El empresario viudo, deshecho, con dos bebés, fue encontrado por su asistenta en el patio trasero de la casa, apoyado contra el muro de ladrillo, sin fuerzas para continuar. Javier llevaba horas allí con Ana Lucía y David en brazos, los dos envueltos en mantas claras, llorando bajito de hambre y cansancio. El traje azul estaba cubierto de polvo, la corbata deshecha, el rostro marcado por la desesperación de quien ya no sabía cómo seguir adelante.
Gabriela apareció en la entrada del patio, aún con su uniforme negro, con detalles blancos, el delantal atado a la cintura, los ojos muy abiertos al encontrar a su patrón en aquel estado. El silencio pesado solo se quebraba por el gemido débil de los bebés y por el viento seco que pasaba entre las macetas de barro esparcidas por el suelo de tierra.
Se quedó paralizada un instante, intentando procesar la escena. El hombre más poderoso que conocía estaba allí sentado en el suelo como un náufrago, agarrando a sus hijos recién nacidos como si fueran lo único real que le quedaba en el mundo. Javier ni siquiera alzó la vista al oírla llegar. No le quedaban energías para explicaciones ni disculpas.
Apretó a los bebés contra su pecho, sintiendo el calor de aquellos pequeños cuerpos, mientras Gabriela daba un paso vacilante en su dirección. El aire estaba caliente y sofocante, y en aquel rincón olvidado del patio, lejos de la mansión y los negocios, algo estaba a punto de cambiar para siempre en la vida de los tres. Gabriela dio dos pasos firmes hacia Javier, sintiendo el corazón acelerarse, no solo por la urgencia de la situación, sino por el dolor crudo que veía estampado en el rostro de aquel hombre que siempre había conocido como fuerte y decidido.
Se agachó lentamente, doblando las rodillas hasta quedar a su altura, y extendió los brazos con una firmeza que no admitía negativa. “Démelos, don Javier, ahora”. No era una petición, era una orden amable pero determinada, dicha con la autoridad de quien sabía exactamente lo que había que hacer en aquel momento crítico.
Javier la miró con los ojos rojos y hundidos, llenos de una extenuación que iba mucho más allá del cansancio físico. Era el agotamiento de un alma que había perdido todo lo que importaba y ahora luchaba por mantener con vida los únicos pedazos que quedaban de su vida anterior. Dudó unos segundos, apretando a Ana Lucía y a David contra el pecho, como si fueran anclas que le impedían hundirse del todo, pero las manos le temblaban tanto que los bebés se removían inquietos, sintiendo la tensión que irradiaba el cuerpo del padre. Gabriela tocó suavemente el
brazo de Ana Lucía, sintiendo el calor de su delicada piel a través de la tela de la manta. Y la bebé se movió, soltando un suspiro bajito que sonó como una pregunta sin respuesta. “¿Están sintiendo todo lo que usted siente?”, dijo ella con voz firme, pero comprensiva. “El bebé es como una esponja, absorbe toda la energía que le rodea.
Si usted está desesperado, ellos se desesperan también”. A duras penas, Javier aflojó el abrazo y permitió que Gabriela cogiera primero a Ana Lucía, que tenía la carita muy roja de tanto llorar. La asistenta acomodó a la niña con una habilidad impresionante en el hueco de su brazo izquierdo, haciendo movimientos suaves y naturales que parecían venir de años de práctica, mientras que con la mano derecha empujaba a David, que sollozaba bajito con la respiración entrecortada.
Javier sintió un vacío helado en el pecho en cuanto el peso de los bebés salió de su regazo, pero al mismo tiempo experimentó un alivio vergonzoso por poder relajar por fin los músculos de la espalda, que le dolían como si estuvieran siendo aplastados por una prensa invisible. “Ya, mis amores”,
susurró Gabriela para los bebés, meciéndolos contra su cuerpo, con movimientos rítmicos que hicieron que el llanto disminuyera casi al instante. “Ahora estáis a salvo. La tita Gabi está aquí”. Se levantó con los dos en brazos, demostrando una fuerza física que Javier no sabía que poseía. Y miró al patrón, aún sentado en el suelo de tierra.
“Usted necesita salir de este sol ahora, antes de que se desmaye del todo. Vamos para debajo de aquel porche allí”. Indicó con la barbilla una zona cubierta del patio, donde había una antigua pila de piedra y una mesa de madera rústica que ofrecía sombra y un poco más de resguardo.
Javier intentó levantarse, pero las piernas le fallaron, temblando como gelatina, y tuvo que apoyarse en la pared de ladrillo. Respiró hondo varias veces hasta conseguir mantenerse de pie. El mundo giró a su alrededor durante unos segundos, pequeños puntos negros bailando en su visión, y necesitó cerrar los ojos y contar hasta diez. Antes de que pudiera caminar, Gabriela ya se había dirigido a la zona cubierta, colocando a los bebés sobre la mesa de madera forrada con un paño limpio que sacó del bolsillo del delantal.
Siempre atenta para que no cayeran o se hicieran daño. Javier la siguió, arrastrando sus zapatos de cuero italiano por la tierra, sintiéndose ridículo con aquel traje caro y sucio, completamente fuera de lugar en aquel escenario abandonado. “Tienen mucho calor”, constató Gabriela, comenzando a desenrollar las mantas gruesas con movimientos rápidos y precisos.
“En un día de treinta grados, los enrolló como si fuera invierno. Y el pañal de David está empapado. Debe estar irritado y con dolor”. Verificó la temperatura de la piel de los bebés con el dorso de la mano, un gesto automático que revelaba experiencia. Javier se apoyó en el pilar de madera, observando la escena con los ojos empañados, sintiéndose completamente inútil.
“Pensé que tenían frío porque las manitas estaban heladas”, murmuró, la voz cargada de culpa. “Luego les envolví más paños”. Gabriela movió la cabeza mientras les quitaba la ropita sudada a los bebés. “Las manos y los pies de un recién nacido siempre están más fríos, don Javier. Eso es normal. Pero el tronco les estaba ardiendo.
Si los hubiera dejado aquí al sol veinte minutos más, podrían haber tenido una convulsión por fiebre”. La información golpeó a Javier como un puñetazo en el estómago. Se tapó la cara con las manos, sintiendo la culpa corroer cada parte de su conciencia. Podría haber matado a sus propios hijos por ignorancia, por desesperación, por no saber lo básico para cuidar de unos bebés.
La responsabilidad era demasiado abrumadora para sus hombros, ya doblados por el duelo. “Respire, don Javier”, dijo Gabriela, sin dejar de trabajar, cogiendo un poco de agua fresca del grifo de la pila de piedra para pasarles por la cara a los bebés. “Lo que importa es que ahora están bien, pero tenemos que arreglar esto como es debido”.
Cogió los biberones que estaban en la bolsa que Javier había dejado en un rincón e hizo una mueca al oler el contenido. “Esta leche se ha cortado por el calor. Si se la doy, van a tener una infección intestinal grave”. Javier abrió los ojos con pánico total. “Es todo lo que tengo aquí. Huí de la casa principal porque ya no aguantaba oír el teléfono, la gente preguntando cómo estaba, ofreciendo ayuda que no sabían dar.
Olvidé coger el bote de leche en polvo”. “Suerte que yo soy previsora”, respondió Gabriela, sacando dos sobres plateados del bolsillo del delantal. “Siempre llevo esto desde que empecé a trabajar en la mansión. Sabía que tarde o temprano algo así iba a pasar”. Empezó a prepararComenzó a preparar el biberón utilizando el agua mineral que había en una botella sobre la pila, mezclando el polvo con movimientos rápidos y precisos que revelaban una práctica habitual.





