Mi vecina no dejaba de insistir en que veía a mi hija en casa durante el horario escolar… así que fingí ir a trabajar y me escondí bajo la cama. Minutos después, oí varias pisadas desplazándose por el pasillo.
Me llamo Lucía Gutiérrez, y siempre creí saberlo todo sobre mi hija de trece años, Alba. Después de mi divorcio hace dos años, solo éramos ella y yo en nuestra casa de un barrio tranquilo a las afueras de Toledo. Era responsable, inteligente, educada; nunca me dio problemas. Al menos, eso creía.
Una mañana de jueves, mientras salía con mi bolso de trabajo, mi vecina mayor, Doña Carmen, me hizo una seña.
—Lucía —dijo suavemente—, ¿Alba vuelve a hacer novillos?
Me quedé atónita. —¿Novillos? No… va al instituto todos los días.
Doña Carmen frunció el ceño. “Pero yo siempre la veo entrar en casa a mediodía. A veces con otros chicos.”
Se me encogió el corazón. “Eso no puede ser”, insistí, forzando una sonrisa. “Debe de estar usted confundida.”
Pero de camino al trabajo, la inquietud no me abandonaba. Alba había estado más callada últimamente. Comía menos. Estaba cansada todo el tiempo. Lo había atribuido al estrés del instituto… pero ¿y si era algo más?
Esa noche en la cena, parecía normal: educada, tranquila, asegurándome que en el instituto “todo iba bien”. Cuando repetí lo que Doña Carmen había dicho, Alba se tensó durante una fracción de segundo, luego lo desestimó con una risa.
“Seguro que ha visto a otra persona, mamá. Estoy en clase, te lo prometo.”
Pero noté que algo en su interior temblaba.
Intenté dormir, pero mi mente no dejaba de dar vueltas. ¿Y si estaba faltando a clase? ¿Y si ocultaba algo? ¿Algo peligroso?
A las dos de la madrugada, supe lo que tenía que hacer.
A la mañana siguiente, actué como si todo fuera normal. “Que tengas un buen día en el instituto”, le dije al salir por la puerta a las siete y media.
—Tú también, mamá —dijo en un susurro.
Quince minutos después, me metí en el coche, conduje hasta el final de la calle, aparqué detrás de un seto y volví a casa en silencio. Mi corazón latía con fuerza con cada paso. Entré sin hacer ruido, cerré la puerta con llave y me dirigí directamente a la habitación de Alba.
Su habitación estaba impoluta. La cama, perfectamente hecha. El escritorio, ordenado.
Si volvía a casa a escondidas, no esperaría que yo estuviera allí.
Así que me tumbé en la alfombra y me arrastré bajo la cama.
Estaba apretado, era polvoriento y demasiado oscuro para ver otra cosa que no fuera el forro del somier. Mi respiración sonaba fuerte en aquel espacio reducido. Silencié el móvil y esperé.
Las 9:00. Nada. Las 9:20. Seguía sin pasar nada. Se me durmieron las piernas. ¿Me lo había imaginado todo?
Entonces…
CLIC. La puerta de entrada se abrió.
Todo mi cuerpo se paralizó.
Pisadas. No de una persona, sino de varias. Pasos ligeros, apresurados, furtivos, como de niños intentando no hacer ruido.
Contuve la respiración.
Y entonces la oí:
—Shh, silencio —susurró una voz.
La voz de Alba.
Estaba en casa.
No estaba sola.
Y fuera lo que fuera lo que estuviera pasando abajo… estaba a punto de descubrir la verdad.
El crujido de la madera en la escalera fue lo único que rompió el silencio tras el susurro de Alba. Un par, dos, tres pares de pies. Quizá cuatro. El peso de cada paso resonaba en las tablas del suelo como un martillazo directo a mis nervios. Apreté los ojos con fuerza, intentando fundirme con el suelo, rogando que el polvo acumulado bajo el armazón de la cama no me hiciera estornudar y delatarme.
“¿Estás segura de que no va a volver?” preguntó una voz masculina. Sonaba juvenil, en plena pubertad, con ese tono frágil que oscila entre grave y agudo.
“Ya te lo he dicho, Leo.” La voz de Alba era distinta a la que conocía. No había dulzura, ni la vacilación típica de la adolescencia. Era fría, cortante, autoritaria. “Mamá es como un reloj. Entra a trabajar a las ocho, hace el descanso a las doce y no cruza esa puerta hasta las cinco y media. Deja de quejarte.”
Sentí una oleada repentina de náuseas. ¿Esa era mi hija? ¿La niña que me había pedido que le hiciera chocolate caliente la noche anterior porque tenía frío?
Las pisadas llegaron al rellano y, para mi horror, giraron directamente hacia su habitación. Hacia donde yo estaba.
Vi los primeros zapatos entrar en mi campo de visión, limitado por el bastidor de la cama. Zapatillas negras, desgastadas y llenas de barro seco. Luego, botas militares, demasiado grandes para quien las llevara. Y finalmente, las inmaculadas zapatillas blancas de Alba. Las que yo misma le había comprado hacía dos semanas como premio por sus buenas notas.
“Cierra la puerta”, ordenó Alba.
El clic de la cerradura resonó como un disparo. Ahora estaba atrapada. Si miraban bajo la cama, no había escapatoria. No había ventana abierta, ninguna excusa posible.
“Sacadlo. Quiero verlo”, dijo Alba. Se sentó en el borde de la cama, justo encima de mi cabeza. El colchón cedió ligeramente, presionando mi hombro. Pude oler su perfume, una mezcla de vainilla y fresa, el mismo aroma inocente de siempre, pero ahora mezclado con el acre hedor del miedo que emanaba de mis propios poros.
Oí el sonido de una cremallera pesada, como la de una mochila de deporte, siendo abierta de un tirón. Luego, el sonido de algo metálico golpeando el suelo de madera. Y papel. Mucho papel.
“Está todo aquí”, dijo el chico de las botas. “La casa de los López, la de Doña Carmen y la del tipo nuevo de la esquina.”
“¿Doña Carmen?” La voz de Alba goteaba desprecio. “Esa vieja cotilla es la prioridad. Casi me pilló el otro día. Se está convirtiendo en un problema.”
Mi corazón se detuvo un momento. ¿Doña Carmen? ¿Qué le estaban haciendo?
“¿Qué hacemos con ella, Alba?” preguntó una tercera voz, femenina esta vez, temblorosa. “No quiero… ya sabes, no quiero que nadie salga realmente herido. Dijimos que solo sería entrar y salir.”
“Cállate, Sara”, espetó Alba. El colchón crujió al inclinarse ella hacia delante. “Nadie sale herido si hacen lo que deben. Pero la vieja Carmen tiene ojos en todas partes. Necesitamos asustarla. O al menos asegurarnos de que deje de mirar por la ventana.”
Desde mi escondite, vi una mano dejar caer algo al suelo cerca de las zapatillas de Alba. Era una palanca. Una palanca de hierro, oxidada en la punta. Y junto a ella cayeron varios fajos de billetes sujetos con gomas elásticas, y lo que parecían joyas: un reloj de oro, varios collares de perlas, anillos con piedras que centelleaban incluso en la penumbra bajo la cama.
Llevé mi mano a la boca para ahogar un grito. No estaban haciendo novillos para fumar cigarrillos o beber cerveza robada. Mi hija, mi pequeña Alba, lideraba una banda de ladrones. Estaban robando en el barrio.
“¿Cuánto sacamos de la casa del número 42?” preguntó Alba, golpeando el suelo con impaciencia con el pie.
“Unos tres mil en efectMe agarró del brazo y me arrastró hacia la barca, alejándonos en la noche mientras las aguas del Tajo nos llevaban hacia un futuro incierto, donde el amor de una madre se convertiría en el arma más poderosa contra las tinieblas que intentaron rompernos.





