A Zoya en el pueblo de Fresneda la llamaban «la marcada». Todos lo sabían. No por malicia, sino por la antigua costumbre de los pueblos de poner etiquetas a todo lo que se salía del gris camino de destinos comunes. Sucedió hace mucho, cuando ella acababa de empezar noveno curso. Por aquel entonces, llegó a la comarca un hombre no ya joven, un comprador de madera llamado Germán, un tipo urbano y engreído, con un anillo de oro en el meñique y modales de gato bien alimentado. Él vio a Zoya, delgada y de ojos oscuros, en la parada del autobús, y una semana después la atrajo a un almacén de maquinaria agrícola abandonado a las afueras, cubierto de cenizo, prometiéndole un cachorro de raza. La verdad salió a la luz rápidamente, y el padre de Zoya, Ignacio, al principio exigió justicia con rabia. Pero Germán regresó tres días después con un flamante Land Cruiser color asfalto mojado, y tras media hora de conversación tras la puerta cerrada, su padre salió, evitando las miradas, y su madre, Taisa, aceptó en silencio las llaves y los papeles del comprador. Retiraron la denuncia, el asunto se silenció, y a Zoya le cambiaron el alma. Dejó de ir a la escuela, se encerró en sí misma y terminó sus estudios por libre, presentándose a los exámenes ante el tribunal como una ladrona que hubiera robado su propio título.
Ese día, Zoya decidió enterrarlo en el fondo más profundo de su memoria. Pasó y punto. Pero desde ese instante, el mundo para ella pareció partirse en dos: los que sabían y la despreciaban, y los que sabían y compadecían. Y los primeros eran muchos más. Al hogar de sus padres lo odió con especial intensidad; cada mañana, ver el brillante coche a través de la ventana era una tortura insoportable. Ignacio, por el contrario, llegó a querer aquel vehículo de forma enfermiza, con pasión, hasta el punto de que le temblaban las manos al limpiarlo; lo pulía hasta sacarle brillo, lo guardaba en el garaje, protegiéndolo de la lluvia como si fuera una vaca sagrada. Su madre aprendió a vivir con ello en silencio, apartando la mirada de su hija durante las cenas familiares, buscando justificación en mil pequeñas tareas domésticas.
Zoya comprendió pronto que la única forma de escapar de aquella casa era el matrimonio. Y aceptó la primera proposición que le hicieron. Fue Pedro Vázquez, un vecino que vivía dos casas más allá, que acababa de regresar de una larga temporada trabajando en los aserraderos del norte. Era catorce años mayor, taciturno, con una cicatriz profunda que le cruzaba la ceja izquierda y una forma extraña y silenciosa de mirar a Zoya: no con deseo, sino con una especie de evaluación práctica. Pedro apenas bebía, trabajaba mucho con las manos y, por las mañanas, cuando aún colgaba la niebla sobre Fresneda, salía con sus cañas de pescar al río Alameda. Siempre traía pescado, siempre lo mismo: tres o cuatro hermosos bogas plateados, limpiados allí mismo en la orilla. Zoya los freía en la sartén de hierro, espolvoreándolos generosamente con sal gruesa y eneldo seco machacado. La vida transcurría de forma monótona y sosa, como las aguas remansadas del Alameda, pero al menos era suya, independiente. Pedro apenas le hablaba, solo a veces le pedía que le diera un heredero, y en esos momentos su voz se volvía casi suplicante, incluso lastimera. Y también estaba construyendo en el patio una extraña pérgola, tallada, con figuras de pájaros en el frontón, y a nadie dejaba entrar.
Y entonces Pedro desapareció. Simplemente no regresó de pescar. Todo el pueblo lo buscó durante tres días, rastreando los cañaverales y los remansos profundos donde el agua manaba fría de los manantiales. Llamaron a buzos de la capital. Al cuarto día, unos niños del pueblo encontraron el cuerpo; la corriente lo había arrastrado hasta la vieja presa del molino, enredándolo entre troncos y ramas. Zoya sintió algo que luego no se perdonó durante mucho tiempo: un inmenso alivio mezclado con horror. No hubo lágrimas. Se quedó en el borde del bosque, donde se había congregado todo el pueblo, mirando cómo cargaban el cuerpo en la ambulancia, y sintió cómo se rompía por dentro la tensa cuerda que la había mantenido en vilo todos esos años. Ahora le quedaba la casa de Pedro: sólida, con tejado nuevo, con la pérgola a medio terminar, con un huerto de manzanos que hundía sus raíces en la fértil tierra de Fresneda. Y, lo más importante, una valla propia que la separaba, aunque solo fuera simbólicamente, de la casa de sus padres, situada callejón de por medio.
El problema vino de donde menos lo esperaba. Sus padres, Ignacio y Taisa, parecían haber estado esperando solo la muerte del yerno para reanudar su control. Primero, la madre empezó a entrar sin llamar, trayendo un jarro de leche o una empanada de col. Luego, Ignacio se puso a arreglar la verja, que ya estaba bien, pasando largos ratos en el patio, inspeccionando las pertenencias.
—Vuelve a casa, Zoyita —le dijo una tarde, apoyado en la cancela y limpiándose con un trapo las manos, que ya estaban limpias—. ¿Qué haces aquí sola, desvariando? La casa está vacía, y Egor y Marina van a tener pronto un hijo.
Su hermano Egor se había casado hacía tres años con una chica de Pinares, la capital comarcal, y efectivamente, estaba a punto de dar a luz. En la mitad justa de la casa de sus padres no había espacio para los jóvenes, y todos, incluida la familia de Marina, daban por hecho que dejar libre la casa de Pedro era una sagrada obligación de Zoya. ¿Para qué quería una viuda sin hijos semejante mansión? Zoya escuchaba esto, apretando los labios, y guardaba silencio. Volver bajo el mismo techo que quienes habían vendido su infancia por un todoterreno japonés no entraba en sus planes. Aunque tuviera que tapiar las ventanas con tablas y vivir en el cobertizo.
—¡Eres una egoísta! —le gritó su madre a través de la valla a la mañana siguiente, cuando Zoya volvió a negarse a siquiera discutir la mudanza—. ¡Dios te ha castigado, y ahora te vas a pudrir sola! ¡Alma de Herodes!
Zoya cerraba las puertas con todos los cerrojos y se sentaba en la salita vacía, escuchando cómo el viento silbaba en los cables. A veces hablaba con la pérgola inacabada de Pedro, como si esta pudiera responderle. Le parecía que los pájaros tallados en el frontón cobraban vida al anochecer.
El encuentro que lo cambió todo ocurrió a principios de septiembre, cuando el aire en Fresneda se vuelve transparente y vibrante, como la primera escarcha. Zoya volvía de la tienda del pueblo, doblada bajo el peso de los paquetes de harina, trigo sarraceno y aceite de girasol. Ahora trabajaba en la quesería local, lavando las cubas y los moldes; ganaba poco, pero suficiente para vivir. El día de la paga siempre hacía acopio de provisiones, y el camino de vuelta a casa, que serpenteaba junto a la vieha torre de bomberos, le parecía un vía crucis. Oyó un motor detrás y Zoya se arrimó instintivamente a la cuneta, esperando ver el Land Cruiser de su padre. Pero era una vieja UAZ, de color caqui descolorido. Por la ventana se asomó un hombre, delgado, con orejas de soplillo y una camisa a cuadros desteñida. Zoya entornó los ojos y no loreconoció de inmediato. No era otro que Salvador Bessón, con quien había ido a la escuela y a quien no veía desde hacía cinco años.
—¿Zoya Ignatovna? —Salvador apagó el motor, saltó de la cabina y, sin pedir permiso, le quitó el paquete más pesado—. Déjame que te ayude. ¿Cómo vas a cargar tú sola con todo esto?
—¿Y a ti qué te importa? —Zoya se apartó, pero no tenía fuerzas para oponerse.
—A mí me importa todo lo que pasa en este pueblo —sonrió Salvador y, sin volverse, echó a andar hacia su casa como si se supiera el camino de memoria.





