Madre obligada a esconder a sus hijas en el trabajo… la reacción del jefe sorprende a todos6 min de lectura

Paula abrió la puerta del salón donde había dejado a sus hijas y se quedó helada. El multimillonario Benjamín Tavares, el hombre que nunca sonreía, estaba agachado en el suelo con un pastel enorme en las manos, cantando el “cumpleaños feliz” desafinado para sus hijas gemelas. Las niñas gritaban de alegría y, en ese instante, Paula comprendió que algo imposible estaba ocurriendo.

Lo que no sabía era que aquel momento sería el primer paso hacia un final capaz de cambiar sus vidas para siempre. Paula madrugaba cada día a las cinco, café rápido, ducha fría, un beso a sus hijas dormidas y salía corriendo para coger dos autobuses hasta el centro de Madrid. Era la empleada de limpieza en la oficina de Benjamín Tavares, un magnate de las finanzas.

¿Conoces ese tipo de jefe que ni siquiera te mira, que pasa a tu lado como si fueras invisible? Pues así era él: frío, distante, siempre con un traje impecable y ceño fruncido. El tipo de hombre al que respetas, pero del que nunca te acercas. Antes de seguir, suscríbete a nuestro canal. Damos voz a recuerdos y a historias que merecen ser escuchadas.

Paula tenía dos gemelas, Lucía y Sofía, de tres añitos, la alegría de su vida. Cada mañana las dejaba con doña Carmen, la vecina del segundo piso, que las cuidaba por un precio razonable. Era ajustado, pero salía adelante. Hasta que un día, justo el de su cumpleaños, doña Carmen llamó temprano: tenía fiebre alta y no podía hacerse cargo. Paula entró en pánico.

Faltar al trabajo, perder el día… No podía. Necesitaba ese empleo como el aire. Así que tomó la decisión más arriesgada de su vida: llevar a Lucía y Sofía consigo, con una bolsa de juguetes, galletas y zumo, escondidas en la oficina. Al llegar, corrió hacia un cuartito al final del pasillo, un archivo abandonado.

Colocó una mesita, esparció los juguetes y susurró: “Niñas, vais a jugar aquí calladitas, ¿vale? Mamá vuelve pronto. No hagáis ruido, por favor”. Las dos asintieron con sus cabecitas, ojos grandes y obedientes. Paula cerró la puerta, contuvo la respiración y se puso a trabajar. Todo iba bien… hasta las tres de la tarde, cuando Benjamín necesitó unos documentos antiguos.

¿Y dónde estaban? Exacto, en aquel cuartito. Abrió la puerta, entró decidido y se paralizó. Dos niñitas idénticas, con vestiditos rojos y lacitos en el pelo, estaban sentadas en el suelo rodeadas de muñecas. Lo miraron con curiosidad, y una de ellas, Lucía, se levantó, corrió hacia él y preguntó con voz dulce: “Tío, ¿has venido a nuestro cumple?” Benjamín se quedó mudo.

Parpadeó varias veces. ¿De dónde habían salido? Antes de reaccionar, Sofía le tomó la mano. “¡Ven a jugar con nosotras, tío! ¡Hoy es nuestro cumple!” Y entonces ocurrió: aquel hombre serio, adinerado, que pocos imaginaban sonriendo, se derritió. Se sentó en el suelo, cogió una muñeca, hizo voces graciosas. Las niñas rieron, y él también, como si hubiera olvidado cómo hacerlo.

Media hora después, Benjamín salió, fue a recepción y ordenó: “Quiero un pastel de cumpleaños en veinte minutos y globos rosas”. La recepcionista casi se cae de la silla. “Pero señor, tiene reunión con el comité”. “Cancélela”. Cuando Paula subió asustada, casi le da un infarto: allí estaba Benjamín Tavares, el hombre más temido de Madrid, arrodillado, sosteniendo un pastel gigante, rodeado de globos, cantando feliz cumpleaños desafinado mientras Lucía y Sofía aplaudían.

Paula palideció. “Señor, puedo explicar…” Él se levantó, se limpió las manos en el traje carísimo y sonrió. Por primera vez en dos años, Paula lo vio sonreír de verdad. “No hace falta. Son tus hijas, ¿no?”. “Sí, señor. La vecina se puso mala y no tenía con quién dejarlas. Lo siento mucho”. Él alzó una mano. “Tranquila. Si lo necesitas, tráelas cuando quieras”.

Paula no lo creía. ¿Estaría soñando? A partir de ese día, todo cambió. Benjamín empezó a visitar el cuartito a diario. Llevaba juguetes nuevos, hablaba con las niñas, preguntaba por la vida de Paula. “¿Cómo lo haces sola con dos niñas?”. Ella, al principio recelosa, fue abriéndose. Contó que el padre las abandonó, que trabajaba desde los catorce, que soñaba con una casita propia. Y Benjamín, él también habló: de la soledad, de su mansión vacía, de que el dinero no llenaba el vacío.

Lucía y Sofía empezaron a llamarle “tío Benja”. Y a él le encantó. Llevaba dulces, libros, hasta que un día apareció con dos bicicletas rosas con ruedines. Paula intentó rechazarlas. “Señor, es demasiado”. Pero él insistió: “Déjame hacer esto, por favor”. Con los meses, Paula notó algo distinto: un cosquilleo al verlo, una sonrisa tonta cuando él elogiaba su comida. “Qué tontería”, pensaba. “Es tu jefe, es millonario, despierta”.

Pero el corazón no entiende de lógicas. Hasta que un día, su amiga Carolina la alertó: “Ojo, Paula. Ese hombre se está encariñando demasiado con tus hijas. Los ricos a veces quieren adoptar niños de empleadas”. Paula sintió cómo el suelo desaparecía. “¡No digas eso!”. Pero la semilla del miedo estaba plantada. Empezó a notar cosas: Benjamín preguntaba por su colegio, vio una tarjeta de abogada familiar en su mesa…

El pánico la invadió. Se alejó, respondía cortante. Hasta que una semana después, entregó su renuncia. Benjamín, estupefacto, la siguió hasta su casa y, en medio de la escalera, Paula estalló: “¿Quieres quitarme a mis hijas? ¿Estás buscando colegios, hablando con abogados?”. Él se defendió: “¡Jamás haría eso! Solo quería ayudar. Pensé en pagarles un colegio mejor, en ser su padrino… Pero nunca apartarlas de ti”.

Paola rompió a llorar. Tal vez se había equivocado. Entonces Benjamín confesó: “Me importan porque me he enamorado de vosotras tres”. Silencio. “Te amo, Paula, y amo a tus hijas. Solo quiero ser parte de vuestra vida”. Ella, entre lágrimas, murmuró: “Yo también te amo”.

Se reconciliaron, pero la paz duró poco. Dos semanas después, Benjamín viajó a Barcelona por trabajo. Al tercer día, Paula encontró en su mansión una puerta cerrada. Al abrirla, descubrió una habitación infantil, con cuna, cortinas, peluches… y en la pared, los nombres “Lucía y Sofía” en letras doradas. “¡Quiere robárselas!”, pensó. Huyó con sus hijas, desapareció.

Benjamín regresó y enloqueció. Un mes después, la encontró saliendo del supermercado. “Escúchame, por favor”, le rogó. En su despacio, le contó la verdad: había estado casado, su esposa murió en el parto junto a su hija, a la que iban a llamar Lucía. “Esa habitación la cerré años atrás… hasta que conocí a tus hijas. No quise reemplazar nada, solo convertir ese dolor en esperanza”.

Paola se derrumbó. “HePaula lo abrazó fuerte, sabiendo que al fin habían encontrado en cada otro el hogar que tanto buscaban.

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