Hace muchos años, en los barrios antiguos de Sevilla, el jefe de una temida organización criminal ordenó que arrojaran a una joven a una jaula con perros enfurecidos, por haberse atrevido a desafiarlo. Pero lo que esos animales hicieron dejó a todos los presentes completamente estupefacidos.
El jefe había puesto sus ojos en aquella muchacha de un barrio humilde, hija de un herrero que trabajaba día y noche junto a la fragua, apenas ganando lo justo para subsistir. Pero ella parecía no pertenecer a aquel lugar. Con una dignidad inquebrantable y la mirada clara, nunca bajaba la cabeza ante nadie, ni siquiera ante aquellos a quienes todo el pueblo temía.
Su belleza era conocida en todas las plazas, pero más se hablaba aún de su carácter. Decían que no había dinero en el mundo que pudiera comprar su voluntad, y mucho menos convertirla en un juguete para él.
El mafioso comenzó como solía hacerlo: envió regalos costosos, joyas, telas finas y ofreció cantidades de pesetas que hubieran cambiado la vida de su familia. El herrero guardaba silencio, y la joven devolvía todo en silencio. No gritaba, ni montaba escenas; simplemente decía, con calma, que no estaba en venta. Y eso lo enfurecía más que cualquier insulto.
Entonces, decidió quebrantarla de otra manera: a través del miedo.
Una tarde, sus hombres la secuestraron en plena calle. Nadie intervino. La gente apartaba la mirada, fingiendo no ver nada. La llevaron a las afueras, donde había un viejo cercado de cemento. Allí guardaban a los perros de los que tanto se hablaba. Eran animales entrenados para la furia, apenas alimentados, solo carne cruda, y conocían una única orden: atacar sin piedad.
El jefe la observaba con seguridad, como si todo estuviera ya decidido.
—O eres mía, o te echo allí dentro— dijo con frialdad, señalando el cercado.
Ella estaba pálida, temblaba, pero su voz no se quebró.
—Prefiero la muerte antes que vivir a tu lado.
Eso fue suficiente.
El mafioso hizo una señal casi imperceptible con la mano, y la empujaron dentro. La pesada puerta se cerró con un golpe seco.
Alrededor se había reunido una multitud. Habían ido como a un espectáculo. Algunos miraban con curiosidad, otros con horror, pero nadie se marchaba. Todos esperaban.
Los perros se mantuvieron al principio a distancia. Tres mastines enormes avanzaron lentamente, con las cabezas bajas. Sus cuerpos estaban tensos, los músculos marcados bajo la piel, la saliva colgando de sus fauces. La joven dio un paso atrás, pero dio contra el muro frío. No había escapatoria.
Uno de los perros gruñó y se lanzó de repente.
El público contuvo la respiración. Y en el instante siguiente, ocurrió algo que dejó a todos paralizados de incredulidad.
Pero en el último momento, el perro se detuvo. El gruñido se transformó en algo distinto, extraño. Se acercó despacio y… bajó la cabeza.
Un segundo perro se aproximó, la rodeó, olfateó el aire y de repente empezó a gemir quedamente. El tercero se sentó sin apartar sus ojos de ella.
Ella permaneció inmóvil, sin comprender. No gritó, ni intentó huir. Bajó lentamente las manos, y uno de los perros rozó suavemente su palma con el hocico.
Una calma extraña cayó sobre el cercado.
Al instante, los animales ya no parecían bestias sedientas de sangre. La rodearon, pero no para atacarla. Uno se tumbó a sus pies, otro se puso a su lado, como protegiéndola, y el tercero miraba a la multitud con una expresión que sugería que el peligro estaba en realidad fuera.
La gente comenzó a susurrar. Algunos dieron un paso atrás.
El jefe frunció el ceño. Aquello no era parte de su plan.
—¡Adelante!— gritó con brusquedad, dando la orden.
Pero los perros ni se inmutaron. Uno volvió lentamente la cabeza hacia él y gruñó. No a la chica. A él.
La multitud enmudeció.
Y en ese instante todos comprendieron que las verdaderas bestias de aquella historia no eran las encerradas en la jaula.





