El rico despidió a la niñera por dejar a los niños jugar en el barro… pero luego enfrentó la realidad1 min de lectura

Bajó las escaleras a toda prisa, casi fallando en el último escalón, y saltó descalza sobre el césped gritando como si la hubieran prendido fuego. Todos pensaron que estaba loca.

Mientras sus risas desenfrenadas resonaban en el jardín, los vecinos asomaron sus cabezas con miradas de incredulidad. Su vestido ligero se manchó de hierba húmeda, pero ella ni siquiera lo notó.

“¡Qué barbaridad!” murmuró doña Carmen desde su balcón, ajustando sus gafas, mientras su marido, Ramón, solo movía la cabeza con una sonrisa burlona.

Pero ella seguía allí, corriendo como una niña pequeña, con los brazos abiertos y el pelo alborotado al viento. Alguien tuvo que salir a calmarla antes de que llamaran a la policía.

Y así fue. La gente no entendió su alegría desbordada, pero tampoco podía negar que, por un momento, aquel grito inesperado les hizo recordar algo que ya casi habían olvidado.

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