19 de agosto
Hoy las vi por primera vez junto a este secarral. Aparecieron dos crías de víbora hocicuda, torpes, minúsculas, con las lenguas inquietas tanteando el aire. El sargento dio la orden tajante: “Animal peligroso cerca del vivac; eliminadlo sin contemplaciones”. Pero yo, que vengo de un cortijo donde hasta las salamanquesas tenían nombre, no fui capaz. Les arrimé un mendrugo de pan candeal. Se asustaron. Luego volvieron.
Mi abuela siempre decía que quien alimenta un secreto acaba siendo devorado por él, y yo he convertido esta insensatez en mi única distracción en este secano castellano. Vengo cada tarde con fiambre, como si fueran cachorros abandonados. Ayer se acercaron sin dilación. Supongo que me he vuelto el eco de un hogar que ya no existe.
Miro a estos bichos a los ojos y me pregunto qué espero rescatar. Quizá pretendo demostrarme que soy incapaz de ser cruel, que mi condena aquí no me ha convertido en cuero seco. O quizá es puro orgullo: dominar a lo salvaje con ternura.
Las crías crecen; engordan cada semana. Y lo que empezó siendo un inocente juego se ha convertido en una recua de colas y pupilas rasgadas bajo las jaras. Treinta días después ya no son dos.
1 de septiembre
Esta madrugada el miedo no vino de las culebras. Vino del silencio. Un silencio de esparto, denso, sin cornetas ni cacerolas de rancho. Regresaba del erial con las botas llenas de argayos y las manos oliendo a monte, cuando el resplandor de un solo flexo temblando en la tienda del oficial me bastó para comprender que la noche entera se había desgajado.
El parte de guerra fue un hachazo seco. Los compañeros ya no estaban. No hubo alarma, no hubo fogonazos de aviso. Me libré por culpa de las serpientes: salí a cazarlas creyendo que así recuperaba el control, y esa estupidez me alejó del campamento en el momento preciso. La culpa que no me permitieron sentir en el interrogatorio se ha colado en el diario como un reuma: por no estar donde debía, sobreviví.
Me interrogó la Guardia Civil. Me hicieron la misma pregunta con diez verbos distintos. Buscaban un traidor, un cómplice, una brecha. Solo encontraron a un idiota que daba de comer a las serpientes. Ahora soy carne de despacho, un número de expediente, y duermo con la certeza de que quien salva lo indómito a veces se pierde a sí mismo.





