El niño en el andén: El pasado llama a la puerta 25 años después5 min de lectura

Encontré un bebé en las vías del tren y la crié como mi propia hija. Veinticinco años después, el pasado llamó a mi puerta.

*«Espera, ¿qué fue eso?»*

Me detuve bruscamente camino a la estación al escuchar un sonido apenas perceptible que rompió el silencio. El viento gélido de febrero azotaba los faldones de mi abrigo, golpeaba mi rostro y me trajo un llanto débil pero insistente, casi ahogado por el aullido de la ventisca.

El sonido venía de las vías. Me giré hacia la antigua caseta abandonada del guardavía, apenas visible bajo la nieve. Junto a los raíles yacía un bulto oscuro.

Me acerqué con cautela. En una manta gastada y sucia estaba envuelta una figurita diminuta. Por fuera sobresalía una manita enrojecida por el frío.

*«Dios mío»*, escapó de mis labios mientras el corazón me latía desbocado.

Me arrodillé y la levanté. Una bebé. Una niña. No tendría ni un año, quizá menos. Sus labios estaban azules. Su llanto era tan débil, como si ya no le quedaran fuerzas ni para temer.

La apreté contra mi pecho, abrí mi abrigo para darle calor y corrí con todas mis fuerzas al pueblo. A nuestra única enfermera, Teresa Jiménez.

*«Lucía, ¿qué pasa?»* Teresa vio el bulto en mis brazos y contuvo un grito.

*«La encontré en las vías. Estaba casi congelada»*.

La enfermera tomó a la niña con cuidado y la examinó. *«Hipotermia, pero está viva. Gracias a Dios»*.

*«Hay que llamar a la policía»*, añadió, alcanzando el teléfono.

La detuve. *«La mandarán a un orfanato. No sobrevivirá a ese viaje»*.

Teresa vaciló, luego abrió un armario. *«Toma. Me quedó leche en polvo de la última visita de mi nieta. Sirve de momento. Pero, Lucía… ¿qué estás pensando?»*.

Miré el rostro pequeño pegado a mi suéter, su aliento cálido en mi piel. Había dejado de llorar.

*«La criaré yo»*, dije en voz baja. *«No hay otra opción»*.

Los cotilleos empezaron casi de inmediato.

*«Tiene treinta y cinco años, soltera, vive sola y ahora recoge niños abandonados»*.

Que hablen. Nunca me importaron los chismes. Con ayuda de conocidos en el ayuntamiento, tramité los papeles. No aparecieron familiares. Nadie buscaba a una niña desaparecida.

La llamé Alba.

El primer año fue el más difícil. Noches en vela. Fiebres. Los dientes. La mecí, la consolé, le canté nanas que apenas recordaba de mi infancia.

*«¡Mamá!»* dijo una mañana, a los diez meses, estirando sus manitas hacia mí.

Las lágrimas rodaron por mis mejillas. Después de tantos años sola, solo yo y mi pequeña casa… ahora era la madre de alguien.

A los dos años era un torbellino. Perseguía al gato. Tiraba de las cortinas. Hacía un millón de preguntas. A los tres, conocía todas las letras de los libros. A los cuatro, inventaba historias enteras.

*«Es una niña prodigio»*, decía mi vecina Carmen, meneando la cabeza. *«No sé cómo lo haces»*.

*«No soy yo»*, sonreía. *«Que brille como pueda»*.

A los cinco años, organicé viajes para llevarla a la guardería del pueblo vecino. Las cuidadoras no daban crédito.

*«Lee mejor que niños de siete años»*, me decían.

Cuando empezó la escuela, lucía largas trenzas castañas con cintas. Yo se las hacía cada mañana. No falté a ninguna reunión de padres. Los profesores la alababan sin parar.

*«Lucía»*, me dijo una maestra, *«Alba es la alumna que todos deseamos. Tiene un gran futuro»*.

Mi corazón se llenaba de orgullo. Mi hija.

Creció en una joven hermosa y elegante. Delgada, segura, con ojos azules llenos de determinación. Ganaba olimpiadas de lengua, matemáticas, hasta concursos científicos regionales. Todo el pueblo conocía su nombre.

Una noche, en segundo de bachillerato, me dijo: *«Mamá, quiero ser médico»*.

Parpadeé. *«Qué maravilla, cariño. Pero ¿cómo pagaremos la universidad? ¿La vida en la ciudad? ¿El alquiler?»*

*«Conseguiré una beca»*, sus ojos ardían. *«Encontraré la manera. Te lo prometo»*.

Y lo hizo.

Cuando llegó la carta de admisión a medicina, lloré dos días. Lágrimas de alegría y miedo. Por primera vez, se iba lejos de mí.

*«No llores, mamá»*, me apretó la mano en la estación. *«Vendré todos los fines de semana»*.

Claro que no fue así. La ciudad se la tragó. Clases, prácticas, exámenes. Primero venía una vez al mes. Luego, cada dos o tres. Pero llamaba cada noche, sin falta.

*«¡Mamá! ¡Saqué un sobresaliente en anatomía!»*

*«¡Mamá! Hoy ayudé en un parto en prácticas»*.

Yo sonreía cada vez al escuchar sus historias.

En tercero, noté inquietud en su voz.

*«He conocido a alguien»*, dijo tímidamente.

Se llamaba Javier. Compañero de clase. Vino con ella en Navidad: alto, educado, de ojos bondadosos y voz tranquila. Agradeció la comida y hasta ayudó a recoger la mesa.

*«Buena pareja»*, susurré a Alba en la cocina.

*«¿De verdad?»* Ella brillaba. *«Y no te preocupes, los estudios van bien»*.

Tras graduarse, comenzó la residencia. Pediatría, por supuesto.

*«Tú me salvaste una vez»*, dijo. *«Ahora quiero salvar a otros niños»*.

Visitaba menos. Lo entendía. Tenía su propia vida. Pero guardaba cada foto, cada historia de sus pacientes.

Hasta que un jueves, sonó el teléfono.

*«Mamá, ¿puedo ir mañana? Necesito hablar»*. Su voz era baja. Tensa.

El corazón me dio un vuelco. *«Claro, cariño. ¿Todo bien?»*

Al día siguiente llegó sola. Sin sonrisa, sin brillo en la mirada.

*«¿Qué pasa?»* La abracé.

Se sentó, juntó las manos. *«Vinieron dos personas al hospital. Un hombre y una mujer. Me buscaban»*.

Fruncí el ceño. *¿Cómo?*

*«Dijeron que eran mi tío y mi tía. Que su sobrina desapareció hace veinticinco años»*.

Me mareé. *¿Y?*

*«Tenían fotos. Pruebas de ADN»*.

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