió casi una obsesión callada.
No por desconfianza.
Sino porque sentía que detrás de aquellos regalos había algo más grande que él.
Algo que tenía que ver con su madre.
El último paquete llegó cuando cumplió dieciocho años.
Era más pesado que los anteriores.
Dentro había un reloj.
Elegante.
Sencillo.
De esos que no pasan de moda.
Y esta vez sí había una nota más larga.
“Tu madre decía que el tiempo es lo único que no vuelve.
Úsalo para vivir como ella vivió.”
Daniel sintió un nudo en la garganta.
Por primera vez, había una pista de verdad.
Esa frase…
No era cualquiera.
Era algo que su madre decía siempre.
Demasiado a menudo.
Esa misma tarde tomó una decisión.
No iba a recibir otro regalo sin conocer la historia.
Revisó de nuevo cada detalle.
Cada envío se había hecho desde distintos puntos de la ciudad, siempre pagado en efectivo.
Pero el último paquete tenía algo distinto.
Un pequeño error.
Un matasellos mal puesto que dejaba ver parte de una dirección.
No completa.
Pero suficiente.
Tardó tres días en reunir el valor para ir.
El lugar estaba en un barrio antiguo, de calles estrechas y casas con verjas de hierro. Nada que ver con el mundo ordenado en el que él había crecido tras la muerte de su madre.
Se quedó plantado frente a una puerta verde.
No parecía la puerta de alguien misterioso.
Parecía la puerta de alguien normal.
Demasiado normal para haber estado presente en toda su vida sin que él lo supiera.
Llamó.
Tardaron en abrir.
Cuando lo hicieron, apareció un hombre mayor, de pelo cano y manos marcadas por el tiempo.
Lo miró en silencio.
Luego bajó la vista al reloj que Daniel llevaba en la muñeca.
Y cerró los ojos.
Como si hubiera estado esperando ese momento durante años.
—Sabía que acabarías viniendo —dijo por fin.
Daniel sintió el latido del corazón en los oídos.
—¿Usted… envió los regalos?
El hombre asintió.
No sonrió.
No parecía orgulloso.
Parecía… aliviado.
—Yo no te ayudé a ti —dijo con calma—. Le cumplí una promesa a tu madre.
Daniel no acertaba a hablar.
—Hace muchos años —continuó el hombre— yo no era buena persona. Me metí en problemas. Muy graves. Una noche… acabé herido, solo, convencido de que nadie me ayudaría.
Hizo una pausa.
—Tu madre fue la única que se paró.
Daniel notó que el aire cambiaba.
—No preguntó quién era. No preguntó qué había hecho. Solo me llevó a un hospital… y se quedó hasta que estuve fuera de peligro.
—¿Y después? —susurró Daniel.
—Después se fue. No quiso que le pagara nada. Solo dijo una cosa…
El hombre lo miró a los ojos.
—“Si algún día quieres devolvérmelo, haz algo bueno por alguien más. Pero de verdad.”
Daniel sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
—Años después supe que había muerto… y que había dejado un hijo.
El hombre respiró hondo.
—Entonces entendí que mi oportunidad noY así, comprendió que el verdadero regalo nunca fue lo que venía en las cajas, sino la certeza de que el amor perdura más que la vida misma.





