¡Madre mía, qué risa me dio en esa reunión! — Laura lanzó sus zapatos a un rincón y se dejó caer en el sofá sin quitarse la chaqueta. — ¿Te lo imaginas? Que te acusen de malversación delante de todo el departamento. ¡Y tú, que eres contable con años de experiencia, auditada por «Grand Consult»!
Pero hablaba al aire. Al armario de la cocina, al gato Peluso y a la botella de cava medio vacía. Porque la gente se cansa, y los armarios guardan secretos.
Todo empezó, como siempre, un lunes.
—Laura, pasa a mi despacho —dijo Marta sin tono alguno al teléfono. Así hablan los robots o las suegras que deciden empezar una guerra.
Su despacho era como un congelador, pero más frío: podías salir sin autoestima y sin carrera profesional.
Laura entró. Asintió, breve y profesional. Tras el escritorio, la suegra. Tras el cristal, las torres de Madrid y los restos de su seguridad.
—Ha surgido un problema… —comenzó Marta, apretando los labios—. Hay un desfase grave en los informes del trimestre pasado. Casi doscientos mil euros. Y todo firmado por ti.
Laura se sentó. No en la silla, sino en el borde, como si fuera el filo de un precipicio. No tuvo tiempo de hablar, solo esbozó una sonrisa amarga —esa que da vergüenza ver en el espejo.
—¿En serio, Marta? —Laura intentó mantener la calma—. No soy una recién licenciada. Respondo por cada cifra. Revisa el historial de cambios.
—Ya lo hicimos —cortó ella—. Todo está documentado. Firmas, cálculos. O eres descuidada… o lo hiciste a propósito.
—¿Esto es una trampa? —le falló la voz—. ¡Reviso cada papel tres veces antes de firmar! ¿Quién…?
—Basta, Laura. Estás despedida. Con causa.
—¿Y Sergio lo sabe? —susurró.
—Por supuesto. Él está de acuerdo.
En ese momento, a Laura le faltó el suelo bajo los pies. No esperaba heroicidad de su marido, ¿pero ponerse del lado de su madre? ¿Tras ocho años de matrimonio y dos hipotecas?
Se levantó. En silencio. Solo soltó al salir:
—Usted, Marta, no necesita una nuera. Necesita un espejo para admirarse y repetir: «Qué lista, qué exitosa, qué fuerte… y qué sola, como un árbol en el campo».
No hubo respuesta.
Laura se fue.
Lo que siguió fue una pesadilla: notificación por correo, bloqueo en WhatsApp y silencio absoluto de su marido.
Desapareció. Como un gato del vecindario. Ni llamada, ni mensaje. Solo una transferencia de doscientos euros —«para comida»—.
Gracias, cariño. Justo lo que necesitaba para sazonar la cena: humillación frita en decepción.
Tres días después, sonó su teléfono. Número desconocido. Voz conocida:
—Laura, soy Roberto.
Casi se le cayó la taza. Su ex-suegro. El mismo que dejó a Marta años atrás y se marchó a construir casas en Andalucía. Literalmente, con sus manos.
—Me enteré de lo que pasó —dijo con voz suave pero firme—. Quiero vernos. Hablar. Quizás ofrecerte trabajo.
Laura guardó silencio.
—¿Usted me cree? —preguntó.
—No es cuestión de creer —respondió él—. Es cuestión de justicia. Y, quizás, de tu oportunidad para mover ficha.
Se vieron en la Gran Vía. Café acogedor, gabardina gris y mirada de acero templado.
—Me fui de esa familia, pero no de su cabeza —dijo Roberto—. Marta vuelve a jugar sucio, como antes. Pero tengo un plan. Necesito una contable de confianza. Tú encajas.
Laura rio—amarga, casi histérica.
—Me humillaron, me echaron, y mi marido, por cierto, no tuvo mejor idea que darle la razón.
—Más motivo —sonrió él—. Es hora de mover el caballo.
Esa noche, Laura no durmió. Revisó informes, recordó cada cambio. Estaba segura: la habían tendido una trampa. Y sabía cómo.
Por la mañana, rebuscó en sus correos. Y ahí estaba: un documento interno que nunca debió llegar al informe final. Pero llegó. Con su firma. Que ella jamás puso.
Fue un hackeo. Y solo una mujer podía organizarlo—con título de economista y corazón de hielo.
—Roberto —dijo al teléfono—. Acepto. Y tengo algo interesante.
—Perfecto —ni preguntó qué—. Pero sé esto: si lo hacemos, no hay vuelta atrás.
—No quiero volver —susurró—. Solo avanzar.
A la mañana siguiente, se puso la chaqueta y fue a un nuevo edificio de oficinas. La empresa de Roberto olía a ambición, café y canela.
Caminó con seguridad. Por primera vez en días, no sentía rabia ni desesperación, sino adrenalina. Como en la línea de salida, cuando ya cuentan:
«Uno… dos… venganza».
—¿Quieres decir que falsificó tu firma? —Roberto giraba una USB como si fuera el seguro de una granada.
—No —hizo una pausa—. La copió. Escaneo, editor, PDF… Hay mil formas. ¿No sabes de lo que es capaz una mujer que odia a su nuera?
—Viví con ella veinte años —sonrió cansado—. Me costó las canas y los nervios. Tú aguantaste más: cinco años y medio en su reino es como una condena en el talego.
Laura apretó las manos. Cada recuerdo —cenas familiares llenas de indirectas, miradas que cortaban más que cuchillos— alimentaba un deseo: no solo vengarse, sino hacerlo con estilo.
Ahora trabajaban juntos. Roberto tenía una constructora nueva, proyectos grandes, contactos envidiables. La hizo subdirectora financiera, a pesar de su «despido con causa».
—Sabes —dijo una vez en la sala de juntas vacía—, yo quería que Sergio se casara con una mujer lista. Solo que no pensé que la inteligencia sería un problema.
—¿Quieres que finja ser tonta? —sonrió torcida—. Como Lucía, la de antes, que solo servía café.
—Eres demasiado independiente —negó él—. A Marta no le gustan así. Quiere sumisas. Que asienten y la admiren.
—Yo puedo admirar —dijo seria—, sobre todo si me dan un cheque con mi nombre.
Se rio con ganas.
Pero la risa duró poco.
Una semana después, Roberto le pasó archivos. Correos, transferencias, documentos que desconocía. Descubrió que Marta no solo falsificaba firmas… también robaba. No miles, sino millones.
—¿Ves esto? —señaló una hoja con tablas.
—¿Paraísos fiscales? —frunció el ceño.
—Habría sido tu billete al infierno si te quedabas —sonrió—. Ahora eres testigo. Víctima. Y, si quieres, cómplice de mi pequeño plan.
—Ya lo soy —dijo oscura—. Pero esto no es teatro. Es real.
El plan era sencillo: desenmascararla. Con estilo. Que Laura entrara en el despacho de Marta no como una empleada humillada, sino con documentos, abogados y, preferiblemente, cámaras.
Pero necesitaban pruebas.
—Tengo una idea —dijo una noche en su oficina—. Necesito entrar al archivo antiguo. Marta es coleccionista: guarda todo, como reliquias.
—¿En serio? —arqueó una ceja—. Es arriesgado.
—¿Y contigo fue seguro? —sonrió.
Ese día, Laura entró alAl final, mientras veía el mar desde la playa de Valencia, Laura comprendió que la mejor venganza no era el odio, sino la libertad de ser feliz sin ellos.