Aquella mañana, el edificio central de Soluciones Iberia en Madrid bullía de actividad. Ejecutivos con trajes impecables cruzaban el vestíbulo hablando por sus móviles, el aroma del café recién hecho flotaba en el ambiente y las pantallas anunciaban la llegada de inversores internacionales. Todo debía salir a la perfección.
Tras el mostrador de recepción, Lucía observaba a cada persona con mirada experta: quién entraba, quién pertenecía al lugar y quién no.
A las nueve y cuarto, la puerta giratoria se movió con lentitud.
Un joven entró con paso vacilante. Aparentaba unos veinticinco años. Su camisa estaba limpia, pero deslucida; en una manga se veía un pequeño descosido. Los zapatos parecían haber recorrido demasiados kilómetros. En sus manos portaba una carpeta desgastada por el uso.
Lucía lo miró y su expresión cambió durante un instante.
—¿En qué puedo ayudarte? —preguntó con amabilidad automática.
El chico respiró hondo.
—Buenos días. Vengo para una entrevista. Me citaron hoy… envié mi currículum en línea.
Ella consultó el ordenador y encontró el nombre.
Javier Morales.
Lo leyó de nuevo, como esperando haberse equivocado.
—¿Tú vienes a la entrevista? —preguntó, intentando mantener un tono profesional.
—Sí, señorita.
Sin mirarlo demasiado, señaló unas sillas al fondo.
—Espera allí. Avisaré a Recursos Humanos.
En la hilera de asientos ya esperaban otros candidatos impecablemente vestidos. Cuando Javier se sentó, uno de ellos murmuró:
—¿Ése también viene por el puesto?
—Seguro se ha confundido de sitio —respondió otro entre risas contenidas.
Javier lo oyó todo, pero permaneció callado. Sus ojos se posaron en una fotografía enorme en la pared: la directora general de la empresa, Elena Castillo, recibiendo un galardón empresarial. Con sólo veintisiete años, era conocida por haber ayudado a su padre a sacar adelante la compañía cuando estuvo al borde de la quiebra.
Unos empleados la consideraban exigente. Otros decían que era simplemente justa.
Mientras, en la tercera planta, Elena revisaba informes cuando Ricardo, jefe de Recursos Humanos, entró.
—Señorita Directora, hoy terminamos las entrevistas para el puesto de desarrollador.
—Que pasen los candidatos —respondió sin levantar la vista.
Abajo, uno tras otro, fueron pasando los aspirantes mejor vestidos. Veinte minutos después, sólo quedaba Javier.
Lucía llamó con cierta duda.
—Señorita Directora… queda un candidato, pero… no parece muy profesional.
Al otro lado, silencio.
—¿Nombre?
—Javier Morales.
Una breve pausa.
—Que suba ahora.
—¿Ahora mismo?
—Ahora.
Lucía colgó sorprendida y miró al joven.
—Puedes subir. Te esperan arriba.
Los otros candidatos lo observaron incrédulos mientras caminaba hacia el ascensor, aferrando su carpeta con nerviosismo.
Al llegar al tercer piso, un pasillo en silencio lo condujo hasta una oficina con un cartel de cristal:
Dirección General — Elena Castillo.
Una auxiliar abrió la puerta.
—Adelante, por favor.
Javier llamó suavemente.
—¿Se puede?
—Pasa.
La oficina era amplia, iluminada por grandes ventanales. Nada ostentoso, sólo orden y funcionalidad. Elena estaba de pie junto a su mesa con un portátil abierto.
Lo observó sin expresión de juicio, simplemente evaluándolo.
—Siéntate, Javier.
Él dudó.
—Señorita… mi ropa no es la adecuada…
—Te he dicho que te sientes.
No sonó dura, sino firme, como dejando claro que allí importaban otras cosas.
Javier obedeció, aún nervioso.
Elena giró el ordenador hacia él.
—He revisado tus proyectos. No vienes de una universidad de renombre, pero tu trabajo demuestra talento.
El joven bajó la mirada.
—Aprendí por mi cuenta… haciendo pequeños trabajos.
Ella asintió.
—Mi equipo lleva días con un problema técnico. Puedes intentar resolverlo ahora mismo, si quieres.
Javier alzó la vista sorprendido.
—¿Ahora?
—Ahora.
Durante los siguientes minutos sólo se oyó el tecleo. El chico pareció olvidar dónde estaba; sus manos se movían con seguridad, concentrado únicamente en el código.
Elena lo observaba en silencio, y por primera vez en la mañana, esbozó una leve sonrisa.
Porque el talento, pensó, rara vez llega vestido con elegancia.
Pero entonces algo cambió.
En la pantalla apareció un mensaje inesperado: error crítico en el servidor principal.
Elena frunció el ceño. Eso no formaba parte de la prueba.
Su teléfono vibró al mismo tiempo. Era Ricardo, desde Recursos Humanos, con voz alterada.
—Señorita Directora, tenemos un problema grave. El sistema interno ha caído. No podemos acceder a la base de datos. Ventas, logística… todo está parado.
Elena miró la pantalla de Javier. Él ya no resolvía el ejercicio. Sus cejas estaban fruncidas, analizando líneas de código que no pertenecían al examen.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó ella.
El joven tragó saliva.
—Su red… está siendo atacada.
Elena sintió un escalofrío.
—¿Cómo lo sabes?
—No es un fallo normal. Intentan cifrar los servidores. Si lo logran… lo perderán todo.
El teléfono volvió a sonar. Esta vez era el director de operaciones.
—Elena, hay un mensaje en todos los equipos. Exigen dinero para liberar la información.
Un ‘ransomware’.
La peor palabra posible en ese instante.
Ese día llegaban inversores extranjeros. Si la empresa mostraba debilidad, el acuerdo millonario podría truncarse.
Elena tomó una decisión inmediata.
—Cierren los accesos externos. Desconecten todo lo que no sea esencial —ordenó por teléfono.
Luego volvió su mirada hacia Javier.
—¿Puedes detenerlo?
El joven se quedó inmóvil unos segundos, como si no creyera lo que oía.
—No soy empleado…
—Te he preguntado si puedes.
Silencio.
Luego respiró hondo.
—Puedo intentarlo.
Elena llamó a su auxiliar.
—Que traigan a todo el equipo de sistemas aquí. Ahora.
Cinco minutos después, la oficina estaba llena de ingenieros nerviosos mirando sus portátiles. Las pantallas mostraban archivos bloqueados y contadores regresivos exigiendo un pago.
Y en medio de ellos, sentado frente al ordenador de la directora, estaba el chico de ropa modesta.
Algunos empleados murmuraban.
—¿Quién es ése?
—Un candidato…
—¿Un candidato va a salvarnos?
Pero nadie se atrevió a discutir. El tiempo apremiaba.
Javier hablaba mientras trabajaba, casi para sí mismo.
—Entraron por una brecha antigua del sistema… alguien no actualizó un módulo viejo… ahora se están replicando.
Un ingeniero respondió molesto:
—Eso es imposible.
Javier señaló la pantalla.
—Entonces explíqueme eso.
Nadie habló.
El contador marcaba quince minutos para que el cifrado fuera total.
Elena observaba en silencio, conteniendo la presión. Sabía que cada segundo perdido significaba millones.
Javier pidió acceso administrativo.
—Necesito permisos totales o no podré hacer nada.
El jefe de sistemas dudó.
—Eso es información sensible.
Elena intervino.
—Concede los permisos.
—Pero señorita…
—Ahora.
Las manos del joven volaron sobre el teclado. Ejecutó comandos, cerró procesos, abrió rutas internas. El sudor le corría por la frente.
El reloj marcaba diez minutos.
—Van rápido —murmuró él—. Son buenos.
Uno de los ingenieros susurró:
—Estamos perdidos.
Javier negó con la cabeza.
—No.
Su mirada cambió. Ya no parecía tímido. Parec—Sí puedo —murmuró, y con una determinación que parecía nacer de lo más profundo de su ser, pulsó la tecla final con una serenidad que calmó el caos a su alrededor.





