Mientras fregaba el suelo para ganarse la vida, él poseía media ciudad y enterraba a sus enemigos sin pensarlo dos veces. Ella huía de un monstruo que había jurado matarla. Él ya había perdido todo lo que amaba y contaba los días hasta que la muerte lo reclamara a él también. Pero cuando una madre desesperada, escondiendo a su bebé enferma, tropezó con la mansión del hombre más peligroso de Madrid, ninguno de los dos esperaba lo que sucedería después.
Lo llaman el Fantasma porque quienes se cruzan con él simplemente desaparecen. Sin embargo, este asesino de sangre fría que nunca había mostrado piedad se encontró incapaz de apartar la mirada de una niña de ocho meses con unos ojos que le recordaban al hijo que había enterrado. ¿Qué sucede cuando el hombre que todos temen se convierte en el único en quien ella puede confiar? ¿Qué pasa cuando un corazón de piedra comienza a agrietarse?
Una noche de enero en Madrid era tan fría que el aliento parecía congelarse en el instante en que abandonaba los labios. Sofía Mendoza estaba de rodillas, fregando el suelo de un baño en el piso doce de un rascacielos en el Paseo de la Castellana, cuando el móvil vibró en su bolsillo.
Miró el reloj de la pared: las cinco de la mañana. Nadie llamaba a esa hora a menos que algo fuera terriblemente mal. Su corazón se contrajo en un nudo de pánico al ver el número de la guardería brillando en la pantalla. Rápidamente, se quitó los guantes de goma, con las manos tan temblorosas que apenas pudo atender.
La voz de la profesora al otro lado era monocorde y distante, como si leyera un comunicado oficial. Lucía había desarrollado fiebre alta desde la medianoche. La bebé no dejaba de toser. La política de la guardería era clara: no podían aceptar a un niño con síntomas de enfermedad. Sofía debía ir a recogerla. Inmediatamente.
Antes de que Sofía pudiera articular una palabra, una súplica, la llamada terminó. Se levantó de un salto, el mundo girando a su alrededor. Lucía. Su pequeña hija de ocho meses, la única persona que le quedaba en este mundo.
Sofía salió corriendo del edificio sin avisar a nadie, lanzándose a la oscuridad helada. Una llovizna fina y persistente había comenzado a caer, las gotas azotando su rostro como agujas diminutas. Corrió durante tres manzanas porque no tenía dinero para un taxi o un Uber. Cuando finalmente llegó a la guardería, sus labios estaban azules y sus piernas, entumecidas.
Lucía estaba en brazos de la profesora, su carita enrojecida por la fiebre. Sus débiles llantos sonaban como los de un gatito abandonado. Sofía tomó a su hija en brazos, sintiendo el calor que irradiaba el pequeño cuerpo a través de las finas capas de ropa. Su hija ardía en fiebre.
La llevó de vuelta a la habitación alquilada y decadente en una pensión en Vallecas. La habitación apenas tenía diez metros cuadrados, las paredes manchadas de moho y humedad, la ventana remendada con cinta adhesiva porque el cristal se había astillado hacía mucho tiempo. El calefactor llevaba dos semanas roto. El casero había prometido arreglarlo, pero nunca apareció.
Sofía acostó a Lucía en la cama, la envolvió en todas las mantas que poseía y abrió el botiquín. Vacío. Había usado la última dosis del antitérmico la semana anterior y no había tenido dinero para comprar más. Lágrimas calientes rodaron por sus mejillas mientras observaba a su hija retorcerse con el dolor de la fiebre.
El móvil vibró de nuevo. Esta vez, era la empresa de limpieza. Sofía atendió y la voz de su supervisor sonó, áspera e irritada. ¿Dónde estaba? ¿Por qué había abandonado su turno? Sofía intentó explicar lo de Lucía, la fiebre, que necesitaba un día libre.
El supervisor la interrumpió. Había un trabajo especial ese día, un cliente VIP, una mansión en La Moraleja. Si no aparecía, estaba despedida. Sin excepciones.
Sofía quiso gritar. Quiso lanzar el teléfono contra la pared, pero no podía. Si perdía el trabajo, no tendría dinero para el alquiler, ni para la leche de Lucía, ni para las medicinas. Ella y su hija estarían en la calle, en este invierno brutal. Y Javier, su exmarido violento que la perseguía por la ciudad, la encontraría más fácil que nunca.
Sofía miró a Lucía, que se adormecía y despertaba, exhausta por la fiebre. No tenía con quién dejar a su hija. Su madre estaba muerta. Los amigos habían desaparecido. Estaba sola en una ciudad de millones de habitantes, sin una sola mano que la ayudara.
Tomó la única decisión que podía.
Sofía vistió a Lucía con capas extra de ropa, la envolvió en tres mantas y la colocó en el carrito de bebé endeble que compró en un mercadillo por veinte euros. Metió un biberón, pañales y el antitérmico que pidió prestado a una vecina en su bolso. Entonces, empujó el carrito fuera de la habitación oscura y se adentró en la llovizna gris.
La dirección en el mensaje la llevó a La Moraleja, donde vivían las personas más ricas de Madrid. Sofía nunca había estado allí antes. Pasó por calles impecablemente limpias, escaparates de tiendas de lujo, coches importados alineados en las aceras. Se sentía como una mancha en una pintura perfecta.
Cuando se detuvo frente a la dirección indicada, su corazón casi se detuvo. Ante ella, se alzaba una mansión colosal, oscura como la noche, con imponentes verjas de hierro forjado esculpidas con cabezas de leones rugientes. Sofía no sabía que estaba ante las puertas del infierno, y su dueño la esperaba dentro.
Sofía permaneció ante la verja durante un largo momento, sin valor para entrar. Lucía refunfuñó en el carrito, sus débiles llantos ahogados por el viento y la lluvia. Respiró hondo y empujó la pesada verja. Se abrió sin un ruido, como perfectamente lubricada, como si invitara a su presa a entrar.
Un camino de piedras negras la condujo por un jardín árido. Estatuas de piedra se dispersaban a ambos lados, sus rostros fríos salpicados de llovizna, sus ojos vacíos pareciendo seguir cada paso suyo. Sofía se estremeció y apretó la manta con más fuerza sobre el rostro de Lucía. Caminó más rápido, las ruedas del carrito golpeando contra las piedras, el sonido haciendo eco en la quietud.
La puerta principal de la mansión era de roble macizo, tres veces su altura, tallada con intrincados patrones que no lograba reconocer. Sofía buscó un timbre, pero no encontró ninguno. Empujó ligeramente, y la puerta se abrió como si la casa la estuviera esperando.
Dentro, Sofía tuvo que detenerse para que sus ojos se ajustaran a la penumbra. Entonces vio, y olvidó cómo respirar. El salón principal era vasto como una catedral. El techo altísimo, con una enorme lámpara de cristal suspendida en el aire. Miles de cristales capturaban el tenue brillo de las velas esparcidas por el espacio. El suelo de mármol negro brillaba como un espejo, reflejando su figura pequeña, sucia y perdida en medio del lujo frío. Flanqueando la escalera, había antiguas pinturas al óleo en marcos dorados, rostros nobles mirándola con desdén.
Sofía se sintió como una hormiga que había entrado en el palacio de los dioses. No, no dioses. Demonios. Porque algo en aquella casa la aterrorizaba hasta los huesos. El aire era pesado y frío, cargado de un olor que no lograbaEntonces, con la certeza de que su lugar estaba junto a él, Sofía le tendió la mano, y juntos cruzaron el umbral hacia su nueva vida.





