Oye, qué historia más escalofriante, te la cuento como si estuviéramos tomando un café…
Era un día nublado en el cementerio de Madrid, con ese aire húmedo que se te clava en los huesos. Todo parecía normal en el funeral de Lucía Martínez, una chica de solo veintidós años. Joven, lista, con un corazón enorme… Su muerte había sido un golpe para todos. Oficialmente, un accidente, pero los rumores volaban: unos decían que la vieron llorar ese día, otros que había amenazado a alguien. La familia, destrozada, quiso despedirla rápido.
El ataúd era de esos caros, de madera oscura, con unos tiradores que brillaban. Cuando llegó el momento de bajarlo, cuatro hombres se acercaron para levantarlo… pero no hubo manera.
—¡Uno, dos, tres! —ordenó uno, sudando.
Nada. Parecía que estaba lleno de piedras.
—No puede ser… —masculló otro, frotándose las manos—. ¡Pesa como si llevara tres personas dentro!
Los asistentes empezaron a cuchichear:
—Esto no es normal…
—¿A ti te ha pasado alguna vez?
—Nunca.
Uno de los trabajadores del tanatorio, pálido, susurró:
—He llevado ataúdes más pesados, pero esto… no tiene sentido.
Entonces, la madre de Lucía, vestida de luto, avanzó con los ojos llenos de rabia y dolor.
—Abridlo —dijo, tajante.
—Señora, ¿está segura? —intentó oponerse un empleado.
—He dicho que lo abráis.
Con manos temblorosas, quitaron los tornillos y levantaron la tapa un poco… y lo que vieron los dejó paralizados.
Lucía estaba ahí, tranquila, con su vestido blanco y flores entre las manos. Pero el forro del ataúd estaba… raro. Demasiado alto. Uno de los hombres lo levantó con cuidado… y todos dieron un paso atrás.
Envuelto en plástico negro, había otro cuerpo. Un hombre de mediana edad, con un tatuaje en el cuello y marcas raras. El olor a químico era insoportable.
—Dios mío… —murmuró alguien—. ¡Hay un cadáver ahí!
—Esto no es un error —dijo otro, histérico—. ¡Es un crimen!
La madre de Lucía cerró los ojos.
—No sé quién es ese hombre… No debería estar ahí.
Los trabajadores estaban blancos como el papel.
—Lo recibimos sellado, todo estaba en orden…
—¿Quién encargó el ataúd? —preguntó uno.
—Una empresa privada, pagaron en efectivo.
Alguien llamó a la policía.
Más tarde, se supo: el hombre del ataúd era Antonio López, un contable desaparecido días antes. Trabajaba para una constructora investigada por fraude y blanqueo, y justo iba a testificar en su contra.
Descubrieron que la funeraria que llevó el ataúd era falsa, con documentos trucados. Lucía sí estaba enterrada… pero bajo ella, alguien escondió el cuerpo de Antonio, el testigo incómodo.
La única pista: una huella de guante en el plástico.
La madre de Lucía juró no saber nada, y era fácil creerla… destrozada por la pena. Pero alguien aprovechó su dolor para esconder un cadáver donde nadie buscaría: bajo otra tumba.
Qué macabro, ¿no? Como para no dormir…