—¡Ay, madre mía, casi me meo de risa en esa reunión! —Mariana lanzó los zapatos al rincón y se desplomó en el sofá, sin molestarse en quitarse la chaqueta—. ¿Te imaginas? ¡Acusándote de desfalco delante de todo el departamento! ¡Y tú, con diez años de contable, auditada hasta por los de «Grandes Consultores»!
Pero hablaba al aire. Al armario de la cocina, al gato Pancho, a la botella de cava medio vacía. Porque la gente se cansa, y los muebles guardan secretos.
Todo empezó, como siempre, un lunes.
—Mariana, pásate por mi despacho —dijo Carmen Victoria sin entonación alguna. Así solo hablan los robots o las suegras que declaran la guerra.
Su oficina parecía un congelador, pero más fría. Salir de allí podía costarte la autoestima y la carrera.
Mariana entró. Asintió, breve y profesional. Tras el escritorio, la suegra. Tras el cristal, las torres de Madrid y los pedazos de su seguridad.
—Tenemos un problema… —Carmen Victoria apretó los labios—. Hay un déficit grave en los informes del último trimestre. Casi trescientos mil euros. Y todo está firmado por ti.
Mariana se sentó. No en la silla, sino en el borde, como si fuera el filo de un abismo. No pudo hablar, solo esbozó una sonrisa amarga, de esas que ni el espejo perdonaría.
—¿En serio, Carmen Victoria? —Mariana intentó mantener la calma—. No soy una becaria. Respondo por cada cifra. Revise el historial de modificaciones.
—Ya lo hicimos —la cortó en seco—. Todo está documentado. Firmas, cálculos. Eras tú o… ¿lo hiciste a propósito?
—¿Esto es una trampa? —su voz quebró—. ¡Reviso cada papel tres veces antes de firmar! ¿Quién demonios…?
—Basta, Mariana. Estás despedida. Con causa.
—¿Y Álvaro lo sabe? —susurró.
—Por supuesto. Está de acuerdo.
En ese momento, el suelo desapareció bajo sus pies. No esperaba heroísmo de su marido, pero ¿ponerse del lado de su madre? ¿Después de ocho años de matrimonio y dos hipotecas?
Se levantó. En silencio. Solo dejó caer al salir:
—Usted, Carmen Victoria, no quiere una nuera. Quiere un espejo para repetir: «Qué lista, qué exitosa, qué fuerte… y qué sola, como un árbol en medio del campo».
No hubo respuesta.
Mariana se marchó.
Lo que siguió fue como una película de terror: notificación en el correo, bloqueo en WhatsApp y el silencio absoluto de su marido.
Se esfumó. Como un gato callejero. Ni una llamada. Solo una transferencia de doscientos euros: «para la compra».
Gracias, cariño. Justo lo que necesitaba: un poco de humillación para sazonar la cena.
Tres días después, sonó su teléfono. Número desconocido. Voz conocida:
—Mariana, soy Luis Miguel.
Casi se le cayó la taza de las manos. Su exsuegro. El mismo que años atrás dejó a Carmen Victoria y se fue a construir chalets en la Costa del Sol. Literalmente: con ladrillos y paleta.
—Me enteré de lo que pasó —su voz era suave, pero firme—. Quiero verte. Hablar. Quizá ofrecerte trabajo.
Mariana dudó.
—¿Usted me cree? —preguntó.
—No es cuestión de creer —respondió—. Es justicia. Y, tal vez, tu oportunidad de hacer jugada.
Se encontraron en la Gran Vía. Café acogedor, gabardina gris, mirada de acero.
—Me fui de esa familia, pero no de su cabeza —dijo Luis Miguel—. Carmen sigue revolviendo mierda, como siempre. Pero tengo un plan. Necesito una contable de confianza. Tú encajas.
Mariana soltó una risa amarga, casi histérica.
—Me acaban de humillar públicamente, despedir, y mi marido, por cierto, ni siquiera protestó.
—Mejor —sonrió él—. Es el momento perfecto para mover ficha.
Esa noche, Mariana no durmió. Revisó informes, recordó cada detalle. Estaba segura: la habían tendido una trampa. Y sabía cómo.
Al amanecer, rebuscó entre correos antiguos. Y ahí estaba: un documento interno que nunca debió incluirse en el informe final. Pero aparecía. Con su firma. Que ella jamás estampó.
Fue un hackeo. Y solo había una mujer capaz de organizarlo: con título en Económicas y corazón de hielo.
—Luis Miguel —dijo al teléfono—. Acepto. Y tengo algo interesante.
—Perfecto —ni siquiera preguntó qué—. Pero recuerda: si hacemos esto, no hay vuelta atrás.
—No quiero volver —respondió en voz baja—. Solo avanzar.
A la mañana siguiente, se puso la chaqueta y entró en un edificio nuevo. La empresa de Luis Miguel olía a ambición, café y canela.
Caminó con seguridad. Por primera vez en días, no sentía rabia ni desesperación, sino adrenalina. Como si alguien hubiera gritado:
«Preparados… listos… venganza».
—Espera, ¿quieres decir que falsificó tu firma? —Luis Miguel giraba una memoria USB entre los dedos, como si fuera el seguro de una granada.
—No —hizo una pausa dramática—. La copió. Escaneo, editor de imágenes, PDF… hay mil formas. ¿En serio no sabes de qué es capaz una mujer que odia a su nuera?
—Viví con ella veinte años —bufó—. Me quedé sin pelo y sin nervios. Pero tú aguantaste más de lo que pensaba. Cinco años en su reino son como una condena en Siberia.
—Cinco y medio —corrigió mentalmente, apretando los puños. Con cada recuerdo —cenas familiares llenas de reproches, miradas que cortaban más que cuchillos— crecía en ella un deseo simple: no solo vengarse, sino hacerlo con estilo.
El trabajo ahora era distinto. La nueva constructora de Luis Miguel tenía proyectos grandes, contactos privilegiados. La nombró subdirectora financiera, a pesar del «despido con causa» en su currículum.
—Sabes —dijo él una vez, en la sala de reuniones vacía—, siempre quise que Álvaro se casara con una mujer inteligente. Pero no pensé que la inteligencia fuera un problema.
—¿Quieres que finja ser tonta? —Mariana torció el gesto—. Como Laura, la del antiguo trabajo. Su función era servir café y reír a tiempo.
—Eres demasiado independiente —movió la cabeza—. A Carmen Victoria no le gustan así. Quiere sumisas. Que asientan y la admiren.
—Puedo admirar —enderezó la espalda—, sobre todo si me dan un cheque con mi nombre para un Mercedes.
Él rio. Abiertamente.
Pero la alegría duró poco.
Una semana después, Luis Miguel le pasó archivos. Copias de correos, transferencias, documentos que ella ni conocía. Resultó que Carmen Victoria no solo falsificaba firmas, sino que también robaba. No miles: millones.
—¿Ves esto? —puso una hoja con cifras ante ella.
—¿Paraísos fiscales? —frunció el ceño.
—Hubiera sido tu billete al infierno si te quedabas —sonrió—. Ahora eres testigo. Víctima. Y, si quieres… cómplice de mi pequeño plan.
—Ya lo soy —respondió oscura—. Pero esto no es una obra de teatro. Es real.
El plan era simple: desenmascararla. Con pruebas, abogados y, preferiblemente, cámaras. Pero antes necesitaban algo irrefutable.
—Tengo unaMariana agarró su café, miró a Luis Miguel a los ojos y dijo: “Vamos a hacer que esa mujer recuerde por qué nunca se debe jugar con una española con hambre de justicia”.