Nunca pensé que un paseo nocturno a casa se convertiría en una lucha por la vida de alguien, y mucho menos por la mía. Pero la vida no te da tiempo para pensar; te lanza de lleno al centro de la historia.
Eran poco más de las once de la noche, las calles aún húmedas por la lluvia reciente, cuando lo vi: un joven soldado del Tercio de la Legión, con su uniforme de gala, apoyado contra una pared de ladrillo bajo una farola parpadeante. Le faltaba la boina, su pierna estaba doblada de una forma que me revolvió el estómago, y la tela azul de su uniforme empapada de sangre.
—¿Estás bien? —grité.
Levantó la cabeza lentamente, con la mirada vidriosa. —Me atropelló un coche —murmuró con voz ronca. Y entonces, antes de que pudiera marcar el teléfono, las sombras emergieron del callejón: tres hombres que avanzaban rápido, sus rostros duros, los cuchillos brillando bajo la luz.
**La pelea**
No tenía un plan. Ni siquiera tiempo para sentir miedo. Solo sabía que, fuera lo que fuera, no permitiría que le pasara nada a él.
—¡Atrás! —grité, interponiéndome entre ellos y el legionario. Uno de ellos soltó una risa baja y cruel.
Después todo fue un borrón: manos que agarraban, metal reluciendo, mis puños golpeando al aire. Recuerdo la primera puñalada como un golpe profundo en el costado, la segunda quemándome el brazo. Para la séptima, mi cuerpo estaba empapado de sangre y adrenalina, pero seguía en pie, protegiéndolo.
Detrás de mí, la voz del legionario se quebró, desesperada: —No… me dejes.
Entonces llegaron los sirenazos, las luces rojas y azules reflejándose en el asfalto mojado. Los hombres huyeron. Mis rodillas cedieron. El mundo se inclinó.
**El hospital**
Desperté con el olor a antiséptico y el pitido de las máquinas. Mi torso ardía como envuelto en llamas. El brazo derecho, rígido bajo vendas.
—Tienes suerte —dijo la enfermera, ajustando el suero—. Siete heridas, pero ninguna mortal. Vas a sanar.
Intenté preguntar por el legionario, pero la garganta me ardía. Ella sonrió levemente. —Sigue vivo. Y… tienes visitas.
La puerta se abrió.
**La formación**
Llenaron la habitación como el mar inunda la orilla: toda una unidad de la Legión, con sus uniformes de gala, firmes y en posición. Botas pulidas como espejos, guantes blancos contrastando contra las mangas azules.
Al frente, un oficial alto con las insignias de capitán en el cuello. A su lado, en una silla de ruedas, estaba el legionario de aquella noche, la pierna inmovilizada, los ojos cansados pero llenos de algo intenso.
El oficial avanzó. —Señorita —comenzó, su voz cargada de formalidad y emoción—, soy el capitán Vázquez, al mando de la Segunda Bandera del Tercio. Este es el cabo primero David Moreno, el legionario al que salvó.
Tragué saliva, sin saber qué decir.
**La medalla**
Entonces, Vázquez sacó una pequeña caja de terciopelo. —El general jefe de la Legión me pidió que le entregara esto, en nombre de todos los que han vestido este uniforme.
Dentro había una medalla, no militar, sino la “Cruz del Valor Civil”, raramente concedida a un ciudadano. Un medallón de bronce con el emblema de la Legión y las palabras “Legionarios, siempre fieles”.
—No tenía que intervenir —dijo Vázquez—. No tenía que recibir esas heridas. Pero lo hizo. Y con eso, encarnó el valor más alto que defendemos: la lealtad. Entre nosotros. Hacia la misión. Hacia el compañero, sin importar el coste.
Sentí las lágrimas quemarme los ojos. —No… podía dejarlo —susurré.
**La promesa**
El cabo Moreno se acercó en su silla, las manos temblorosas. —Me dijeron que me desmayaría antes de que llegara ayuda. Usted no lo permitió. —Su mirada se clavó en la mía—. Recibió esos golpes por mí. Le debo la vida.
Negué con la cabeza, pero él continuó. —No lo olvidamos. Los legionarios jamás olvidan.
Vázquez hizo una señal y, al unísono, alzaron la mano para saludarme. El sonido de sus botas golpeando el suelo fue firme, reverente.
**Después**
La historia se difundió: primero en la prensa local, luego nacional. La gente me llamó heroína. No me sentía como una. Para mí, los héroes eran los que se alistaban, los que cargaban con el peso del servicio cada día.
Pero los legionarios siguieron apareciendo: revisando mi recuperación, trayendo comida, hasta arreglando los escalones de mi casa. Moreno venía cada semana, hasta que le quitaron la férula, y siguió viniendo.
El día que me quitaron los puntos, me entregó algo más: su moneda de desafío. —Para que nunca lo olvide —dijo simplemente.
**Epílogo**
Meses después, asistí a un acto de la Legión, con un vestido negro sencillo, la medalla colgando sobre mi pecho. Al otro lado de la sala, Moreno reía con su unidad, entero y vivo.
Pensé en aquella noche, en los cuchillos, en el dolor, en la sangre. Pensé en cómo una decisión instantánea había unido mi vida a la suya para siempre.
Cuando Vázquez me encontró esa noche, dijo: —Ahora es de los nuestros. No por sangre, sino por batalla.
Y mientras los legionarios brindaban, con las copas en alto, entendí algo: la familia no es solo la que te cría. A veces, es aquella por la que estás dispuesta a sangrar.