Aquí tienes el texto adaptado y reescrito según la cultura española, manteniendo el tono y la estructura originales:
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Julián Espina miró la lista digital de invitados para la noche más importante de su vida e hizo lo impensable. Con un solo toque de su dedo, borró el nombre de su esposa. Creía que ella era demasiado corriente, demasiado simple y demasiado tímida para estar a su lado en la gala Vanguard del multimillonario. Pensaba que protegía su imagen. No sabía que estaba firmando su propia sentencia de muerte.
No imaginaba que la mujer que le esperaba en casa con un chándal no era solo una ama de casa. No sabía que toda la gala no estaba organizada para él, sino por ella. Cuando las puertas del gran salón se abrieron, Julián no solo perdió su reputación; comprendió que había vivido a la sombra de una reina, y esa noche, la reina reclamaría su corona.
El aire de la oficina en el ático de Espina Corporation olía a café expreso, cuero italiano y arrogancia. Julián Espina, un hombre que acababa de aparecer en la portada de Forbes bajo el titular *”El futuro de la tecnología en Europa”*, se plantó junto a la ventana que abarcaba desde el suelo hasta el techo, con vistas al horizonte de Madrid. Ajustó los gemelos de su traje a medida, cuyos reflejos dorados brillaban bajo la tenue luz del atardecer.
—Señor, la lista definitiva de invitados para la gala Vanguard se enviará a imprenta en diez minutos —anunció su asistente ejecutivo, Marcos.
Marcos era un hombre eficiente y observador, con años en la empresa suficientes para detectar las grietas que Julián ignoraba. Julián dio media vuelta y regresó al escritorio de caoba.
—Déjame revisarlo una última vez.
Marcos le entregó la tableta. Julián deslizó el dedo por los nombres. Era un *who’s who* de la élite global: políticos, magnates del petróleo, empresarios del IBEX 35 y hasta algún que otro aristócrata. Era la noche por la que había trabajado cinco años. No solo asistiría; sería el orador principal. Se esperaba que anunciara la fusión que lo convertiría en multimillonario por tercera vez.
Su dedo se detuvo en un nombre al principio de la lista VIP: **Lucía Espina**. Julián apretó los labios. Una mezcla de irritación y vergüenza le recorrió el pecho. Pensó en Lucía: dulce, callada, la mujer que llevaba jerséis holgados, que pasaba los días cuidando de su jardín en su finca de Toledo y cuya idea de una noche emocionante era hornear pan de pueblo.
Era la mujer que lo había apoyado cuando era un universitario sin un euro. Sí, ella había pagado el alquiler cuando su primera empresa fracasó, pero eso era entonces. Esto era ahora.
—No encaja aquí —murmuró él, casi para sí mismo.
—¿Señor? —preguntó Marcos, confundido.
—Lucía —dijo Julián con frialdad—. No está preparada para esta gente, Marcos. Sabes cómo se pone. Se queda en un rincón con un vaso de agua. No sabe socializar. Sus vestidos parecen sacados de un mercadillo. Esta noche es sobre poder, sobre imagen.
Julián pensó en la mujer que lo esperaba en el vestíbulo del Ritz en ese momento: **Valeria Ríos**. Valeria era una modelo convertida en influenciadora de lujo. Era ambiciosa, elegante y de una belleza que no pasaba desapercibida. Sabía reírse de chistes malos, susurrar al oído de los inversores y posar perfecta junto a él ante las cámaras.
—Bórrala —ordenó.
Marcos parpadeó, atónito.
—¿Borrar a la señora Espina? Señor, es su esposa. Es la gala Vanguard. Es habitual que los cónyuges…
—He dicho que la borres —cortó Julián, golpeando la tableta contra la mesa—. Soy el CEO de esta empresa, Marcos. Yo decido quién nos representa. Lucía es un lastre esta noche. Necesito cerrar el trato con Sterling Group. Si Arthur Sterling me ve con una ama de casa que no entiende de finanzas, pensará que soy débil. Elimínala de la lista. Anula su pase de seguridad. Si aparece, que la echen.
Marcos dudó. Le caía bien Lucía. Ella recordaba su cumpleaños cuando Julián lo olvidaba. Le enviaba sopa cuando enfermaba. Pero necesitaba ese trabajo.
—Como ordene, señor Espina —musitó, tocando la pantalla—. Lucía Espina, eliminada.
—Bien —Julián se arregló la corbata frente a su reflejo—. Le diré que solo era un evento ejecutivo, sin parejas. Ella es ingenua. Se lo creerá.
Tomó su chaqueta y se dirigió hacia la puerta.
—Manda el coche a buscar a Valeria. Me acompañará esta noche.
Al salir de la oficina, Julián se sintió más ligero. Poderoso. Había cortado lo que sobraba. Estaba listo para conquistar el mundo. No sabía que la notificación de eliminación no solo llegó a los organizadores del evento. También se envió a un servidor seguro en una oficina bajo una fachada discreta en Zúrich, un servidor propiedad del holding que, en secreto, controlaba la mayoría de acciones de Espina Corporation.
Cinco minutos más tarde, en el jardín de su finca en Toledo, el móvil de Lucía vibró.
Lucía Espina se limpió la tierra de las manos en el delantal. Tenía 32 años, rasgos suaves y ojos color miel. Para el mundo exterior—y para su marido—era Lucía, la esposa discreta, la huérfana que tuvo suerte de casarse con un triunfador. La mujer tranquila que parecía feliz en un segundo plano cogió el teléfono de la mesa del patio. Una alerta de seguridad.
**ALERTA: Acceso de invitado VIP revocado. Nombre: Lucía Espina. Autorizado por: Julián Espina.**
Lucía no lloró, no gritó, no tiró el móvil. En cambio, la calidez de sus ojos se apagó, reemplazada por un frío absoluto. Deslizó el dedo para borrar la notificación y abrió otra aplicación, una que requería huella, escaneo de retina y un código de 16 dígitos.
La pantalla se volvió negra. Apareció un escudo dorado: **Grupo Aurora**.
El Grupo Aurora era un fondo de inversión tan exclusivo que ni siquiera tenía web pública. Controlaba navieras, patentes farmacéuticas y startups tecnológicas. Cinco años atrás, cuando la primera empresa de Julián se ahogaba en deudas, Aurora intervino con una inyección de 50 millones de euros. Julián creyó haber impresionado a inversores suizos.
Nunca supo que Aurora era el segundo nombre de Lucía. Nunca supo que el dinero que gastaba, el ático en el que vivía y hasta su reputación de genio habían sido orquestados por la mujer a la que acababa de borrar por ser *”demasiado sencilla”*.
Lucía pulsó un contacto llamado **”El Lobo”**.
—Señora Espina —respondió al instante una voz grave. Era Sebastián Vane, jefe de seguridad de Aurora—. Recibimos la notificación de eliminación. ¿Es un error?
—No, Sebastián —dijo Lucía, cambiando de tono.
Desapareció la voz dulce y sumisa que usaba con Julián. Ahora hablaba con firmeza, autoridad.
—Parece que mi marido cree que soy un lastre para su imagen.
—¿Cancelamos la financiación de la fusión? —preguntó Sebastián—. Podemos hundir el acuerdo con Sterling en una hora. Espina Corporation quebraría antes del amanecer.
—No —respondió Lucía, entrando en casa. Se quitó el delantal y lo dejó caer al suelo—. Eso sería demasiado fácil. Él quiere poder, quiere imagen. Le daré una lección sobre ambosLucía sonrió al imaginar la expresión de Julián cuando descubriera que la reina de su imperio siempre había sido ella.





