La Humillación en el Banquete y la Voz que lo Dejó Sin Palabras.6 min de lectura

El vaso se cayó: Historia de una camarera

Ella estaba en el salón desde primera hora de la mañana, cuando aún no había llegado nadie; una mujer alta, delgada, de ojos grises tristes y pelo oscuro recogido en un moño prieto. Margarita Serrano. Tenía treinta y nueve años, pero aparentaba más, con dos arrugas apenas visibles junto a los labios y una mirada cansada. Camarera de categoría superior en el restaurante “El Ave Fénix” de la ciudad Z. Además, poeta ocasional, traductora y madre de una hija de doce años a la que había criado sola desde que su marido falleció en un accidente.

No le gustaban los banquetes grandes, especialmente los de funcionarios. Pero el aniversario del alcalde era un evento para el que se llevaban preparando semanas. El propio alcalde, Gonzalo Pizarro Montero, celebraba veinticinco años en el cargo de regidor. Un hombre-monumento, como lo llamaba la prensa local. Hombre serio, corpulento, con barriga y canas en las sienes que enmarcaban su calvicie. Lo querían sus votantes por las carreteras que arreglaba antes de las elecciones, y lo odiaban quienes lo conocían de cerca: por su rudeza, su megalomanía, su cinismo oculto tras el pathos de discursos patrióticos.

A Margarita le asignaron la zona de la mesa principal. Era un privilegio y una maldición a la vez. Tendría que servir al alcalde y a su círculo más cercano. Se ajustó la blusa inmaculadamente blanca, se colocó el chaleco negro, respiró hondo y entró en su papel: el de ejecutante silenciosa, casi invisible, de deseos. “Sé una sombra”, le dijo su instructor hace mucho tiempo. “El camarero perfecto es un fantasma”.

Los primeros invitados llegaron con retraso, como corresponde a personalidades importantes. Gonzalo Pizarro entró con mucha pompa, como si entrara en su despacho: voz potente, palmadas en la espalda a sus subordinados, abrazos con empresarios locales. Llevaba un traje caro del color de la noche oscura, pero la corbata ya se le había ladeado un poco. Su esposa, elegante y fría como una escultura de hielo, se mantuvo a cierta distancia, sonriendo con una sonrisa muerta, aprendida.

Comenzó con el champán. Margarita lo servía, llenando las copas con un movimiento hábil y practicado. Cuando se inclinó sobre la copa del alcalde, él la miró por encima de las gafas.

“Cuidado, guapa, que no se derrame”, dijo, y en su voz ya se notaba un tono burlón. “Esto no es agua del grifo”.

Una risa leve recorrió la mesa. Margarita no dijo nada, solo asintió. La primera marca.

La celebración fue cogiendo impulso: brindis, recuerdos, discursos grandilocuentes. Gonzalo Pizarro se fue acalorando, sus mejillas se sonrojaron, su voz se volvió más fuerte y áspera. Y entonces, al parecer, había elegido su entretenimiento para la noche.

Todo empezó con la ensalada. Margarita llevaba una ración grande de “César” y casi resbala con una aceituna que se había caído de la mesa de alguien. El plato se tambaleó, pero lo sostuvo, sin derramar ni una gota de salsa.

“¡Eh, mirad, nuestra yegua ha tropezado!”, gritó el alcalde, señalándola con un dedo que lucía un anillo macizo. “¡Mueve las pezuñas con más cuidado, que vas a tirar al jinete!”.

Una risa fuerte y desagradable. Margarita sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Dejó la ensalada, sonrió en silencio y se alejó. “Sombra”, se repitió a sí misma. “Eres una sombra”.

Pero Gonzalo Pizarro no se calmaba. Cada vez que se acercaba a la mesa era motivo de un nuevo insulto.

Sirvió el plato principal: pato asado.

“¿Esto qué es?”, dijo entrecerrando los ojos, clavando el tenedor en el plato. “¿Una gallina muerta? ¿O es que así está hoy nuestra camarera?”.

Ella calló, apretando los dientes. Por dentro, todo se le enroscaba en un nudo tenso y doloroso. Recordó a su hija, su concierto escolar, para el que al día siguiente debía comprarle una nueva cinta para el pelo. Recordó su última traducción: un texto técnico complejo por un honorario modesto. Necesitaba este trabajo. Lo necesitaba desesperadamente.

Cuando llevó las copas limpias, su mano tembló de la tensión y el cristal vibró con un tintineo fino.

“¡Oh!”, exclamó el alcalde, levantando su copa. “¡Música! La yegua toca los campanillos de cristal. Muévete más rápido, que es fiesta”.

Su séquito soltó una carcajada, como si se lo hubieran ordenado. Algunos invitados miraban hacia otro lado, incómodos. La mujer del alcalde estudiaba el dibujo del mantel. Margarita atrapó la mirada de un joven empresario; en sus ojos se leía compasión e impotencia. Bajó la vista rápidamente.

El clímax llegó con el postre. Margarita llevaba una tarta enorme con una inscripción de felicitación. Pesaba mucho y tuvo que aminorar el paso.

“Bueno, yegua, ¿estás cansada?”, se oyó sobre su oído una voz ronca y ebria. El propio alcalde se volvió hacia ella, y su aliento, condimentado con coñac y ajo, le dio de lleno en la cara. “Vamos, vamos, lleva nuestra tarta. Pero mira que no se te caiga, que te vas a quedar sin avena en el establo”.

Un silencio estridente cayó en el salón. Hasta sus aduladores enmudecieron. Margarita colocó la tarta en la mesa. Sus manos temblaban, pero su rostro permaneció como una máscara de piedra. En ese momento, algo se volteó dentro de ella. Se quemó. Aquella parte tranquila, paciente, siempre complaciente de su alma se quebró. Solo quedó algo frío y afilado, como una cuchilla.

El alcalde, satisfecho, se levantó para otro brindis. Estaba en racha, lleno de un entusiasmo narcisista. Cogió el micrófono que había en la mesa para los discursos.

“¡Amigos! ¡Colegas!”, empezó con grandilocuencia. “¡Veinticinco años no es solo un periodo! ¡Es una época! ¡Una época de creación, de lucha y de victorias!…”.

Habló durante otros diez minutos. Enumeró sus logros: nuevos barrios (“que construimos, a pesar de las maquinaciones de los envidiosos”), el estadio, el polígono industrial. Habló de su amor por la ciudad, de la gente sencilla, de cómo “siempre escucha a cada uno”. Margarita estaba junto a la puerta de servicio y escuchaba. Cada una de sus palabras caía sobre aquel filo frío y afilado en su interior, como una piedra sobre una rueda de afilar.

Finalmente, terminó. La sala le aplaudió. Hizo una pausa para los vítores, sonriendo con condescendencia, y le pasó el micrófono a su teniente de alcalde.

En ese momento, Margarita salió de la sombra. No en sentido figurado, sino en el más literal. Dio un paso al frente, se acercó a la mesa con un paso sereno y firme y le quitó el micrófono de las manos al atónito ayudante. Éste, sin entender lo que pasaba, lo soltó.

En el salón se hizo un silencio perplejo. Gonzalo Pizarro se volvió, la vio y enrojeció de indignación.

“¿Pero tú qué te crees que estás haciendo?”, le espetó. “¡Devuélvelo ahora mismo!”.

Pero ella ya se había llevado el micrófono a los labios. Y habló. Su voz, Y su voz, clara y serena, resonó en el salón mientras declaraba: “Hoy dejo de ser vuestra sombra”.

Leave a Comment