El pabellón del instituto resonaba con un bullicio ensordecedor: alaridos, carcajadas, cuchicheos. Los estudiantes formaban un corro compacto; casi todos sujetaban sus móviles. Nadie quería perderse el “espectáculo”.
En el centro estaba Lucía.
Menuda, delgada, con una sudadera con capucha enorme. La misma chica que casi siempre pasaba desapercibida. Siempre se sentaba en la última fila, nunca protestaba e intentaba volverse invisible.
Pero ese día no lo consiguió.
Frente a ella estaba él: el alumno más popular del instituto. Capitán del equipo de fútbol. El favorito de los profesores. El matón del que todos preferían no cruzarse.
Él esbozó una sonrisa burlona.
—¿Conque la empollona ha aparecido? —dijo en voz alta, asegurándose de que todos lo oyeran—. ¿Decidiste ponerme en evidencia?
Lucía apretó los puños dentro de los bolsillos. Le temblaban los dedos.
—Solo respondí a la pregunta del profesor —musitó con voz queda.
Alguien soltó una risotada en el pabellón.
—Sabías perfectamente lo que hacías —dio un paso al frente—. Por tu culpa quedé como un idiota delante de toda la clase.
Se plantó ante ella como un muro. La diferencia de estatura era abrumadora.
—No fue mi intención… —susurró Lucía.
—¿Que no fue tu intención? —se inclinó hasta quedar a centímetros de su rostro—. ¿Y ahora qué? ¿Quieres? ¿Quieres pedir perdón?
El público enmudeció.
—Arrodíllate —dijo con tranquilidad—. Y pide disculpas.
Un murmullo recorrió el círculo. Algunos ya sonreían, esperando el desenlace.
Lucía bajó la mirada. Por un instante, todos pensaron que se había rendido. Que iba a obedecer.
Pero ninguno de ellos sabía quién era en realidad. Ni el precio que se pagaría por aquella “broma”.
Lucía había dedicado varios años de su vida al karate. Había sido campeona y estaba acostumbrada a los entrenamientos duros, a los golpes y a una disciplina férrea.
Por una lesión grave, tuvo que dejar la competición y, desde entonces, procuraba no llamar la atención y mantenerse al margen de los problemas.
Respiró hondo y le pidió al acosador que se apartara. Él se rió e intentó empujarla con el hombro, convencido de que ella no respondería.
Lucía reaccionó al instante. Esquivó el empujón y lanzó un golpe corto y preciso al cuerpo, tal como le habían enseñado en el dojo.
El chico perdió el equilibrio y se dobló por el dolor. Cuando intentó levantarse, Lucía le asestó un segundo golpe en la mandíbula, controlando la fuerza y sin excederse.
El matón cayó al suelo del pabellón, aturdido e incapaz de comprender qué había sucedido. Un silencio sepulcral invadió el lugar, porque nadie esperaba ese final.
Lucía lo miró y dijo con serenidad:
—Dejé la competición por una lesión, pero lo aprendido no se olvida.
Tras decir eso, Lucía giró sobre sus talones y abandonó el pabellón.
Nadie intentó detenerla. Las risas se apagaron, los móviles se bajaron. Quedó claro para todos que la tranquilidad y la humildad en la superficie no equivalen a fragilidad, y que aquel a quien han menospreciado durante tanto tiempo puede resultar ser el más fuerte. La verdadera fortaleza, a menudo, reside en la templanza y en saber cuándo es el momento de usar lo que se sabe.





