Una niña humbra salva a un bebé destrozando un auto lujoso, y el médico llora al descubrir su identidad6 min de lectura

Las calles de Madrid relucían bajo el sol del mediodía mientras Lucía Mendoza, una joven de dieciséis años, corría desesperada hacia el instituto.

El aire caliente se pegaba a su piel, y el asfalto despedía un resplandor que hacía vibrar los edificios a lo lejos. Sus zapatos gastados golpeaban la acera con frenesí mientras esquivaba a los transeúntes, apretando contra su pecho un montón de libros de segunda mano.

El corazón le martilleaba en las sienes, pero no aminoró el paso. Sería la tercera vez que llegaba tarde esa semana.

El director había sido claro el lunes por la mañana, mirándola por encima de sus gafas:
«Mendoza, si vuelves a llegar tarde, revisaremos tu beca. Hay muchos estudiantes esperando tu plaza», había dicho con voz cortante.

—No puedo perderla —se repetía Lucía, como un mantra desesperado.

Sin la beca, no solo tendría que dejar el instituto privado al que había entrado casi por milagro, sino que además tendría que empezar a trabajar a tiempo completo en el supermercado del barrio, como su madre. Estudiar era su única salida.

Su uniforme, heredado de una prima mayor, le quedaba holgado y mostraba las huellas del tiempo: mangas deshilachadas, una mancha amarillenta en el cuello de la blusa, un remiendo mal cosido en la falda.

Pero era lo mejor que su familia podía permitirse, y Lucía lo llevaba con orgullo, como si fuera nuevo.

Al girar hacia la Calle Princesa, redujo un poco la marcha para esquivar a un anciano que empujaba un carrito de chucherías. Y entonces lo oyó.

Al principio pensó que era su imaginación, un eco perdido entre el ruido del tráfico y las voces lejanas.

Pero el sonido volvió, esta vez más claro: un llanto apagado que iba y venía. Lucía se detuvo en seco, con el pecho agitado. Frunció el ceño y miró a su alrededor. La calle, normalmente llena de gente a esa hora, estaba extrañamente vacía en ese tramo.

Unos pocos coches aparcados, persianas bajadas, el murmullo lejano de la ciudad. El llanto se reanudó, más débil, y Lucía, guiada por el instinto, siguió el sonido.

Provenía de un Audi negro reluciente estacionado bajo el sol abrasador. Las ventanillas estaban subidas y tintadas, reflejando la luz casi de manera cegadora.

Lucía se acercó; su propia imagen distorsionada se reflejaba en el cristal oscuro, con el rostro sudoroso y preocupado.

Apretó la frente contra el vidrio, intentando ver dentro. Al principio solo distinguía sombras, pero cuando sus ojos se adaptaron a la penumbra, vio una pequeña figura en el asiento trasero.

Un bebé, sujeto en la sillita, se movía débilmente. Tenía la cara roja como un pimiento y el pelo pegado a la frente por el sudor. Movía los labios, pero apenas emitía sonido.

—¡Dios mío! —susurró Lucía, con un nudo en el estómago.

Golpeó el cristal con los nudillos.
«¡Eh! ¿Hay alguien ahí? ¡El bebé está solo!», gritó, buscando ayuda.

La calle seguía desierta, como si el calor hubiera arrasado con todo. Nadie respondió.

Volvió a golpear la ventana, esta vez con más fuerza. El bebé ya no lloraba; sus movimientos se hacían cada vez más lentos.

Un escalofrío de pánico recorrió a Lucía. Recordó una noticia que había leído: un niño había muerto de golpe de calor tras ser dejado en un coche.

Las palabras resonaron en su mente. *Se están muriendo ahí dentro…*

—No —murmuró—. No puede ser.

Miró la hora en su móvil: técnicamente ya llegaba tarde. Podría seguir corriendo al instituto y fingir que no había visto nada. Podría convencerse de que los padres estaban cerca. Podría salvar su beca.

Pero la imagen del pequeño cuerpo inerte en el asiento trasero se le atascó en la garganta. No había elección.

Sus ojos buscaron algo en el suelo y encontraron un ladrillo junto a un árbol. Lo agarró con manos temblorosas.
—Lo siento… —susurró, sin saber si se disculpaba con el dueño del coche, con el bebé o con su propio futuro.

Cerró los ojos un instante, respiró hondo y, con todas sus fuerzas, estrelló el ladrillo contra la ventanilla trasera.

El cristal estalló con un crujido seco que resonó en toda la calle. Los fragmentos cayeron sobre el asiento y el suelo del coche. Casi al instante, sonó la alarma, rompiendo el silencio del mediodía.

Lucía sintió pequeños cortes en los brazos, pero no se apartó. Metió la mano por la abertura y, con cuidado, desabrochó los arneses del bebé.

El pequeño ardía al tacto, con la ropa empapada. Lo levantó y lo apretó contra su pecho.

—Tranquilo, tranquilo… —murmuró, casi sin aliento—. Ya estás fuera, cariño.

El niño emitió un gemido débil, con los ojos entrecerrados.

Algunos vecinos asomaron por los balcones, alarmados por la sirena.

—¡Oye! ¿Qué haces? —gritó un hombre desde una ventana.
—¡El bebé! ¡Se estaba asfixiando! —respondió Lucía, sin detenerse.

Miró hacia el instituto y luego hacia el hospital más cercano, que recordaba que estaba a unas pocas calles. Sin pensarlo, abrazó al niño y echó a correr hacia allí.

Cada paso le quemaba los pies, el uniforme se le pegaba al cuerpo y las manos le escocían por los cortes. El niño pesaba más de lo que imaginaba, y para la tercera calle ya le faltaba el aire. Pero no se detuvo.

—Aguanta, por favor, aguanta… —jadeaba.

Un coche redujo la marcha junto a ella. Un conductor de mediana edad bajó la ventanilla.
—¿Necesitas ayuda?
—¡Al hospital! ¡Se está muriendo! —gritó Lucía, sin dejar de correr.

El hombre frenó en seco, salió y abrió la puerta del copiloto.
—Sube, rápido.

Dudó un instante—la habían criado para desconfiar de desconocidos—, pero miró al bebé y no lo pensó más. Subió al coche, colocando al pequeño en su regazo. El conductor aceleró hacia el hospital.

—¿Qué le pasó? —preguntó nervioso.
—Estuvo encerrado en un coche. No sé cuánto tiempo… —dijo Lucía con la voz entrecortada.

El viaje se hizo eterno, aunque no duró más de tres minutos. Al llegar a urgencias, Lucía abrió la puerta antes de que el coche se detuviera por completo y salió corriendo hacia la entrada.

—¡Ayuda! ¡Por favor, socorro! —gritó con la voz quebrada—. ¡Es un bebé, se está muriendo!

Una enfermera levantó la vista del mostrador. Al ver a la joven con el niño en brazos, se puso en pie de un salto.

—¡Camilla, ahora! —ordenó.

Todo pasó en un borrón. Una camilla apareció de repente, y manos expertas tomaron al bebé de los brazos de Lucía.

La enfermera revisó sus signos vitales mientras lo llevaban hacia el interior.

—¡Doctor! ¡Doctor López! —gritó alguien.

Un hombre de unos cuarenta años llegó corriendo, con la bata desabrochada. Era alto, con canas en las sienes y el rostro cansado, pero sus ojos se agrandaron al ver al bebé.

Se detuvo en seco, como si hubiera chocado contra un muro invisibleEl doctor López, al reconocer el brazalete azul en la muñeca del bebé, rompió a llorar y murmuró entre sollozos: “Es mi hijo, gracias por salvarlo”.

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