El rescate inesperado en el hielo y la sorpresa que siguióEl bosque entregó su secreto: una manada de lobos agradecidos, observando en silencio antes de perderse de nuevo entre los árboles.3 min de lectura

Hacía un frío que pelaba en los Picos de Europa. La laguna estaba casi completamente helada, excepto por un tramo de agua abierta donde un lobo luchaba por su vida. Había caído en la sima y no podía salir. El hielo se quebraba bajo sus patas, resbalaba y volvía a hundirse. Con cada minuto que pasaba, se debilitaba más; apenas mantenía la cabeza a flote, jadeaba y su pelaje empapado lo arrastraba hacia el fondo.

Una anciana, doña Carmen Ruiz, recogía leña cerca de allí. Al oír unos chapoteos y un quejido ronco, se acercó y vio al enorme lobo gris ahogándose. La bestia casi había dejado de forcejear.

Sin pensar en el miedo ni en el peligro, doña Carmen encontró una rama larga y seca. Se tumbó sobre el hielo para distribuir su peso y gateó con cuidado hacia el agujero. El hielo crujió bajo ella, pero avanzó lenta y prudentemente.

— Aguanta, — murmuró, tendiendo la rama.

El lobo mostró los colmillos, pero no tenía fuerzas para la ira. Agarró la rama con sus patas delanteras. Ella tiró. Le temblaban los brazos y le dolía la espalda, pero no soltó. El hielo crujió de nuevo, el agua salpicó el borde, y por fin, el cuerpo pesado del lobo quedó tendido en la superficie.

El animal yacía jadeando. Tenía una pata trasera rota, claramente dislocada. No intentó atacar. Solo miró a la mujer, como si comprendiera que le había salvado la vida.

Pero en ese instante… salieron Ellos del bosque… Doña Carmen se quedó paralizada por el terror 😱😲

Ya se disponía a retroceder cuando sintió unas miradas clavadas en ella.

De entre los árboles surgieron siluetas. En el aire gélido brillaron diez pares de ojos. Era la manada. Los lobos habían olido a un humano y se acercaban, listos para el ataque. No sabían que esa persona acababa de salvar a uno de los suyos.

La anciana se inmovilizó. No había dónde huir, y no habría tenido tiempo.

Entonces, el lobo herido se levantó con dificultad. Se interpuso delante de doña Carmen, protegiéndola con su cuerpo, y gruñó a la manada. El gruñido era débil, pero firme. Miró a los suyos como si les dijera que a esa mujer no se la tocaba.

La manada se detuvo. Durante unos segundos, nadie se movió. Luego, uno de los lobos bajó la cabeza y los demás comenzaron a retroceder lentamente.

El lobo herido miró una última vez a la mujer. En su mirada no había miedo ni ira, solo calma. Acto seguido, se volvió y, cojeando, siguió a su manada.

Doña Carmen se quedó sola sobre el hielo. El viento levantó de nuevo la nieve, como si nada hubiera pasado. Aquel día aprendí, o más bien doña Carmen me lo enseñó sin palabras, que hasta en el corazón más salvaje puede latir la gratitud, y que un acto de compasión nunca es en vano, pues a veces la naturaleza nos devuelve el favor de la manera más inesperada.

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