Esposa Embarazada es Humillada por la Amante, pero el Desenlace las Deja Gritando Perdón5 min de lectura

En un palacio de justicia de Madrid, bajo la mirada impasible de los retratos de antiguos magistrados, un hombre desconoce que el padre de su esposa embarazada es quien preside la sala. A su lado, su amante, ataviada con un vestido rojo ceñido y pendientes de brillantes, ríe con crueldad mientras propina una patada al vientre de la mujer, quien se desploma sobre el mármol, suplicando entre lágrimas que su bebé no la abandone. La amante, con los ojos encendidos de odio, insiste en su agresión mientras el marido, aquel que un día juró amor eterno, graba con su móvil el sufrimiento de su esposa, la sangre manchando el suelo.

Lo que ninguno sabe es que el juez sentado a escasos metros, observando cómo su hija arrastra su agonía hacia el estrado, es el padre que perdió de vista hace dos décadas. Un hombre que no solo preside aquel tribunal, sino que controla cada abogado, cada prueba, cada hilo de aquel juicio. Al ver cómo la vida de su hija se escurre entre sus dedos mientras su yerno ríe, algo primitivo despierta en él.

Lo que sigue es un espectáculo de justicia implacable: la amante grita pidiendo clemencia que jamás recibirá, y el marido implora piedad al único hombre que ya no la concede. Pero ¿cómo llegó el padre de esa embarazada, ausente durante veinte años, a estar precisamente en el tribunal donde su hija es vejada? Y ¿qué secreto sobre el bebé hará que su venganza sea aún más demoledora?

Tres horas antes, la mañana se había teñido de otra violencia. Lucía Mendoza, de siete meses de gestación, contemplaba con los ojos hinchados de insomnio cómo su marido, Adrián Vallespín, preparaba una maleta. No para viajar, sino para echarla de su propia casa. Suplirla por Marta, la amante que ese mismo día tomaría su lugar. Le espetó que el bebé que esperaban, aquella niña a la que prometió amar, no importaba. Que Marta también estaba embarazada, y que su hijo sí valía la pena. Le escupió que era débil, aburrida, inservible. Que si se atrevía a reclamar custodia, la arruinaría.

Lucía no lloró. Ya había agotado sus lágrimas meses atrás, cuando Adrián dejó de acariciar su vientre, cuando la relegó al cuarto de invitados porque su cuerpo le repugnaba. Pero ahora, en esa cocina donde horneó tartas y celebró navidades, algo dentro de ella estalló. Le advirtió que no se iría en silencio.

Adrián se acercó entonces, con su aliento a café, y le susurró que sus abogados ya tenían pruebas falsas de su “inestabilidad mental”. Que el juicio era en dos horas. Que ya había vaciado sus cuentas, guardado sus pertenencias en un trastero.

Marta apareció envuelta en una bata de seda que era de Lucía, bebiendo de su taza favorita, sonriendo con triunfo. Le dijo que Adrián jamás la quiso, que su hija la llamaría “mamá” y olvidaría su existencia. Cuando Lucía, temblorosa, la amenazó con verla en el tribunal, Marta se inclinó y susurró: “Haré que ese bebé nazca antes, como sea”.

Lucía salió sin dinero, sin abogado, pero con un nombre grabado en la memoria: su padre. El juez Emilio Mendoza, magistrado del Tribunal Superior de Madrid, a quien su madre la arrebató en una batalla legal hace veintitrés años. Su madre le dijo que él la abandonó, pero bajo su cama guardó una foto: un hombre de pelo plateado, riendo con ella en el parque del Retiro.

La sala olía a madera encerada y miedo. Lucía, sola en la mesa de la demandante, sostenía su vientre con manos trémulas. Frente a ella, Adrián y Marta susurraban como en un café, seguros de su triunfo. Su defensora pública, con manchas de café en la chaqueta, le advirtió: con el poder de Adrián, solo conseguiría visitas supervisadas.

El juez entró entonces. Toga negra, pelo plateado, mirada de acero. Al ver a Lucía, sus nudillos palidecieron al aferrar el mazo. ¿La reconocería?

El abogado de Adrián la pintó como una loca incapaz de ser madre. Presentó informes médicos falsos. Él mismo declaró, con voz temblorosa de falso dolor, que temía por su hija. Marta, en la galería, asentía compungida.

El juez Mendoza escuchó sin pestañear. Hasta que Lucía, al declarar, miró a los ojos de su padre y dijo su nombre completo: “Lucía Isabel Mendoza”. Añadió: “Mi padre me llamaba su leoncita, porque nací valiente”.

El bolígrafo del juez se detuvo. Su rostro perdió color. Veintitrés años se desvanecieron en un instante.

Pero Marta irrumpió, gritando que Lucía no merecía vivir. Cuando la seguridad no actuó, su tacón se clavó en el vientre de Lucía. Una patada. Dos. La sangre brotó como un manantial oscuro.

Mientras Adrián grababa, riendo, el juez Mendoza levantó su mazo con furia bíblica. “¡Deténganla! ¡A él también!”.

Los alguaciles obedecieron. Marta suplicó. Adrián forcejeó. El juez se arrodilló junto a su hija, presionando su vientre con la toga manchada de rojo. “AgY mientras las lágrimas del juez caían sobre las manos entrelazadas con las de su hija, supo que, por fin, la justicia y el amor habían vencido. .

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