A las ocho de la mañana, Lucía Martín limpiaba la mesa de cristal del salón cuando vio cinco coches de lujo acercándose a la puerta. Después de cuatro meses trabajando en la mansión de los Delgado, su instinto le decía que ese día sería diferente.
Arriba, Javier Delgado señalaba por la ventana a su hijo de ocho años, Adrián.
—Hijo, las cinco mujeres de las que hablamos han llegado. Se quedarán con nosotros treinta días.
Adrián observó a las elegantes mujeres bajar de los coches.
—¿Y al final tengo que elegir a una para que sea mi nueva mamá, verdad, papá?
—Exacto. Son mujeres cultas y de familias influyentes. Estoy seguro de que te gustarán.
—¿Y si no me gusta ninguna?
—Te gustarán. Pueden darte una excelente educación y llevarte por todo el mundo.
De repente, el sonido de un cristal rompiéndose resonó en la casa, seguido de una voz furiosa.
—¡Inútil! ¡Has roto mi cristal carísimo!
Javier y Adrián se miraron sorprendidos.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Adrián.
—No estoy seguro. Vamos a ver.
Bajaron y encontraron a Lucía arrodillada, recogiendo los trozos de cristal, con un dedo sangrando. A su lado, una morena alta, con los brazos cruzados.
—Ese cristal era importado. Cuesta más de lo que gana en un año.
—Fue un accidente —susurró Lucía, sin levantar la vista.
—¿Un accidente? —la mujer se burló—. Los como tú no deberían tocar cosas valiosas.
—Disculpe —intervino Javier con firmeza—. ¿Qué ocurre?
La morena se giró con una sonrisa falsa.
—Javier, soy Vanesa Montalbán. Acabo de llegar y tu asistenta ha roto mi cristal.
Las otras cuatro mujeres se acercaron, mirando a Lucía en el suelo.
—Vaya situación incómoda —comentó una rubia delgada.
—Soy Claudia Piquer —añadió con frialdad.
—Los accidentes pasan —dijo Javier, intentando calmar la situación.
—Se juntan con gente vulgar —murmuró Claudia, mirando a Lucía—. La gente refinada sabe más.
Adrián corrió hacia Lucía.
—¿Te has hecho daño?
Lucía esbozó una sonrisa.
—No es nada, cariño. Solo un rasguño.
Vanesa frunció el ceño.
—Qué cercanía tan extraña.
Javier intervino.
—Ya que están todos, aclaremos algo. Esta es Lucía, nuestra empleada. Y ustedes son las candidatas.
Las mujeres se presentaron con orgullo: Vanesa, de una familia aristocrática madrileña; Claudia, modelo e influencer que vivió en Milán; Sofía Roldán, abogada corporativa; la doctora Marta Espinosa, dermatóloga con consulta privada; y Laura Vidal, arquitecta.
Durante todo el proceso, trataron a Lucía como si no existiera.
—Se quedarán aquí treinta días —explicó Javier—. Al final, Adrián elegirá con quién quiero casarme.
—¿Y la as—Yo tampoco me iré —dijo Lucía con determinación, sosteniendo la mano de Adrián mientras los tres miraban hacia un futuro lleno de amor y verdadera felicidad.





